El Telegraph carga contra las influencers de la nueva derecha: ¿demonización o alerta?
El periódico británico The Telegraph ha puesto en el punto de mira a un grupo de jóvenes influencers etiquetadas como "extrema derecha", entre ellas Ada Lluch, Saskia Teague, Eva Vlaardingerbroek y Naomi Seibt. El artículo, que ha generado un intenso debate, acusa a estas figuras de glamourizar ideas radicales y de gozar de un nivel de vida incompatible con su discurso crítico con el globalismo. Pero la selección de blancos y los términos empleados apestan a doble rasero.
El viejo truco de la etiqueta
El término "extrema derecha" se ha convertido en un comodín para desacreditar cualquier postura que se salga del consenso progresista. Las influencers señaladas son, en su mayoría, mujeres jóvenes que cuestionan el feminismo de estado, la Agenda 2030 o la inmigración masiva. Nada que ver con neonazis o grupos violentos, pero la asociación ya está servida. La estrategia es clásica: se las señala para que el público las asocie con el extremismo, sin necesidad de rebatir sus argumentos.
El doble rasero del nivel de vida
Uno de los argumentos del Telegraph es que estas influencers viven bien y que eso contradice su supuesta ideología. Sin embargo, el mismo estándar no se aplica a figuras de la izquierda caviar, como las españolas Fallarés o Beatriz Jimeno, que disfrutan de pisazos en Chamberí sin que nadie cuestione su coherencia. La hipocresía alcanza cotas de traca: mientras se critica a una influencer conservadora por tener éxito, se perdona a la izquierda mediática que predica la igualdad desde áticos de lujo.
La deriva de los partidos conservadores
El debate también ha sacado a relucir la transformación de los partidos de derecha tradicionales. El Partido Conservador británico, que un día lideró Margaret Thatcher con su "no hay sociedad", se ha convertido en una suerte de Labour 2.0: abraza el Green New Deal, el multiculturalismo y los impuestos. Lo mismo sucede con el PP español o la CDU alemana. Ante esta claudicación, surgen voces jóvenes que niegan el relato oficial, y a esas voces se las intenta silenciar con etiquetas.
El Telegraph, otrora bastión del thatcherismo, parece haber olvidado sus raíces. El artículo no es tanto una preocupación genuina por la radicalización como un ataque preventivo contra quienes se salen del guion. La pregunta que queda en el aire: ¿es realmente extrema derecha, o es simplemente que ya no hay espacio para el disenso?
Debates relacionados en el foro