Palestina nunca fue un estado: el relato que se disputa desde 1948
La afirmación de que «Palestina nunca fue un estado» abre una discusión que lleva 874 días acumulando respuestas y que toca tres capas distintas: el nombre de un territorio, la legitimidad de un proyecto nacional y el origen genético de quienes lo habitan. El punto de partida es una tesis simple: Palestina habría sido solo la denominación de una región bajo mandato británico, nunca una entidad soberana. A partir de ahí, el desacuerdo se ramifica.
Lo que sigue no es una disputa académica. Es el choque entre dos maneras de contar la misma tierra: la que se apoya en la continuidad histórica de una nación hebrea que, según esta corriente,
jamás dejó de existir, y la que sostiene que la población árabe residente tiene derechos sobre las tierras de sus antepasados. Ninguna de las dos cede.
¿Existió alguna vez un estado llamado Palestina?
La respuesta corta es no, al menos no con las fronteras y la soberanía que hoy se atribuyen al término. El territorio que hoy se disputa fue, sucesivamente, provincia otomana, mandato británico y espacio repartido por resoluciones internacionales. Quien defiende esta lectura insiste en que el nombre «Palestina» designaba una región, no una nación con instituciones propias.
El extinto Mandato Británico es la fórmula que se repite para desactivar cualquier reclamación de soberanía previa.
La contraargumentación no tarda. Si el criterio es la antigüedad de la presencia, la población árabe que habitaba esas tierras antes de las oleadas migratorias del siglo XX también desciende de quienes vivieron allí durante siglos. La pregunta que se lanza en ese punto es incómoda: si los descendientes de judíos de hace veinte siglos tienen derecho a la tierra de sus antepasados, ¿por qué no lo tendrían los descendientes de quienes nunca se fueron?
El origen de los judíos israelíes y el debate genético
Uno de los frentes más técnicos del desacuerdo es el genético. Se citan estudios sobre israelíes actuales, tanto sefardíes como asquenazíes, que apuntarían a un origen próximo a poblaciones del Cáucaso y de la actual Turquía. De ahí se salta, con más voluntad polémica que rigor, a la tesis de que los judíos europeos serían descendientes de conversos jázaros y no del antiguo Israel.
La objeción a ese salto es doble. Primero, un estudio poblacional no equivale a un certificado de origen nacional. Segundo, la propia comunidad sefardí —expulsada de España en 1492— conserva una memoria y una liturgia que no encajan con la etiqueta de recién llegados. En ese punto aparece una paradoja que el propio material recoge: hay quien denuncia que los sefardíes sufren discriminación dentro de Israel.
Colonos, colonias y la acusación de robo de tierras
El núcleo emocional del asunto está en la expansión de los asentamientos. La acusación es directa: se habrían apropiado de tierras llevando población de fuera y, después, mediante colonos. Quien sostiene esto no niega el derecho de Israel a existir; niega la coartada moral con la que se presenta cada ampliación.
La respuesta desde el otro lado es que quienes llegaron lo hicieron ejerciendo un derecho reconocido internacionalmente y que en Israel viven y votan ciudadanos árabes. La comparación con otros procesos coloniales —los ingleses en América, los españoles en el continente— se usa como espejo: si aquellos consolidaron estados, ¿por qué este no?
El paralelismo con el Plan Madagascar y la memoria del Holocausto
Una de las derivadas más incómodas del intercambio es la comparación con el nazismo. Se llega a afirmar que el plan de desplazamiento en Gaza sería una copia del
Plan Madagascar y que Rafah funcionaría como un gueto contemporáneo. Es una analogía que se lanza como denuncia y que el otro lado rechaza de plano.
En paralelo, se enumeran episodios históricos de violencia contra comunidades judías en la península arábiga durante el siglo VII: expulsiones de clanes, reparto de botín y ejecuciones documentadas en fuentes islámicas clásicas. El objetivo retórico es claro: demostrar que la violencia no empezó en 1948. La contrarréplica señala que las masacres cometidas por milicias judías antes de la fundación del Estado —
Haganah e
Irgun— forman parte del mismo expediente.
El factor estadounidense y el futuro del conflicto
La discusión deriva hacia la geopolítica. Una corriente sostiene que Israel no sobreviviría sin el apoyo económico, militar y diplomático de Estados Unidos y que, el día que ese respaldo se retire, el margen se medirá en semanas. La respuesta desde el otro lado es que Israel dispone de capacidad nuclear y que cualquier escenario de colapso implicaría un coste regional inasumible.
Sobre el horizonte temporal, las apuestas son largas: cincuenta, cien o ciento cincuenta años. Nadie se atreve a poner fecha. Lo que sí aparece es una constatación: más de 140 países no comparten la lectura oficial israelí de los hechos, y ese aislamiento diplomático es un dato, no una opinión.
La anexión de Cisjordania y el estado del asunto
Entre los mensajes finales circula una declaración atribuida a Trump según la cual la anexión de Cisjordania «va a salir bien». La discusión no se cierra: queda abierta, como quedó en el momento en que se produjo. Y una advertencia legal se cuela en el intercambio: los países que acusaron a Israel de genocidio ante la Corte Internacional de Justicia quedarían, según la Convención de Ginebra, obligados a acoger a las víctimas.
¿Cuánto de esta discusión es historia y cuánto es una forma de justificar posiciones actuales? Esa es, quizá, la única pregunta que ninguno de los dos bandos responde.