Siria, refugiados y la sospecha de una estrategia rusa desde 2015
A mediados de septiembre de 2015 un reportero de guerra polaco volvió de Siria con un testimonio incómodo: en el territorio controlado por el Estado Islámico nadie salía sin permiso, y el castigo por intentarlo era la crucifixión. Ese relato alimenta el ensayo que el analista J.R. Nyquist y la doctora Anca-Maria Cernea publicaron el
12 de junio de 2024, y que sostiene que Moscú diseñó la crisis migratoria europea como arma de desgaste.
Los hechos documentados son más prosaicos. Las fuerzas armadas rusas entraron oficialmente en Siria el
30 de septiembre de 2015. La oleada migratoria llevaba meses en marcha cuando llegaron los bombarderos.
Qué sostiene el ensayo que atribuye la crisis a Moscú
El texto plantea que la mortandad de civiles sirios —atribuida al régimen de Bashar al-Assad, con respaldo ruso— funcionó como máquina de generar refugiados. Según este relato, las tropas del régimen mataban
siete veces más civiles que el ISIS, y los bombardeos rusos posteriores añadieron presión sobre la población. La tesis lo resume con una imagen: los aviones fueron la guinda de un pastel ya horneado.
El ensayo arranca, de hecho, con una paradoja demográfica. Hace cuarenta años Moscú temía que la alta natalidad de su población musulmana convirtiera la Unión Soviética en un país de mayoría musulmana a mediados del siglo XXI. El mismo problema, subrayan los autores, es el que hoy encara la OTAN. La
broma del destino, la llaman.
De ahí salta a lo más delicado: según el ensayo, Rusia jugaba a dos bandas, fingiendo combatir al Estado Islámico mientras sus técnicos mantenían en pie la infraestructura petrolera del grupo. Es una acusación grave y el material que la respalda es periodístico, no judicial.
El negocio del petróleo y el doble juego en Oriente Medio
El dato más repetido es el del crudo. Aprovechando la infraestructura petrolera iraquí y con apoyo técnico clandestino, el ISIS habría ingresado
800 millones de dólares al año vendiendo
más de 60.000 barriles diarios. La tesis añade que oficiales iraquíes formados por Rusia lideraban fuerzas del grupo contra Bagdad, mientras el gobierno de esa ciudad montaba un cuartel de inteligencia junto a Irán y Moscú. Ninguna de esas cifras procede de una contabilidad auditada.
Las «primaveras árabes» y el mapa de los países afectados
El ensayo extiende el argumento al ciclo de revueltas que arrancó en 2011. Su lectura es que estallaron precisamente en países árabes hostiles a Moscú y previamente alineados con Occidente —Egipto entre ellos—, lo que a su juicio no puede ser casualidad. En el otro lado del mapa coloca a los países amigos: Hungría, que levantó vallas fronterizas antes de que la oleada llegara a su territorio.
Aquí la tesis se apoya en la sospecha. Que una cancillería anticipe un problema y se prepare para él admite explicaciones más simples que una coordinación secreta. Y la cronología la incomoda: si la operación rusa en Siria empezó a finales de septiembre de 2015 y las llegadas a Europa se dispararon en primavera y verano, alguien tendría que explicar cómo se ordena un éxodo antes de disparar el primer misil.
Lo que la tesis no explica sobre Europa
El punto flaco no está en Damasco, está en Bruselas. Si Moscú empuja y Europa recoge, la pregunta es por qué los gobiernos europeos sostienen el sistema que, según esta tesis, los está desangrando. Hay quien responde que la causa no tiene nada de rusa: una parte de la clase política ha convertido la acogida en política identitaria y electoral, y ningún Kremlin hace falta para explicar un incentivo mal diseñado. Las vallas, los cupos y los hoteles no los decide Moscú.
El contraargumento es igual de incómodo. Si el diseño fuera puramente europeo, las fechas de la crisis siria seguirían siendo una coincidencia gigantesca. La discusión, en el fondo, es cuánta capacidad de decisión se le concede a Europa.
Las teorías rivales y el problema de las pruebas
En el debate no circula una sola versión conspirativa, sino varias que compiten entre sí. Una atribuye el fenómeno a determinados financiadores internacionales; otra, a un supuesto plan de ingeniería social europea; una tercera, a una alianza de potencias anglosajonas. Todas comparten el mismo problema: señalan culpables sin aportar documentación verificable, y cada una descarta a las demás por falta de pruebas. La sospecha como método termina comiéndose a sí misma.
Queda un detalle que no encaja en ningún relato. La oleada de 2015 se disparó antes de que Moscú moviera un solo avión, y el grueso de las llegadas se produjo después. Ese orden de los factores —que el propio ensayo reconoce— obliga a elegir: o manda la cronología, o manda la sospecha.