Putin ofrece un alto el fuego a cambio del Donbass y de renunciar a la OTAN
El Kremlin mueve ficha y pone sobre la mesa un alto el fuego inmediato y la vuelta a la mesa de negociación. La condición, tal como se difundió en la última hora: que Ucrania comience a retirar tropas del Donbass y de Novorossiya y que se comprometa por escrito a no ingresar en la OTAN. La propuesta, lejos de calmar los ánimos, ha encendido el debate sobre qué hay detrás: si es una jugada diplomática calculada, una señal de agotamiento o un farol más de los muchos que se han lanzado en casi tres años de guerra.
La reacción no se ha hecho esperar. Una parte del análisis sostiene que quien tiende la mano para proponer la paz suele ser quien va ganando, y que imponer mínimos como estos no es debilidad sino posición de fuerza. Enfrente, la lectura contraria gana peso: pedir negociaciones cuando no se ha demostrado capacidad de doblegar al adversario es una mala señal, y los anglosajones —que sostienen a Kiev con dinero y armamento— lo van a leer como una invitación a apretar más.
Qué propone exactamente Moscú y por qué ahora
La oferta tiene dos patas. La primera es territorial: Ucrania debería empezar a retirar tropas del Donbass y de Novorossiya, dos regiones cuya administración ha sido el eje del conflicto desde el principio. La segunda es estratégica: comprometerse a no unirse a la OTAN, que es precisamente el punto que Moscú lleva años señalando como línea roja.
El contexto importa. En noviembre se prevé un posible cambio de inquilino en la Casa Blanca, y la forma de afrontar el conflicto por parte de un eventual gobierno de Trump sería muy distinta a la de Biden. Si se corta o simplemente se reduce la financiación a Ucrania, el país no puede aguantar. Ese es, según varios análisis, el mejor momento para que Kiev alcance un acuerdo, aunque tenga que perder algo.
Hay quien va más allá y sostiene que la guerra se ha convertido en un agujero negro de recursos, con un escenario típico de la Primera Guerra Mundial, y que Moscú teme que la situación se descontrole internamente. La mención a las presiones dentro del propio partido y a declaraciones recientes de Medvedev apuntan en esa dirección.
El farol nuclear y la lectura de Londres
Uno de los hilos más repetidos es el de la disuasión. La tesis dominante en ciertos sectores es que Putin habla mucho de sus armas nucleares pero no las lanza, y que eso, lejos de amedrentar, convence a Washington y sobre todo a Londres de que va de farol. Si tuviera una capacidad creíble de intimidación, argumentan, ya la habría usado. El problema, replican otros, es que las nucleares solo se lanzarían como respuesta a un ataque nuclear o ante un colapso inminente del propio Estado, porque la represalia sería inmediata y ambos bandos tienen submarinos balísticos e ICBMs.
La cuestión de fondo es si los sistemas de
defensa de la OTAN pararían o no un lanzamiento. Aquí las posturas se cruzan sin puente: unos afirman que los hipersónicos son imparables y que una salva de cientos de misiles no tiene defensa posible; otros responden que si Londres pensara que Moscú puede alcanzarles, no actuaría como actúa. La familia real británica, se recuerda, está muy cerca.
El pulso económico: PIB, sanciones y quién aguanta más
El otro gran eje del debate es la capacidad de resistencia. Un cálculo que circula con insistencia compara los bloques: la OTAN sumaría un PIB de 47 billones europeos frente a los 2,1 billones rusos, una proporción de veinte a uno. Con esa brecha, cada país aliado podría destinar un 1% de su PIB anual a Ucrania de forma permanente sin colapsar, lo que equivaldría al 20% del PIB ruso, una carga que Moscú no podría sostener más de uno o dos años.
La contraargumentación no se queda corta. Se señala que la OTAN no es un país y que hablar de su PIB en esos términos es tramposo; que las sanciones no están haciendo la pupa esperada; que en Rusia no se percibe desgaste moral y la gente de a pie sigue con su vida, igual que en muchas partes de Ucrania. Y que el verdadero limitante no es el dinero, que se imprime, sino la paciencia: la de los ucranianos, la de Putin y la de los europeos que pueden quedarse sin gas.
En el capítulo alimentario, se apunta que Francia y el este de Europa son posiblemente autosuficientes, mientras que España no lo es, y que Europa occidental tiene la tierra cultivable agotada tras siglos de explotación, dependiente de abonos derivados del petróleo y el gas que antes llegaban de Rusia.
La jugada diplomática: quién se retrata si dice no
Más allá del ruido, hay una lectura estratégica que gana adeptos: mostrarse dispuesto a negociar da flexibilidad y obliga al adversario a retratarse. Si los patronos occidentales de Kiev rechazan la oferta, quedan como impulsores de una guerra sin fin. Es el clásico poli bueno y poli malo, con Moscú en el papel de querer la paz y la OTAN en el de querer prolongar el conflicto.
El problema es que esa jugada ya se ha visto antes. La promesa de no invadir jamás a cambio de que Ucrania entregara su arsenal nuclear en los noventa, con Estados Unidos como principal insistidor, es el precedente que muchos esgrimen para desconfiar de cualquier compromiso por escrito. La desconfianza es mutua y estructural.
El frente real: dos años sin mover la línea
Sobre el terreno, los datos que se manejan dibujan un estancamiento. En dos años, las fuerzas rusas no habrían avanzado un metro significativo y habrían retrocedido en varios puntos. A eso se suman un bloqueo internacional, la flota del Mar Negro hundida y miles de tanques y vehículos blindados destruidos. Finlandia y Noruega han entrado en la OTAN. El balance, para quien lo mire en frío, no es el de una victoria en marcha.
La pregunta que sobrevuela es cuánto tiempo aguanta cada lado. El tiempo, dicen unos, es gratis y juega a favor de quien tiene más recursos. El tiempo, responden otros, se cobra en vidas ucranianas, en paciencia rusa y en estómagos europeos. Nadie ha resuelto la ecuación todavía.
Lo que sí parece claro es que la oferta de alto el fuego no va a cerrar nada por sí sola. Con Zelenski en el frente institucional, difícilmente habrá movimiento sin que antes se mueva algo en Washington. Y si el movimiento llega desde allí, será porque alguien ha decidido que la factura ya no compensa. Mientras tanto, la guerra sigue, la diplomacia hace aspavientos y los mercados de la energía y los alimentos miran de reojo.