Vučić avisó de una guerra mundial en 3-4 meses y el plazo venció en octubre
¿Cuántas veces se ha anunciado una guerra mundial con fecha concreta? La última lleva la firma de un presidente en ejercicio. Aleksandar Vučić concedió una larga entrevista al semanario suizo
Weltwoche en la que aseguró que Serbia estaba comprobando sus existencias de
petróleo, harina y azúcar porque, según él, habrá una guerra mundial en
3-4 meses. El aviso circulaba ya en junio de 2024 y la cuenta atrás situaba el escenario en octubre. Octubre ya pasó.
Qué dijo exactamente el presidente serbio
Vučić no se limitó a soltar una fecha. Avisó de que la retórica empeora día a día y rescató una cita que atribuyó a un historiador: «El tren ha salido de la estación y nadie puede pararlo». Sostuvo que se acercan los últimos días para reevaluar lo que ocurre en Ucrania y que, si las grandes potencias no hacen algo pronto, espera
un verdadero desastre. Su tesis de fondo: ni Estados Unidos ni la OTAN pueden permitirse una derrota en Ucrania, y la posición geopolítica de Europa y del Occidente colectivo se deterioraría hasta un punto difícil de restaurar. Dejó además una frase incómoda: la paz, dijo, es
casi una palabra prohibida.
Añadió un matiz sobre el farol que suele pasar desapercibido. Apostar a que el adversario va de farol, vino a decir, no demuestra que uno tenga mejores cartas: significa solo que cree que el otro las tiene más débiles. Pese a sus fluidas relaciones con Moscú, se declaró cauto a la hora de evaluar los deseos o los movimientos futuros de Vladímir Putin. El aviso no era una certeza militar, era un diagnóstico sobre la temperatura del tablero.
¿Por qué todas las miradas apuntaban a octubre?
La aritmética es simple: aviso difundido en junio, plazo de tres o cuatro meses, resultado octubre. A eso se sumó un segundo calendario, el electoral estadounidense de noviembre. Una lectura repetida en el hilo sostiene que Washington no puede arriesgarse a un cambio de inquilino en la Casa Blanca con el frente ucraniano abierto, de modo que cualquier escalada tendría que producirse antes de las urnas. El plazo de Vučić y el calendario electoral se solaparon en pocas semanas, y eso disparó las lecturas sobre lo que el presidente serbio sabía y cuándo lo supo.
Sus buenas relaciones con Vladímir Putin alimentaron la hipótesis de que manejaba información de primera mano sobre lo que se cocía entre bambalinas, incluido el pulso por el traslado de cazas a bases de la OTAN en Rumanía y Polonia. Quien defiende esa lectura no aporta pruebas: deduce.
¿Qué pasó cuando llegó el plazo?
Octubre llegó sin ninguna guerra mundial. La propia cuenta atrás se convirtió en el mejor argumento contra el pronóstico, y no tardaron en aparecer intervenciones que daban el aviso por refutado y se preguntaban por qué se le había concedido tanto crédito. «Han pasado los 3-4 meses y seguimos igual», resume una de las últimas. Lo llamativo es que el asunto no se cerró: siguió vivo mucho después de vencer la fecha, reciclando el mismo esquema. Primero se apunta un mes, luego se busca una excusa para justificar que no llegó, y la cuenta arranca otra vez.
En paralelo se repiten dos recursos de corroboración. Uno es el informe Deagel y su horizonte para
2025, citado como si fuera una profecía. El otro es una etiqueta propia para la pulsión contraria, el
nadapasismo: la sospecha de que todo lo que se anuncia acaba disolviéndose en nada.
El frente económico: petróleo, harina y azúcar
La parte más tangible del aviso es también la más prosaica. Comprobar reservas de petróleo, harina y azúcar no es movilizar divisiones: es aprovisionamiento básico ante un posible corte de suministros. Ahí es donde el pronóstico se cruza con el negocio energético. Un cálculo muy repetido sostiene que el apoyo militar occidental a Ucrania supera el presupuesto anual de muchos países y que el gasto acumulado en pocos años se compara, sin mucho rigor, con lo dedicado desde la Segunda Guerra Mundial. Según esa lectura, lo que de verdad está en juego es
el petróleo y el gas rusos: quien los controle controla la energía europea.
Otra corriente enfría la alarma. Señala que Rusia no ha empleado ni una fracción de su ejército y que la resistencia ucraniana se sostiene sobre miles de millones en armas y financiación ajenas. Con esos mimbres, dicen, hablar de colapso inminente es confundir desgaste con derrota.
La anécdota: un anuncio de la OTAN en el descanso
Hay un detalle que tiene poco de bélico y bastante de comunicativo. Viendo un partido de la NBA por una parabólica en un canal polaco —el Celtics-Mavericks—, alguien se topó con un anuncio de la OTAN en pleno corte publicitario. Lo tradujo como pudo. Es una anécdota, no un dato verificable, pero ilustra algo que la conversación subraya: la comunicación institucional ha entrado en espacios donde antes solo había coches y refrescos.
En la misma línea se recoge la advertencia de Viktor Orbán sobre la misión OTAN-Ucrania. El primer ministro húngaro describe
tres grandes bases de transferencia de armas en Polonia, Eslovaquia y Rumanía, y avisa de que donde se acumulan armas ese lugar pasa a ser objetivo militar a ojos del adversario.
Con este historial de fechas caducadas, lo verdaderamente sorprendente no es que alguien vuelva a anunciar la guerra con mes y año. Es que aún quede quien lo apunte en la agenda. Y que le salga la cuenta.