La OTAN no nombra Ceuta ni Melilla: el artículo 6 que nadie lee
Cuarenta años de pertenencia y dos ciudades cuya defensa no aparece escrita en ningún sitio. El artículo 6 del tratado fundacional de la OTAN delimita qué territorio activa la cláusula de defensa colectiva, y Ceuta y Melilla no figuran en la lista. El texto enumera Europa, Norteamérica, los departamentos franceses de Argelia, Turquía y las islas situadas al norte del trópico de Cáncer. Nada más. La pregunta que arrastra medio siglo de política exterior sigue sin respuesta oficial: si Marruecos atacara esas dos ciudades, ¿acudiría la Alianza?
¿Qué dice exactamente el artículo 6 de la OTAN?
El artículo 6 fija el ámbito geográfico del artículo 5, el que declara que un ataque armado contra uno de los miembros es un ataque contra todos. Su redacción, pensada para el mundo de 1949, deja fuera cualquier territorio que no sea europeo, norteamericano o insular por encima del trópico. Ceuta y Melilla, en la costa norteafricana, no cumplen ninguno de esos criterios.
De ahí el resquicio que reaparece en cada crisis con Rabat: la letra del tratado no obliga a nadie a defenderlas. Ahora bien, el texto tampoco dice expresamente que estén excluidas. No hay una línea que las nombre para dejarlas fuera. Ese silencio alimenta dos lecturas opuestas y ningún documento lo zanja.
El artículo 5 prevalece: la decisión es política
Fuentes de la OTAN explicaron a
Newtral que, aunque el artículo 6 marque esa limitación geográfica, eso no impide que la Alianza actúe en defensa de Ceuta o Melilla. El argumento es que invocar el artículo 5 es, al final, una decisión política que adopta el Consejo del Atlántico Norte y que dependerá de cada caso concreto. La cobertura no vendría de un automatismo jurídico, sino de una votación.
Y ahí asoma la
letra pequeña que se pasa por alto. Las decisiones del Consejo son, sobre el papel, unánimes: cada miembro es un Estado soberano con voz y voto. Bastaría el voto en contra de un aliado con intereses propios en la zona para que la respuesta quedara en el aire. Prometer una defensa que depende del consenso de otros no es lo mismo que tenerla por escrito.
El precedente de Polonia y el episodio de Perejil
Los precedentes tampoco invitan al optimismo. Cuando Polonia ofreció a España asistencia en la crisis fronteriza de
mayo de 2021, lo hizo como país, no como Alianza. Esa es la clave que muchos pasan por alto: los aliados pueden arrimar el hombro sin que la OTAN se pronuncie. La solidaridad bilateral no equivale a una cláusula de defensa mutua.
En el episodio de Perejil, la respuesta llegó por la vía bilateral. La Alianza, según las hemerotecas, consideró el asunto estrictamente entre dos partes. Cuando España necesitó a la estructura, la estructura dijo que aquello no era su guerra. El patrón se repite: cobertura en el papel, silencio cuando el conflicto es con un vecino del sur.
La amenaza sobre Canarias y el relato del ingreso
La discusión arranca de un testimonio incómodo. Quien fuera ministro con la UCD sostiene en una entrevista que Estados Unidos dejó un mensaje —
o entran ustedes en la OTAN o les independizo las Canarias— para forzar el ingreso. Es una afirmación sin documentación pública que la respalde, y por eso mismo irrefutable para quien quiera creerla. Pero describe bien el clima de la época: presiones cruzadas de Washington y Moscú.
Sobre ese relato se apila otra versión. Cuarenta años después, un mensaje difundido en redes sostiene que el ingreso se hizo «sin referéndum, sin consenso entre los partidos políticos» y bajo fuertes presiones de Estados Unidos y la Unión Soviética. Para quienes lo repiten, la consecuencia es una pertenencia vivida como algo ajeno.
El malestar de fondo
Una frase que circula en el debate resume ese malestar, y apunta a algo más grande que la OTAN: la sospecha de que la opinión pública se forma en los medios y no en los datos. Una corriente lo atribuye al ruido informativo y a la falta de cultura estadística; otra recuerda que la mayor alianza del mundo no protege lo que España considera suyo por historia. Entre ambos extremos, el votante queda atrapado en la ambigüedad estratégica, que es justo lo que conviene a quien no quiere mojarse.
La desconfianza no se limita a la defensa. El mismo escepticismo hacia el relato oficial recorre otros asuntos, desde la gestión de fronteras hasta las campañas de salud pública. Que ese recelo esté fundado o no es otra discusión; que exista, al menos entre quienes participan en este debate, es el punto que ninguna institución quiere mirar de frente.
Lo más probable es que la pregunta siga sin respuesta mientras a nadie le convenga responderla. La ambigüedad protege más que el papel firmado, y eso conviene a España, a Marruecos y a la propia Alianza. Pero si algún día llega el ataque, la defensa dependerá de una votación y no de un artículo. Y entonces se sabrá, con los votos delante, quién se equivocaba.