Johnson, dubitativo sobre Ceuta y Melilla y el artículo 5
Un vídeo difundido por
Vozpópuli devuelve a Boris Johnson al primer plano con una respuesta insegura a la pregunta de si
Ceuta y Melilla quedarían amparadas por el artículo 5 del Tratado de la OTAN. La noticia, que firma Jesús Ortega, retrata a un primer ministro británico que no acierta a cerrar la frase. En España, la escena ha servido para reabrir una cuestión que nunca se ha aclarado del todo: qué protege la Alianza Atlántica y a quién cubre.
Nada de lo que se discutió después tiene que ver con el clima político británico. Tiene que ver con dos ciudades españolas en la otra orilla del Estrecho, con un artículo que casi nadie ha leído entero y con la sensación, extendida, de que la respuesta de la OTAN depende más del humor de Washington que de la letra del tratado.
Qué dijo Johnson sobre Ceuta, Melilla y el artículo 5
«Si son territorio español, si conforman parte del territorio español, entonces me imagino que estarían protegidos bajo el artículo 5». La frase, tal como se reproduce al hilo de la noticia, contiene las dos piezas que han alimentado el resto de la discusión: el condicional
si y el
me imagino. Para unos, Johnson salió airoso de una pregunta que no llevaba preparada. Para otros, es la prueba de que ni el propio interesado domina lo que firma su país en materia de defensa colectiva.
El matiz importa. España es miembro de pleno derecho de la OTAN y Marruecos no. Sobre el papel, el artículo 5 obliga a responder a un ataque contra cualquiera de los socios. En la práctica, la condición previa es que los socios coincidan en que ha habido ataque. Ahí empieza el problema.
El artículo 6(b) y la letra pequeña que casi nadie lee
Hay quien sostiene que Ceuta y Melilla ya están cubiertas, y no por el artículo 5 sino por el 6, en su apartado b. El razonamiento es el siguiente: ese apartado define qué cuenta como ataque contra un miembro y menciona expresamente las fuerzas, los buques y las aeronaves de una parte. Bastaría, por tanto, con que un buque español destacado en aguas próximas a las plazas fuera alcanzado para que la cláusula de defensa colectiva se activara.
El argumento tiene la virtud de ser verificable y el defecto de no depender solo del texto. La decisión política de invocar el artículo 5 no la toma el articulado: la toma el Consejo del Atlántico Norte, por consenso. Eso convierte la seguridad de las dos plazas en un asunto de voluntad ajena antes que de derecho propio.
Estado alterado, cero pruebas
Buena parte de las reacciones no atendió al contenido de la respuesta, sino a la forma de darla. La dicción, las pausas y los gestos llevaron a atribuir a Johnson un supuesto estado alterado. Conviene decirlo claro: nadie ha aportado una prueba de eso. Son especulaciones sobre una persona pública construidas sobre un vídeo de pocos segundos.
No todos compraron el marco. Otra línea de comentario defendió que un político que admite no dominar un asunto es preferible a uno que improvisa una certeza falsa, y puso el foco en el contraste: el Reino Unido puede permitirse un primer ministro así y seguir funcionando. La respuesta, en el mismo terreno, es que la duda del británico es un problema español.
¿Por qué se mezcla Gibraltar en la conversación?
Porque el Estrecho tiene dos orillas y dos puertas. Quien controla Gibraltar controla una; quien controla Ceuta, la otra. De ahí que aparezca la reapertura de la verja como ocasión perdida: se afirma que, tras la retirada de la marina inglesa, el peñón quedó con una guarnición simbólica sostenida con dinero público desde Londres y que aquel momento no se aprovechó.
La comparación se ha hecho antes y se hará otra vez: hasta que Turquía entregue el Bósforo y los Dardanelos, entregar Ceuta no está en la mesa de nadie, sostiene quien plantea el argumento. El problema es que la frase suena a convicción y no a garantía.
El sitio más largo de la historia y el apoyo exterior
Para sostener que Ceuta no se entrega se recurre a la memoria larga: el sitio de Ceuta, presentado por un participante como el más largo de la historia, con apoyos exteriores a los sitiadores. La continuidad de ese respaldo en el tiempo —hoy con proveedores distintos y armamento comprado a terceros— es la razón por la que se descarta que el asunto se resuelva por vía judicial o diplomática.
De Ceuta a las Malvinas
La conversación derivó, como suele, hacia la historia. Un sector defendió que la reclamación argentina sobre las Malvinas tiene menos base que la marroquí sobre Canarias: presencia civil continuada británica desde el principio, ausencia de población autóctona y ningún periodo de soberanía argentina efectiva. El otro lado respondió con el virreinato del Río de la Plata y con la expulsión de los ingleses en el siglo XVIII.
En medio, un dato que resume la lógica de las potencias: en los años ochenta, con el Reino Unido en quiebra, se atribuye a los
tories la idea de que salía más barato pagar un millón por habitante que mantener la soberanía. La cesión en diferido, siempre según esa versión, se cayó porque los isleños no querían cambiar de Estado. La historia la escriben los que se quedan.
La carta que nadie quiere abrir: el paraguas propio
Si el artículo 5 no cubre las plazas, la conclusión que se extrae en varios tramos de la discusión es incómoda: España depende de una promesa que no controla. La salida que se apunta es la de siempre, la que ningún gobierno ha asumido en público: capacidad de disuasión propia. Quienes defienden el argumento sostienen que el material está en las piscinas de los reactores, que el diseño se conoce y que se podrían tener decenas de cabezas en un año. Marruecos lo sabría, y ese sería el punto.
Es, obviamente, la parte más especulativa del asunto y no existe ningún anuncio oficial en ese sentido. Pero mide bien el nivel de desconfianza: si la garantía colectiva se percibe como papel mojado, el debate se desplaza solo hacia lo que un país puede hacer por sí mismo.
La única certeza es que el artículo 5 no se invoca solo. Y ahí, exactamente ahí, se queda el asunto: con una pregunta que nadie ha respondido por escrito y un vídeo que solo añade ruido.