La nave rusa que iba a la Luna acaba estrellada contra su superficie
Siete personas han bajado a 11.000 metros de profundidad en la fosa de las Marianas. Doce han caminado sobre la Luna. Y una nave rusa sin tripulación, la que aspiraba a posarse en el polo sur del satélite, ha terminado estrellada contra su superficie. El titular de última hora difundido por
EL PAÍS lo resumía sin adornos:
la nave rusa se estrella contra la Luna en su carrera hacia el agua helada. El vehículo, descrito con sorna como papel de aluminio, pesa unas tres toneladas.
La noticia llegó envuelta en ironía. Poco margen hay para la épica cuando el país que reivindica la estirpe del Sputnik no logra frenar un módulo sobre un terreno sin atmósfera, y menos aún teniendo a la India a tres días de intentar lo mismo. Pero la burla esconde una pregunta incómoda: si llevar una sonda a la Luna fuera
pan comido, no acumularían las agencias espaciales tantas misiones estrelladas en su historial.
Qué falló en la maniobra de descenso
Según el análisis preliminar del fallo que se cita en el hilo, el error estuvo en la maniobra:
el impulso dado a la nave fue mayor del calculado, de modo que la sonda cambió a una órbita demasiado pronunciada y acabó chocando contra la superficie lunar. En ese tramo final no hay margen para el ensayo y error; la corrección se decide en minutos y a ciegas.
La física del satélite tampoco ayuda. La Luna no tiene atmósfera, así que
no hay paracaídas posible: todo el frenado depende de retrocohetes y de un sistema automático de alunizaje capaz de elegir una zona poco accidentada. Cualquier exceso de empuje que en una reentrada terrestre se compensa con la fricción del aire, aquí se traduce directamente en un cráter.
Por qué nadie había alunizado en el polo sur
Hasta la fecha del impacto, solo Estados Unidos, la Rusia soviética y China habían logrado posar una nave sobre la Luna, y ninguna lo había conseguido en el polo sur. La India lo intentó antes con su Chandrayaan-2, que también terminó estrellada, y tenía otra misión en camino, a tres días de llegar.
El interés por esa zona no es turístico. El agua helada de los cráteres polares es el recurso más codiciado del satélite y quien logre explotarlo primero se lleva la ventaja. De ahí la prisa, y de ahí también que un fallo de ingeniería se lea en clave
geopolítica y no solo técnica.
Los números que no han cambiado desde el Apolo
Para calibrar la dificultad conviene recordar la escala del primer intento:
seis misiones tripuladas han alunizado,
doce personas han caminado sobre su superficie y el programa Apolo movilizó a unas
400.000 personas durante 14 años, con un gasto equivalente hoy a unos
106.000 millones de euros. La razón de no volver es sencilla: cuesta demasiado, siempre supone un riesgo para la vida de los astronautas y hoy se pueden enviar dispositivos robóticos.
La comparación que más se repite es la del fondo marino. Se bajó al abismo Challenger en 1960 y desde entonces solo
siete personas han repetido la gesta, a 11.000 metros de profundidad, frente a los 384.000.000 de metros que separan la Tierra de la Luna. Que un hito antiguo no se repita cada día no lo convierte en sospechoso. También se recuerda que Estados Unidos estrelló varias sondas lunares antes de posar con éxito la Surveyor 1, y que en 1969 el módulo de descenso salvó el último tramo con una corrección manual del piloto, con una gravedad seis veces menor que la terrestre.
El conocimiento técnico que se pierde en dos generaciones
Otra lectura del fracaso apunta al deterioro industrial.
En los años 70 España construía sus propias centrales nucleares y hoy, según esa tesis, no queda quien sepa hacerlo o los que saben rondan los 85 años. La capacidad técnica no se hereda con el plano: se sostiene con programas activos, y este llevaba décadas parado. Otros matizan que aquellos reactores eran tecnología estadounidense y que el caso de Francia, con diseño propio, es distinto.
Por ahí se cuela, como casi siempre, la disputa energética de fondo: hay quien sostiene que la fotovoltaica, instalada en serio apenas hace diez años, superará a la nuclear en cinco, y quien replica que más moderna no significa más eficiente.
El alunizaje como teoría conspirativa
Ninguna discusión de este tipo se libra de la sospecha de que
el alunizaje de 1969 fue un montaje, ni de quien considera imposible que el Sol se vea del mismo tamaño que la Luna siendo 400 veces mayor. Es la misma familia de argumentos que despacha cualquier hito como
versión oficial. La explicación astronómica estándar no necesita ninguna conspiración, y ningún dato sostiene lo contrario. Tampoco faltó quien recordara que el programa estadounidense de regreso a la Luna acumula reveses, con una nave que, según la información compartida, se desintegró contra la atmósfera terrestre.
¿Cuánto hay de fallo de ingeniería y cuánto de una industria espacial que heredó la infraestructura soviética y nunca la reconstruyó entera? La respuesta no está en el cráter.