Cocción lenta de la economía: menos hipotecas y comercio en caída
La suscripción de hipotecas cae mes tras mes y
casi el 60% de las compraventas de vivienda se cierran ya sin hipoteca. En una feria inmobiliaria reciente, los pasillos estaban llenos de comerciales encorbatados buscando a quién colocarle el piso y de ningún comprador, según el testimonio de un asistente que recorre este tipo de certámenes desde hace años. Esa es la foto de la
cocción lenta: nada estalla, todo se estrecha. La
economía española no se hunde de golpe; se queda sin aire mientras las cifras de la vida diaria —cuota, alquiler, caja del comercio— se tensan un poco más cada trimestre.
Por qué el negocio de la vivienda no es el ladrillo
Detrás de cada piso hay un negocio que no es la casa: la hipoteca que ata al comprador a treinta o cuarenta años de cuota. Ese es el razonamiento que repite el análisis más duro: si la operación se paga al contado, el intermediario financiero se queda fuera. De ahí que la caída sostenida de las hipotecas firmadas se lea como algo más que un dato coyuntural.
Frente a esa lectura hay un matiz que sostiene la propia estadística: los pisos se siguen vendiendo.
Casi un 60% de los inmuebles no precisaron hipoteca para formalizar la compraventa, con los precios aguantando a pesar de los tipos. El mercado no está muerto: está delgado, con menos operaciones y compradores de recursos propios. El volumen, en cambio, no compensa.
¿Aguanta el gasto público sin recortes?
No, según una parte del análisis, que sostiene que el gasto público va desbocado y que antes o después llegarán recortes duros en pensiones y en plantillas públicas. Sobre la mesa se ponen cifras gruesas: unos cinco millones de pensiones, un volumen creciente de empleo público y estructuras autonómicas y locales que se suman a la factura. Los ingresos, mientras, marcan récord, según un dato aportado en el debate:
en abril de 2024 Hacienda ya había recaudado lo mismo que en mayo del año anterior, y aun así el déficit seguía abierto cada ejercicio. La combinación tiene truco: se ingresa más que nunca y no alcanza.
El comercio pequeño, contra las cuerdas
Un
52% de los comercios espera una caída de las ventas en 2024. Es el sector que, según el planteamiento del debate, paga sus impuestos en España, a diferencia de las grandes plataformas, y el primero que nota que la cesta de la compra se llena menos. Cuando el consumo se contrae, la víctima no es el centro comercial: es la tienda de la esquina, la que sostiene el barrio y la que cierra sin titular.
Las terrazas engañan: un café y dos horas de mesa
La hostelería llena es un mal termómetro. Basta pasear por varias terrazas para ver el patrón: mesas ocupadas y una consumición por persona, estirada hasta el límite. No es consumo de nivel; es una forma barata de salir de casa. A eso se suma, según un dato que se cita, un
parque automovilístico que es el más viejo de la UE y unos sueldos que no dan para la casa con jardín que sí es común en otros países del entorno.
En paralelo, una parte del análisis pone el foco en la demografía: se afirma que la población de origen extranjero crece a un ritmo anual del
7% y que cerca del
30% de los residentes ya son migrantes o nacionalizados. Se discute si eso presiona el gasto social o si sostiene el consumo. El asunto se presta a generalizaciones fáciles, y esos datos no las cierran.
Dos décadas de empobrecimiento sin titular
En 2002, con la entrada del euro, el símbolo de la precariedad era el
mileurista. Veintidós años después, aquel joven mal pagado tiene la edad del que ahora mira la nómina y no entiende nada. La sensación de empobrecimiento lento viene de entonces: no hay un día concreto en que uno se haga pobre, hay una secuencia de días en que compra lo mismo por más dinero.
Cuando financiarse cuesta más que ganar
El problema de fondo aparece en los balances. Un caso ilustrativo del sector industrial: el beneficio después de impuestos ronda el
2-3% de la cifra de negocio, mientras el coste de la financiación se sitúa en el entorno del
5,20%. Financiarse sale más caro que lo que rinde el negocio. A corto plazo se aguanta; a largo, no.
Sobre eso planea la política monetaria: los bancos centrales se citan en el simposio de Jackson Hole y las reglas de Basilea IV aprietan los límites del crédito. Si los tipos no bajan —y hay quien sostiene que solo habrá ajustes tácticos menores— el margen se estrecha por los dos lados.
Nadie sabe cuándo revienta la olla, y ahí está la trampa: mientras llega el ajuste, la recaudación bate máximos, el déficit no se cierra y el país se acostumbra a vivir con menos. El dinero no falta. Se va en otra dirección.