La OTAN no puede enfrentarse a Rusia en una guerra abierta
La
OTAN no puede enfrentarse a Rusia en un campo de batalla abierto. La tesis la firma Scott Ritter, exoficial de los servicios de inteligencia estadounidenses, y sobre ella se ha montado una discusión que va mucho más allá del vídeo: dos potencias nucleares frente a frente no admiten ganador.
Ritter sostiene además que el ejército ucraniano es el mejor de la OTAN después del estadounidense. Ahí empieza el matiz.
Qué sostiene Scott Ritter sobre la OTAN y Ucrania
El punto de partida es que Ritter conoce las fuerzas armadas estadounidenses desde dentro y su diagnóstico sobre la degradación de la Alianza no procede de un opinador de sobremesa.
No es el típico cuñado, se defiende desde el primer mensaje. Su lectura: EE.UU. y la OTAN evitan hoy cualquier enfrentamiento abierto con Rusia, algo que, se subraya, no había ocurrido nunca en la historia reciente de la Alianza.
Ese reconocimiento —que Ucrania cuenta con el ejército de tierra más poderoso de Europa— choca con otra parte del análisis. Hay quien recuerda que ese ejército lleva
ocho años preparándose para la guerra y que eso no lo convierte en invencible, solo en el mejor entrenado. Y quien rebaja el entusiasmo: si en ocho años no recuperó todo el Donbás, tampoco es una máquina imparable. El consenso, en cualquier caso, es incómodo para el relato oficial: el ejército ucraniano no se parece a lo que se vendía al principio.
Los escenarios: solo el nuclear es realista para la OTAN
En el repaso de escenarios, el único verdaderamente factible para la OTAN termina siendo el conflicto nuclear, es decir, la ruina colectiva.
Dos potencias nucleares no dejan ganadores. No lo afirma solo Ritter; es el cierre lógico de cualquiera que cuente ojivas antes de contar divisiones, y se repite con la misma crudeza: en ese escenario la ruina es colectiva.
La otra vía, seguir enviando armamento, tiene un desenlace distinto pero un recorrido parecido. Cada envío encarece la factura rusa, y ese encarecimiento traslada un riesgo. El análisis más repetido apunta a que Rusia acabaría atacando los centros logísticos, de distribución, energía y mando, estén donde estén.
El escenario de operación especial se convertiría entonces en guerra, con todo lo que eso abre. El coste sube para el Kremlin; el desenlace final, según esta corriente, no cambia.
Si sigue el suministro de armas, Rusia atacará a los países que las envían
La consecuencia práctica se discute con nombres propios. Si un país manda blindados, el argumento es que Rusia puede reventar la estación ferroviaria o el almacén donde se descargan, aunque esté lejos del frente. Eso convierte a cada suministrador en objetivo y diluye la frontera entre apoyar y participar.
En ese tablero, España sale bien parada en según qué lecturas. Se le atribuye enviar poco más que cuatro botas y cuatro chalecos, y quedar fuera de la lista de grandes donantes. Los
diez carros Leopard quedaron en el limbo de la pintura y los retoques, con la vista puesta en 2024. La conclusión irónica: la tibieza española, tan criticada, la aparta de los primeros puestos de la diana.
¿Tiene Ucrania el mejor ejército de Europa?
Es la pregunta que atraviesa todo el análisis y la que genera más fricción. La respuesta optimista es que sí: ningún otro ejército europeo lleva ocho años preparándose para una guerra real, y eso se nota en profesionalidad, en manejo del material y en la calidad de los soldados. Alemania, Francia, Italia o España quedarían por detrás sin despeinarse.
La respuesta crítica llega de inmediato. Un ejército que no ha sido capaz de retomar el Donbás en ocho años no puede ser tan temible. La comparación se vuelve sarcástica: Rusia no logra lo que EE.UU. resolvió en Irak en un mes. Para una parte, el pulso es un partido de cadetes; para otra, una guerra de desgaste donde el tiempo trabaja lento y parejo.
El otro frente: RT, el complejo industrial y el relato
La discusión sobre el mensajero es tan dura como la del mensaje. A Ritter se le reprocha ser colaborador de RT y Sputnik y llevar
más de 25 años fuera de los servicios de inteligencia. Quien le defiende responde que su diagnóstico coincide con el de veteranos que conocen la maquinaria militar estadounidense por dentro.
En paralelo aparece la sospecha estructural: la sociedad estadounidense no está informada, está entretenida, y el complejo industrial militar actúa como una minoría minúscula pero decisiva. La OTAN, se argumenta, se ha quedado sin enemigo tras la disolución del Pacto de Varsovia y necesita justificarse.
La crisis se ha fabricado, sostiene esta corriente, que enlaza la expansión de la Alianza con los tratados de posguerra y con la entrada de Finlandia.
El análisis no cierra la partida. Si la OTAN mantiene el suministro, el coste ruso sube y el riesgo de que el conflicto salte a los países que envían armas también. Si lo corta, Ucrania pierde aire. Queda por ver cuánta reserva humana aguanta el frente y cuánta paciencia le queda a Bruselas antes de aceptar que el escenario abierto solo tiene una salida: la que nadie quiere.