Veterinaria triplica facultades mientras menos del 40% cobra 1.500 euros
España tiene quince facultades de veterinaria más que Francia, Alemania e Inglaterra juntas. El mercado no da empleo ni a la mitad de los más de 1.800 titulados que salen cada año. Y aun así las aulas siguen llenándose. La paradoja universitaria no es una hipótesis de sobremesa: es un mecanismo que se repite curso tras curso, con la veterinaria como radiografía perfecta y las carreras de letras como telón de fondo.
El caso veterinario: el triple de facultades y sueldos por debajo de 1.500 euros
La última encuesta disponible deja el dato sin adornos:
menos del 40% de los veterinarios españoles cobra 1.500 euros o más. Se gradúan más de 1.800 al año y el mercado apenas absorbe a la mitad. La Federación Mundial y la europea de la profesión sitúan en cuatro o cinco las facultades necesarias para un desarrollo sano; España acumula quince más que Francia, Alemania e Inglaterra juntas. En veinte años, el número de facultades se ha triplicado.
Hay otro dato que desmonta el tópico del cálculo frío:
el 80% del alumnado de veterinaria son mujeres. Si la elección de carrera respondiera a un análisis de rentabilidad, ninguna familia firmaría seis años de esfuerzo para acabar cobrando mileurista. Pero responde a otra cosa.
¿Por qué los jóvenes eligen carreras con más paro?
Con diecisiete o dieciocho años, la información es poca y el sesgo enorme. Una corriente de opinión sostiene que a esa edad simplemente no hay madurez para decidir el resto de la propia vida; otra apunta a algo más incómodo: la universidad se ha convertido en un aparcamiento donde alargar la adolescencia mientras alguien paga la residencia.
Entre medias sobrevive una frase que se ha repetido hasta el agotamiento y que ha hecho un daño difícil de medir: aquello de
estudia lo que te gusta, ya trabajarás de lo tuyo. El resultado es un país con carreras de humanidades a rebosar y con titulaciones técnicas que no cubren sus plazas, aunque la demanda laboral tire en dirección contraria.
Las oposiciones, el imán que explica media matrícula
Buena parte del alumnado no persigue un empleo privado. Persigue un título que le habilite para opositar, y para eso vale cualquier grado, cuanto más fácil mejor. Es la razón por la que magisterio y otras carreras afines funcionan como puerta de entrada a la función pública mientras se preparan los temas comunes de las oposiciones.
El problema de fondo es que ese cálculo funciona solo hasta cierto punto: no hay plazas para todos. Quien mira las notas de corte de medicina —que rondan el 9 y pico— y no llega, acaba recalando en titulaciones donde el título es un trámite y la salida, una incógnita.
El mito de las carreras con salida garantizada
Ni siquiera las titulaciones que el relato oficial vende como seguras se libran. Los grados de ADE y económicas acumulan titulados con dificultades para colocar su diploma; hay quien termina de administrativo con un máster de finanzas bajo el brazo. La saturación, se argumenta, se extiende a casi todo excepto a medicina y enfermería, donde además hay que tener vocación y una nota excelente.
La vía técnica que nadie publicita
Frente a todo esto, la formación profesional y los oficios se reivindican como la opción que sí cuadra con el mercado. Electricistas, fontaneros, yesistas o carpinteros con oficio real escasean, y los buenos se permiten poner precio y elegir cliente. Un ciclo superior, un año de especialización y después la oposición sencilla: ese itinerario, cada vez más defendido, evita los seis años de carrera y el desencanto posterior. El desglose de ese recorrido, con nombres y edades, es lo que más discusiones levanta.
Sin industria no hay carreras técnicas que salvar
El relato de la vocación choca con un dato estructural: España desmanteló buena parte de su industria y sigue invirtiendo poco en investigación y desarrollo. Muchos científicos e ingenieros terminan buscando en el extranjero lo que aquí no encuentran, encadenando becas y contratos precarios. La pregunta no es qué estudiar, sino si el país tiene dónde colocar lo que enseñan sus universidades.
Con estos números, la elección racional sería otra. La duda es si alguien se lo explica a un chaval de diecisiete años antes de que firme su matrícula, o seguimos dejando que la nota de corte y el azar decidan por él.