Organizaciones católicas impulsan en Italia el Mes del Orgullo de la Familia
¿Ha decretado
Italia un mes oficial para la familia para contrarrestar el mes del orgullo gay? No. El Mes del Orgullo de la Familia que se promociona estos días en el país no lo firma el gobierno de Giorgia Meloni, sino un conjunto de organizaciones católicas que lo plantean como respuesta al mes del orgullo LGTBI. La confusión ha corrido por medio mundo, y de paso ha servido para reabrir una discusión que va bastante más allá de las banderas: quién paga las celebraciones, qué es exactamente una familia y si un
mes del orgullo de la familia sirve para algo que no sea ruido. El origen de la noticia lo dejaba claro: organizaciones católicas lanzan el Mes del Orgullo de la Familia como respuesta al mes del orgullo gay. Nada de decreto, nada de boletín oficial.
Y ahí aparece el primer damnificado, porque
Meloni queda retratada como la que no hace lo que muchos de sus votantes esperaban. Si el impulso viene de la sociedad civil y no del Ejecutivo, la presidenta del Consejo decepciona a quien le pedía gestos y no solo palabras.
¿Por qué el Mes del Orgullo de la Familia no lo organiza el gobierno italiano?
Porque la iniciativa nace de entidades católicas y no del Ejecutivo, un detalle que cambia por completo la lectura política del asunto. Quien esperaba una Italia institucionalizando el mes de la familia se queda con las ganas: el gesto es privado, simbólico y de coste cero. A cambio, deja un titular jugoso y una pregunta incómoda sobre hasta qué punto el relato conservador necesita hechos o le basta con la simbología.
La celebración, además, se vende como inclusiva: si las familias LGTBI+ también son familias, entran en el mismo paquete. Es la paradoja habitual de estas citas, que nacen para marcar una frontera y acaban discutiendo dónde demonios está la frontera.
La familia LGTBI+ y el respeto a las minorías
Las familias LGTBI+ también son familias, con hijos muchas veces, y son tan familias como las heterosexuales. De ahí que buena parte de la respuesta lea la iniciativa como un mensaje de intolerancia hacia quienes no encajan en un modelo concreto. El argumento de fondo no es menor:
el respeto a las minorías es uno de los pilares de un Estado democrático, y ser minoría no convierte a nadie en un problema ni en una amenaza.
La réplica llega por la vía de la «ley natural»: dos personas del mismo sexo no engendran, luego su unión sería una rareza que no puede normalizarse como si fuera lo habitual. El salto lógico, señalan desde el otro lado, es evidente: se confunde frecuencia con legitimidad. Que algo sea poco común no lo vuelve malo, del mismo modo que ser mayoría no convierte una costumbre en virtud.
¿Qué dice el estudio de Regnerus sobre los hijos de parejas homosexuales?
Es el respaldo empírico que más se cita para sostener que los niños criados en hogares no heterosexuales salen peor, y también uno de los trabajos más cuestionados de la última década. Publicado en
2012, su autor reconoció ese mismo año, en octubre, un fallo de método de calado: había clasificado como gais o lesbianas a personas que habían tenido alguna relación homosexual sin identificarse con ese colectivo.
Sostenella y no enmendalla, porque mantuvo la validez de sus conclusiones después de admitir el error en la definición de la muestra.
Un comité de la Universidad de Texas consideró que el investigador no actuó de mala fe, pero se cuidó mucho de entrar en el fondo del trabajo; más adelante, el propio departamento de sociología donde trabajaba se distanció del estudio. Queda en pie una pregunta razonable: ¿existe algún dato que permita afirmar que la orientación sexual de los padres determina la calidad de la crianza? Lo que se sabe apunta más bien a que la clave está en el vínculo y en el amor, no en el sexo de los adultos. El instinto, por definición, no es un estudio.
¿Cuánto cuesta el mes del orgullo y quién lo paga?
Aquí el eje se desplaza de la moral al bolsillo, que es donde suele ganarse o perderse este tipo de discusiones. La crítica más repetida no va contra la celebración en sí, sino contra su financiación con dinero público: que cada cual haga su fiesta, pero
con sus propios fondos. El argumento gana fuerza cuando se compara con el trato que reciben otras citas en la calle, donde la protección policial y la presencia institucional no se discuten.
Hay quien recuerda que las manifestaciones del 8M las encabezan ministras y las protegen antidisturbios, para subrayar el
doble rasero que se percibe. No es un debate nuevo. Lo que cambia es el marco: si el Estado decide qué celebraciones son legítimas y cuáles no, entra en el terreno de decir a los ciudadanos cómo deben vivir. Y esa frontera, cruzada en cualquier dirección, incomoda a mucha gente que no comulga con ninguno de los dos bandos.
La natalidad italiana no se arregla con un mes temático
Con meses de la familia, del orgullo o de lo que toque, Italia no va a tener más hijos. El diagnóstico más incómodo apunta a otra parte: hay países que reparten ayudas considerables por nacimiento y tampoco consiguen remontar la natalidad, porque
el problema no es la cartelería, sino un modelo económico y una forma de vida en la que tener hijos sale caro y complica todo lo demás.
Las cifras de nacimientos llevan años cuesta abajo sin que ningún eslogan haya invertido la curva. La pregunta, a estas alturas, es si alguien cree de verdad que el calendario cambia la demografía o si el calendario solo sirve para que unos y otros se cuenten los suyos.
La postura más templada cabe en una frase: cada cual puede sentirse orgulloso de sus valores siempre que respete al que no piensa igual. Aplicada a los dos meses enfrentados, deja a ambos bandos con el argumento a medio construir. Dos meses, dos orgullos y un mismo calendario. De todos los números que se manejan en esta discusión, el que sube con más claridad es el de comunicados por habitante.