Jornadas extenuantes en la startup catalana que compró Apple
El ingeniero no trabajaba para Apple. Trabajaba para Vilnyx, la startup catalana que la multinacional acabó comprando, y esa distinción —la que buena parte de los titulares se salta— ordena todo lo demás. El relato publicado por
eldiario.es describe a un joven que acumuló
varios años de depresión con tratamiento antidepresivo y que atravesó episodios de ideas suicidas antes de terminar de baja. No es la crónica de una gran tecnológica exprimiendo a su plantilla. Es lo que ocurre cuando una empresa pequeña tiene que cumplirle a una grande, y quien paga el retraso es el que teclea.
La operación: Vilnyx, Apple y 50 millones
Los números del caso son escuetos y conviene no maquillarlos. Una compañía catalana, Vilnyx, se vende a Apple por
50 millones de euros, según la cifra que maneja el relato del caso. En operaciones así, buena parte del pago suele quedar condicionada a que se cumplan las promesas: que la tecnología haga lo que se dijo que haría y esté lista cuando se pactó. El comprador pone el calendario; el vendedor, la obligación de llegar. Y la obligación de llegar no la firma un directivo con traje, la ejecuta una plantilla corta con un plazo que no se mueve.
Ahí entra el trabajo sucio. Cuando el plazo se estrecha, la presión no se queda arriba: se desplaza hacia abajo. Los incentivos por cerrar la operación son para los dueños; el desgaste, para quien programa. Se ve en cualquier consultora, en cualquier fábrica y, desde hace años, en el software. El patrón es viejo y no necesita maldad: basta con un objetivo imposible y alguien dispuesto a no decir que no.
¿Trabajaba para Apple o para la startup que la vendió?
No trabajaba para Apple. Su contrato, su jefe y su proyecto salían de la empresa adquirida. Quien le fijaba objetivos no era la multinacional, sino la estructura local que necesitaba contentar al comprador para cobrar el tramo pendiente. Los propietarios de Vilnyx —
dos empresarios catalanes, según la descripción del caso— ocupan el centro de la escena, no Cupertino.
De ahí nace uno de los reproches más repetidos: el foco se ha puesto en la marca famosa y no en quien organizaba las jornadas. El horario, las horas sin registrar y las broncas venían de la casa. La marca solo aparecía en el escaparate, y ese escaparate era, precisamente, lo que había que sostener a cualquier precio.
Por qué el caso indigna y también genera dudas
Dos lecturas chocan de frente. Una parte lee el episodio como resultado previsible de un mercado laboral que premia aguantar: indefensión aprendida, pánico a cambiar de
empleo, la idea de que en cualquier sitio se está igual o peor. Se sostiene que en España cuesta horrores dejar un trabajo y que el entorno lo mira mal, y que ese miedo se aprende antes de los treinta.
La otra lectura apunta al individuo. Se argumenta que si alguien pasa años con depresión, tratamiento y bajas sin moverse, algo no cuadra; se subraya que parecía su primera experiencia laboral y que le pilló de nuevas lo de cumplir plazos. Hay quien añade, sin matices, que existen perfiles que simplemente no encajan en el oficio. Es la corriente más incómoda y la que menos datos aporta: explica el desenlace, no las causas.
La baja, el teléfono y los errores evitables
Aquí el análisis se vuelve práctico. Durante una baja no hay ninguna obligación de quedar con el jefe ni de coger el teléfono. Que alguien acepte un café con quien le estaba presionando se describe como un error de novato, no como una prueba de debilidad. La baja por causas psicológicas la concede el médico, y concedida, el trabajador desaparece del radar hasta el alta.
El segundo error señalado es no haber frenado las horas extra en la primera reunión. Con el registro horario ya implantado en la mayoría de empresas, negar que se echaron horas es más complicado que antes. Y el tercero: confundir aguantar con cobrar. Si te despiden, hay indemnización y, si hace falta, juicio. Si te vas por tu pie, ese dinero se queda en la caja de la empresa.
La comparación generacional que se cuela en todas las conversaciones
«Mi abuelo pasaba 16 horas en la mina y no se quejaba». La frase, repetida en términos parecidos, resume una corriente que mide el malestar psicológico actual con la vara de la dureza física de generaciones anteriores y concluye que la plantilla joven es de cristal. El argumento tiene un problema de base: compara un daño con otro distinto, y da por hecho que el silencio de entonces era bienestar.
Frente a eso se responde que el aguante no era salud, era falta de alternativa, y que hoy se pide algo tan elemental como no dejar años de vida en la nómina. También se recuerda que el trabajo no siempre deja hueco para lo demás: quien echa la jornada entera y alguna hora más no tiene tiempo de ser padre, ciudadano ni casi persona.
Qué alternativas se plantean
- Pedir el despido y salir con los papeles del paro en orden.
- Irse por voluntad propia y buscar otro destino: el sector dice tener ofertas de sobra.
- Aguantar de forma activa: hacer lo justo, no un minuto de más y responder al que chilla como él chilla.
- Montarse por cuenta propia, con la advertencia de no depender de uno o dos clientes grandes.
Ninguna sale gratis. Irse sin indemnización cuesta dinero; quedarse, salud. Y el autónomo no es un paraíso: cambia un jefe por decenas de clientes que llaman a cualquier hora, con la ventaja de que la hora de entrada la elige él.
Con este material, lo razonable es esperar más casos parecidos mientras los bonus por vender una empresa se cobren arriba y las horas se paguen abajo, o no se paguen. Puede que la próxima vez el titular vuelva a nombrar a la multinacional y deje fuera a quien firmaba las nóminas. O puede que alguien lea esto antes de aceptar ese café con el jefe estando de baja.