Picazo advierte de un posible huracán en el Mediterráneo a 28 grados
¿Puede formarse un huracán en el Mediterráneo y acabar tocando tierra en España? El meteorólogo
Mario Picazo sostiene que sí, y que el detonante ya está sobre la mesa: si persisten las anomalías de temperatura del agua, avisa, podríamos estar ante el nacimiento de un huracán
hecho y derecho. El mar que baña la península encadena récords, con una anomalía que roza los
3 grados y una media en torno a los
28. Ese calor es combustible: aporta, en palabras del meteorólogo, una cantidad tremenda de vapor de agua a la atmósfera de la región. La pregunta es si la dinámica atmosférica acompaña.
Qué condiciones hacen falta para que un huracán azote España
El planteamiento de Picazo sitúa al Mediterráneo como un punto crítico de la situación climática global. Las condiciones térmicas propiciarían la creación de un huracán siempre que se den además dinámicas atmosféricas ideales, similares a las que caracterizan a los huracanes del Atlántico. No basta con el agua caliente; hace falta que la atmósfera organice esa energía.
De ahí que el meteorólogo ponga el foco en la duración. Un alargamiento en el tiempo de estas anomalías térmicas aumentaría de forma significativa el riesgo de aparición del fenómeno. El impacto no se limitaría a España: también quedarían expuestos Francia, Italia, Grecia o Túnez, todos bañados por el mismo mar.
Picazo cierra su advertencia dejando el escenario abierto a la recta final del verano, con las primeras incursiones de aire frío. Es decir: nadie afirma que vaya a haber huracán, pero tampoco se descarta.
Medicanes: el Mediterráneo ya genera ciclones con otro nombre
La objeción más repetida no discute el dato del agua caliente, discute la novedad. El Mediterráneo produce desde hace décadas ciclones tropicalizados, conocidos como medicanes, con estructura y comportamiento similares a los de un huracán de pequeña escala. La diferencia que se subraya es de intensidad y de frecuencia, no de existencia.
Hay quien resume la alerta como un medicane de los de toda la vida, con la etiqueta actualizada a superdestructivo. La discusión, por tanto, se desplaza a si el calor extra convierte un fenómeno conocido en otra cosa o solo le sube el voltaje.
¿Por qué el termómetro de julio no respalda la alerta?
En el lado escéptico se repite un argumento de experiencia directa: en Madrid apenas se contabilizan diez días del calor habitual a principios de julio, según una de las intervenciones de la conversación. Si el verano arranca suave en el centro peninsular, se pregunta, ¿de dónde sale la sensación de que todo se desborda? También se apunta, con retintín, a tifones en Murcia y tornados en la comarca de La Sagra como siguiente parada del relato.
El contraargumento es que una anomalía marina no se mide en el patio de casa. El agua puede estar a récord mientras la atmósfera sobre la meseta va a lo suyo. Lo que falta es un plazo concreto: la alerta no trae fecha.
El giro del debate: de los huracanes a los insectos
A mitad de la conversación, el foco se mueve a un tuit del propio meteorólogo. Hace años, viene a decir, al volver de un viaje apenas se veía a través del parabrisas por los insectos estampados; hoy eso ya no pasa. Y él mismo responde a su propia pregunta: no son cristales antiinsectos, es que cada vez hay menos insectos por contaminación y cambio climático.
Ese mensaje es el que enciende el segundo tramo, y con otro tono. La primera objeción es de física doméstica: un Renault 4 con el parabrisas vertical mataba más bichos que cualquier vehículo actual desarrollado en un túnel de viento. Comparar la mortalidad de insectos entre dos coches de diseño opuesto no demuestra tendencia ninguna.
Pesticidas, no termómetros: la explicación que gana terreno
La tesis que domina el tramo final sostiene que la pérdida de insectos es una de las mayores catástrofes ecológicas de las últimas décadas en los países desarrollados, y que la causa principal no es el clima, sino los pesticidas agrícolas. Es un argumento que se apoya en el campo, no en el laboratorio: quien ha pateado cebada y trigo recuerda cientos de bichos saltando a cada paso y hoy apenas ve nada.
El relato se completa con el grano tratado que se siembra, con los barbechos rociados y con la siembra directa, prácticas que llegan con el siglo. Y tiene una segunda vuelta incómoda: las aves insectívoras pierden su alimento y, las que quedan, se envenenan al comer lo que sobrevive. Menos insectos, menos pájaros; menos pájaros, menos depredadores. La denuncia apunta a las multinacionales agroquímicas y a la facilidad con que se legisla por decreto.
Frente a eso, una postura minoritaria sostiene que el descenso se explica por el aumento de aves, que encontrarían mejores entornos para criar. Es la hipótesis que recibe menos apoyo en la conversación: la escasez de alimento va en dirección contraria.
Así que la alerta del huracán y la del parabrisas acaban en el mismo sitio: una fecha que nadie puede dar y un culpable que cada cual coloca donde le encaja. Si el huracán llega, ya hay quien le ha buscado nombre.