El documental que reabre el origen hispano de EEUU
El cineasta José Luis López-Linares (Madrid, 1955) rueda «We The Hispanos», un documental sobre la raíz hispana de Estados Unidos cuyo estreno está previsto para abril de 2026. Llega después de «España, la primera globalización» (2021) y «Hispanoamérica, canto de vida y esperanza» (2024), dos títulos que ya habían reabierto la disputa sobre el relato del imperio español. La propuesta no ha tardado en chocar con una objeción de fondo: ¿hasta qué punto puede hablarse de un origen hispano de la nación estadounidense?
La discusión se organiza en torno a una fractura cronológica y geográfica. Una parte del análisis sostiene que la presencia española en Norteamérica es anterior a la propia existencia de EEUU y que dejó una huella profunda en el sur, el oeste y el centro del país. Otra corriente responde que el núcleo fundacional fueron las trece colonias, de matriz británica, y que todo lo demás llegó por conquista y expansión posterior. El desacuerdo no es menor: decide qué se entiende por identidad nacional y quién tiene derecho a reclamarla.
Qué territorios fueron españoles antes de las trece colonias
El punto de partida es geográfico. Florida, Luisiana, Texas, California, Nuevo México o Arizona formaron parte de la monarquía hispánica antes de integrarse a los Estados Unidos. Hay quien recuerda que muchas ciudades conservan su toponimia original y que existen estatuas y actos conmemorativos de conquistadores españoles, además de retratos de Bernardo de Gálvez colgados en el Capitolio. La evangelización católica de las poblaciones indígenas se cita como prueba de esa primera capa cultural.
La objeción llega por el otro flanco: esos territorios no fueron el origen del país, sino su expansión. Las trece colonias que declararon la independencia tenían una composición demográfica, religiosa y jurídica distinta, y fueron ellas las que se expandieron e impusieron su modelo al resto. Esa asimetría, sostienen, invalida hablar de una raíz hispana de EEUU en sentido fundacional.
El idioma y la cultura como prueba de la matriz anglosajona
El segundo argumento es lingüístico y cultural. La lengua oficial de facto, la idiosincrasia y el sistema político estadounidense remiten a Gran Bretaña, no a España. Se recuerda que hay más descendientes de alemanes que de ingleses en el país y que el alemán nunca fue lengua nacional, lo que demuestra que la base cultural no se decide por el peso demográfico de los ancestros, sino por quién constituyó el Estado.
En la misma línea se subraya que el inglés es la lengua de la administración, la justicia y la educación, y que las influencias posteriores no alteraron ese esqueleto. La comparación con Argentina sirve para ilustrar el punto: un país con enorme ascendencia italiana que no es, ni se percibe, como nación itálica.
Por qué la etiqueta «hispano» genera rechazo en parte del debate
Aquí el asunto se enreda. Una corriente sostiene que el término «hispano» en EEUU se asocia hoy, en la práctica, a la población de origen mexicano y centroamericano, y que eso desvirtúa cualquier reivindicación de raíz española. Se argumenta que mezclar identidad cultural con ascendencia concreta es un error de categoría, y que la etiqueta administrativa no equivale a filiación histórica.
Otra línea de análisis va más lejos y sostiene que la promoción de esa raíz hispana sirve, en realidad, para integrar a esa población en el relato estadounidense y desviarla de cualquier proyecto político propio de los países hispanohablantes. Es la tesis más política del conjunto: la reivindicación cultural como herramienta de absorción, no de reconocimiento.
El precedente de Al-Ándalus como analogía discutida
Para ilustrar el escepticismo se recurre a una comparación histórica: hablar de «raíz hispana de EEUU» se parecería a hablar de «España musulmana» para referirse a Al-Ándalus, una fórmula que se atribuye al nacionalismo español de finales del XIX. La analogía pretende mostrar que una presencia histórica larga no convierte automáticamente a un territorio en heredero de esa cultura.
El paralelismo tiene defensores y detractores. Los primeros ven en ambos casos una operación de apropiación selectiva del pasado. Los segundos consideran que la comparación es forzada, porque la presencia española en Norteamérica fue fundacional en términos administrativos y religiosos, no solo ocupacional.
La discusión deriva, en varios tramos, hacia debates sobre composición genética de poblaciones y sobre identidades regionales dentro de España, con datos y clasificaciones que circulan sin verificación independiente y que aquí no se reproducen. Ese desvío, más ruidoso que sustancioso, termina por diluir la pregunta inicial. Y la pregunta inicial sigue sin respuesta cerrada: cuándo empieza un país a ser lo que es, y quién firma el acta de nacimiento.