La norma que blinda a los gatos asilvestrados: la polémica que estalla
Un borrador de Real Decreto que desarrolla la Ley 7/2023 de Bienestar Animal blinda a los gatos asilvestrados e impide su control incluso en espacios naturales protegidos. La paradoja, según el planteamiento que abre esta discusión, es que en muchos municipios se prohíbe recoger piñas o setas sin tasa o licencia, mientras al felino asilvestrado se le deja campar. En el debate se recoge el malestar del sector cinegético y la comparación —explícita— entre lo que se le prohíbe al cazador y lo que se le permite al gato salvaje ha encendido el debate.
Qué dice el borrador sobre los gatos asilvestrados
El artículo 42 del texto, citado en la discusión, prohíbe el sacrificio de los gatos salvo por desórdenes que comprometan su salud a largo plazo o en los supuestos excepcionales permitidos para animales de compañía, con certificación veterinaria. También prohíbe el confinamiento de los gatos no socializados en centros de protección animal. Es decir: la norma los convierte en intocables en la práctica, con independencia de dónde estén.
La comparación que se hace es la que ha hecho saltar la chispa.
La ley permite al gato lo que niega al escopetero, viene a decir el titular. Y ahí es donde el asunto deja de ser cinegético y se convierte en un pulso sobre qué se considera naturaleza y qué se considera plaga.
El gato como depredador: el argumento que incomoda
Hay quien sostiene que los gatos callejeros son un depredador brutal y que las colonias felinas, alimentadas y vacunadas, generan una superpoblación que arrasa con los pájaros de zonas muy grandes. En otros lugares, se argumenta, se retiran los gatos callejeros y se prohíbe darles de comer o curarlos. La acusación de
mentalidad Disney aparece en este punto.
Frente a eso, la respuesta desde el lado contrario es que el cazador no está en condiciones de dar lecciones de ecología.
Los amantes de la naturaleza disparan miles de toneladas de plomo al medio ambiente cada año, se alega. La contrarréplica es inmediata: hay quien recuerda que la munición de plomo está prohibida en muchos contextos y que la contaminación por plomo no es un argumento exclusivo de la caza.
El cazador que se compara con el gato
El núcleo del conflicto es la comparación.
Un gato caza de forma libre y salvaje; el cazador lo hace con licencia, cupo y horario. Que alguien envidie esa libertad es, para unos, una prueba de que la regulación es absurda; para otros, la constatación de que el escopetero no entiende qué es un animal salvaje.
La discusión deriva hacia el perfil del cazador. Frente al que camina horas, cobra cuatro piezas y se las come, se describe un escenario de grupos que disparan a todo lo que se mueve, rapaces y especies protegidas incluidas, y de galgueros que matan camadas enteras. Son afirmaciones que circulan sin verificación independiente en el material, pero que marcan el tono del intercambio.
La caza que se apaga sola
El dato que descoloca a ambos bandos es demográfico.
Según un cálculo que circula en el debate, en 15 años los cazadores se han reducido un 26% y en los últimos 50 años la caída acumulada es del 45%. La proyección que se maneja apunta a una reducción del 70% para 2050. La caza no necesita prohibición: se extingue por relevo generacional.
Eso no resuelve el problema del gato asilvestrado, que sigue ahí. La norma lo blinda; la realidad lo multiplica. Y el debate sobre si eso es protección animal o abandono de la gestión del territorio sigue exactamente donde empezó.
Datos clave
- Reducción del 26% de cazadores en 15 años
- Caída del 45% en los últimos 50 años
- Proyección de reducción del 70% para 2050
- Ley 7/2023 de Bienestar Animal: artículo 42