Un ejército europeo que se pagará con deuda y sin control de los Estados
¿Tiene sentido crear un ejército europeo cuando, según un participante del debate, habrá que financiarlo con deuda y cuando Estados Unidos ya ha amenazado con represalias si Bruselas impulsa en solitario sus proyectos de defensa? La propuesta que Ursula von der Leyen ha presentado como una nueva era de seguridad europea —«la guerra moderna es demasiado grande para un solo Estado», ha dicho— ha abierto una grieta que va mucho más allá de la defensa: toca quién manda, quién paga y a quién se le entrega la fuerza.
El punto de partida es una evidencia incómoda. La cooperación militar europea existe desde hace décadas dentro de la OTAN, pero la Comisión quiere ahora un instrumento propio. El argumento oficial es la rentabilidad: «si gastamos miles de millones del dinero de los contribuyentes en defensa, necesitamos un retorno de la inversión», ha señalado von der Leyen. El problema es que ese retorno, según los críticos, no llega a los contribuyentes sino a la industria armamentística estadounidense.
Quién paga el ejército europeo y con qué dinero
La financiación es el punto que más ampollas ha levantado. Según un participante del debate, el proyecto se sufragará con deuda, lo que en la práctica significaría que el coste se traslada a los presupuestos nacionales y, por extensión, a las generaciones futuras. El análisis más repetido entre los críticos es que esa deuda acabará comprándola el Banco Central Europeo, con el consiguiente efecto sobre la inflación y los impuestos.
No es un detalle menor. Si el gasto en defensa se dispara sin una base fiscal propia, cada Estado miembro tendrá que aportar según su capacidad, y los que ya arrastran déficits elevados verán tensionadas sus cuentas. El retorno de la inversión que promete Bruselas no está cuantificado en ningún documento público, y esa ausencia alimenta la sospecha, sostenida por algunos participantes, de que el verdadero beneficiario será el complejo militar-industrial que ya factura con la OTAN.
El choque con Estados Unidos y la advertencia de Trump
La reacción de Washington no se hizo esperar. Según las informaciones publicadas, Estados Unidos ha acusado a Bruselas de violar los compromisos adquiridos a través de la OTAN y ha advertido de que pone en peligro décadas de colaboración militar. El presidente Donald Trump atacó además a Emmanuel Macron por pedir la creación de un ejército europeo, nada más aterrizar en París para el centenario del final de la Primera Guerra Mundial.
La paradoja es evidente: Europa quiere autonomía estratégica pero depende del armamento estadounidense para casi todo. Quien defiende el proyecto sostiene que precisamente por eso hace falta una industria militar propia, con el 100% de los componentes fabricados en Europa. Quien lo critica responde que sin esa base industrial el ejército común será un cliente cautivo de Washington, caro y sin capacidad real de disuasión.
El debate sobre quién forma la tropa y bajo qué mando
El segundo frente es el humano. La objeción más repetida es que un ejército europeo acabaría nutriéndose de soldados rasos de origen migrante mientras los mandos seguirían en manos nacionales. En el caso español, se argumenta que la tropa ya es mayoritariamente de origen extranjero, aunque los oficiales y suboficiales siguen siendo españoles. La pregunta que sobrevuela es si ese ejército defendería realmente a los europeos o sería una fuerza de sustitución al servicio de una burocracia sin control democrático directo.
A esto se suma el problema del mando. La Comisión Europea no es un poder elegido para dirigir una fuerza armada, y quienes rechazan el proyecto señalan que entregarle un ejército equivale a dar capacidad coercitiva a un organismo sin rendición de cuentas ante los parlamentos nacionales. La alternativa que se plantea desde sectores críticos es disolver la OTAN, negociar con Rusia al margen de Washington y construir una alianza exclusivamente europea con industria propia.
Ucrania, el gasto que no cesa y el nuevo cliente
El contexto inmediato es Ucrania. Con el conflicto en un punto incierto y los recursos de reconstrucción repartidos entre potencias, la tesis que gana peso entre los críticos es que el ejército europeo nace para sostener la facturación de la industria armamentística una vez que el mercado ucraniano se agota. El lobby necesita un nuevo cliente, y ese cliente serían los contribuyentes europeos.
La objeción técnica también existe. Hay quien sostiene que la normativa europea actual prohíbe fabricar componentes esenciales para munición y armamento, lo que obligaría a depender de proveedores externos precisamente para los insumos más críticos. Sin una excepción regulatoria, el ejército común nacería con las manos atadas.
Qué se decide y qué queda abierto
La discusión no está cerrada. Von der Leyen ha lanzado el marco, pero el diseño final —financiación, mando, composición de la tropa, relación con la OTAN— sigue sin concretarse. Lo que sí está claro es que, según los críticos, la factura se pagará con deuda pública y que el retorno prometido no tiene cifras públicas que lo respalden.
Con estos mimbres, el ejército europeo avanza más como proyecto político que como capacidad militar real. Y mientras tanto, la pregunta que nadie responde con números es cuánto de ese gasto acabará en manos de la industria estadounidense que hoy amenaza con represalias. Ironía fina para una nueva era de seguridad.