La Vanguardia deja X por «red de desinformación»
Un periódico que lleva más de un siglo imprimiendo su relato en papel decide ahora que el problema es la red social donde ya no manda.
La Vanguardia anunció que deja de publicar en X por considerarla «una red de desinformación», y se suma así a
The Guardian, que comunicó la misma decisión apenas unos días antes. El argumento que esgrime el diario catalán, propiedad del Grupo Godo, es que en la plataforma de Elon Musk circulan como contenido viral «las ideas que atentan contra los derechos humanos», entre ellas la hostilidad hacia minorías étnicas, la misoginia y el racismo. La noticia, publicada por
The Objective, desató un vendaval de reacciones que mezcla el ajuste de cuentas ideológico con el análisis de poder.
Qué dice La Vanguardia y qué hay detrás
El comunicado del rotativo catalán no se anda con matices: habla de contenidos virales que atentan contra los derechos humanos y sitúa a X como el ecosistema donde esas ideas prosperan. Es la misma tesis que sostuvo
The Guardian al anunciar su salida. Dos cabeceras de referencia, mismo guion, misma semana. Para una parte del público, esto no es una decisión editorial sino un movimiento coordinado:
una campaña para no aceptar la victoria de Trump y para intentar montar una red paralela donde el relato vuelva a estar bajo control.
La sospecha no es gratuita. Durante años, la moderación de las grandes plataformas funcionó como un embudo: según se sostiene en el análisis que circula, antes cualquier opinión fuera del consenso progresista podía acabar con la cuenta suspendida, y se recuerda que
hasta el propio presidente de Estados Unidos fue baneado. Con Musk al frente, ese mecanismo se desmontó, se redujo drásticamente la plantilla dedicada a censura y solo se penalizan contenidos que constituyan delito. El resultado, dicen, es que ahora se puede discrepar sin ser borrado. Y a eso la izquierda lo llama desinformación.
El negocio de irse: dejan de publicar, no borran la cuenta
Aquí aparece el detalle que delata. Varios análisis coinciden en un patrón:
anuncian que se van pero no cierran la cuenta. Ni La Vanguardia ni The Guardian han borrado sus perfiles. Dejan de publicar, mantienen la puerta abierta. La lectura cínica es que se trata de una pataleta con fecha de caducidad: en unos días, cuando amaine, volverán con el rabo entre las piernas. Si Musk quisiera ahorrarles el bochorno, dicen, les metería un bloqueo permanente y asunto zanjado.
El Grupo Godo, además, arrastra fama de veleta. Se le atribuye la costumbre de arrimarse siempre al árbol que da más sombra y de equivocarse sistemáticamente en la apuesta. Cuando el viento sople en otra dirección, cambiarán de árbol sin despeinarse. La coherencia editorial, en ese cálculo, es un activo secundario.
Bluesky, el refugio de los que se van
La alternativa que se está promocionando es Bluesky, presentada como el nuevo hogar de los desterrados. El escepticismo es generalizado:
se la compara con Mastodon 2.0, una red que nadie usa y donde los recién llegados recrearán la misma dinámica de la que huyen. La secuencia se repite: colonizan un espacio, la gente les lleva la contraria, se marchan a otro y vuelven a montar el corral. Instagram, más estético y menos político, se libra por ahora de ese ciclo.
Hay quien va más allá y sostiene que el movimiento no es individual sino orquestado: una consigna que baja de arriba y que los medios y personajes del espectáculo ejecutan al unísono. La falta de autonomía que se les atribuye resulta, a juicio de muchos, más llamativa que la decisión en sí.
El dato que descoloca
Mientras las cabeceras anuncian su retirada, la plataforma que abandonan sigue funcionando con una plantilla reducida y sin los censores que antes la poblaban. La paradoja es que el argumento de la desinformación se lanza desde medios que durante años fueron señalados como parte del problema. Y el público, mientras tanto, ya ha aprendido a informarse por su cuenta, saltándose a los intermediarios. Ese, y no otro, es el hueso que no tragan.