España contabiliza 49 millones de censados y 23 millones de NIE
A la salida del metro de Sol, en Madrid, dos vendedores ambulantes ofrecen una bolsa de 24 chupetines por 2,70 euros. Son limeños, y su presencia en el andén ilustra lo que las estadísticas resumen sin adornos. El padrón contabilizó 49 millones de personas censadas el 1 de octubre, a un paso del umbral de los 50 millones. En 1999, antes del gran ciclo migratorio, España tenía unos 38 millones de habitantes. Once millones más en 25 años, con la natalidad cayendo sin freno desde hace décadas.
Los 23 millones de NIE emitidos desde 1997
Un cálculo que circula estos días pone el foco en el registro de extranjeros. Desde febrero de 1997, cuando arrancó el sistema, se han emitido
23 millones de NIE: diez millones de la serie X, otros diez de la Y y casi tres de la Z, la más reciente. Ese número no equivale a población extranjera actual —incluye bajas, retornos y personas ya nacionalizadas—, pero mide el flujo que ha entrado con documentación en regla en poco más de 25 años. El padrón, según esta lectura, es el resultado de un recuento donde entran más de los que salen.
Cuánta gente entra y cuánta sale: el saldo que se discute
Aquí las cuentas se enredan. El Instituto Nacional de Estadística publica saldos netos: 727.000 personas en 2022 y unas 642.000 en 2023, más que la suma de Francia e Italia. Otra forma de mirarlo resta a los entrantes los que se marchan. En 2023, según ese método, entraron 648.000 personas, de las que 66.000 eran españoles que regresaban; salieron 470.000 extranjeros y 121.000 españoles. El neto quedaría en 112.000, no en 650.000. La diferencia entre flujos brutos y netos es el nudo del desacuerdo, hasta el punto de que leer las tablas con una herramienta automática da resultados distintos a hacerlo año a año.
De 37 a 49 millones: qué cambió desde 1981
Hace cuatro décadas la población rondaba los 37 millones y la natalidad ya se hundía. El salto hasta el censo actual no sale de los nacimientos: las defunciones acumuladas en ese periodo superan los
16 millones, con una media de 380.000 al año, y el saldo vegetativo lleva años en negativo. El crecimiento lo explican la inmigración y sus descendientes. Conviene recordar que España fue país de emigrantes: en los setenta, entre uno y dos millones de españoles salieron a trabajar a Europa, y muchos volvieron tras la crisis del petróleo.
El termómetro de la vivienda
El efecto más visible está en el ladrillo. En 2020 había 18,7 millones de hogares en España. Si desde entonces han entrado más de dos millones de personas, son casi 700.000 hogares más de demanda, a los que se suman los 125.000 que ya se venían añadiendo cada año. La cuenta que se maneja: diez millones de personas más en 24 años equivalen a entre tres y cuatro millones de viviendas en un país con once millones de hogares. Con entradas de medio millón anuales, harían falta 150.000 viviendas nuevas cada año solo para absorberlas. Alquileres disparados, propietarios señalados como únicos culpables.
Dos relatos sobre el mismo padrón
Sobre el fondo demográfico chocan dos corrientes. Una sostiene que el crecimiento se ha financiado con entrada masiva y que el sesgo reciente del flujo —con más dificultades de integración y mayor coste— es el verdadero problema. La otra responde que los fenómenos demográficos son lentos, que hay diez millones de nacidos fuera y solo tres millones de nacionalizados, y que integrar lleva generaciones. Un dato que se repite: entre 2009 y 2016 hubo un receso, con años de saldo neto incluso negativo, y sin ese respiro la población superaría ya los 53 millones.
El relevo demográfico, entre la tesis y el vaticinio
En el fondo late una idea incómoda: la de sustitución. La población de origen español encogería mientras la de origen migrante crece, hasta dejar a los primeros en minoría. Los datos no cierran esa tesis, pero tampoco la desmienten. Con saldos anuales próximos a las 700.000 personas y una natalidad nacional por los suelos, el relevo avanza más rápido que la capacidad de absorberlo.
La edad media y la proyección que no cierra
El cálculo que descoloca es otro. La edad media de la población de origen español ronda los 50 años, justo cuando la generación del baby boom se jubila en bloque. Las proyecciones más pesimistas hablan de que esa población podría bajar de los 20 millones en una década. Es un escenario, no un hecho consumado. Pero el padrón, la vivienda y la sanidad ya no esperan a que se aclare el debate.