Doce lanzadores por 700 millones: así se presenta el HIMARS cordobés
El Ejército de Tierra va a recibir el Silam, un sistema lanzacohetes de alta movilidad del que se han firmado doce unidades por un importe global de 700 millones de euros. La cifra, puesta en relación con lo que cuesta un HIMARS estadounidense —en torno a seis millones por unidad—, ha encendido todas las alarmas. El programa no es solo los camiones con jaulas intercambiables: incluye vehículos de municionamiento, dos de recuperación, dieciséis de puesto de mando y reconocimiento, cuatro radares multifunción y drones de altas prestaciones. La pregunta que sobrevuela el contrato es si ese paquete justifica multiplicar por tres el precio de referencia internacional.
Qué incluye realmente el contrato de 700 millones
El desglose oficial, tal como se publicó el día de la firma, contempla doce lanzadores con jaulas intercambiables sobre ruedas, cada uno con su vehículo de municionamiento de la misma movilidad. A eso se suman dos vehículos de recuperación, dieciséis de alta movilidad para puesto de mando y reconocimiento, cuatro radares multifunción y otros tantos sistemas de medios aéreos no tripulados de altas prestaciones. El programa también recoge la formación del personal. Con ese inventario, un cálculo que circula en el foro sitúa el coste por sistema completo en torno a los veinte millones, lo que seguiría triplicando la referencia del HIMARS.
La comparación con el mercado internacional es inevitable. Un HIMARS ronda los seis millones, un Tos-1 ruso se mueve en cifras similares y un S-400 —sistema antiaéreo, otra liga— se dispara hasta los 500 millones. La diferencia no es de categoría, sino de modelo industrial: España compra desarrollo, no producto terminado.
El cohete que llega a 300 kilómetros y quién lo fabrica
El abanico de municiones es lo más ambicioso del programa. Los cohetes de entrenamiento cubren entre 7 y 15 kilómetros; los Accular alcanzan los 35-40 kilómetros; los Extra llegan a 150; y los Predator Hawk tocan los 300 kilómetros, con ojivas de fragmentación o penetración. Esa escalada de alcance es la que da sentido operativo al sistema, pero también la que introduce la dependencia crítica: los proyectiles de mayor alcance son de fabricación israelí.
Ahí está el nudo del asunto. Israel es proveedor y, a la vez, aliado estratégico de Marruecos, el único escenario de amenaza convencional serio que se le supone a España en el norte de África. La pregunta que se repite es si el sistema necesitará autorización de terceros para ser empleado. En el caso del HIMARS, la respuesta es conocida: Washington puede capar el uso desde el otro lado del Atlántico. Con el Silam, la duda es si ocurre lo mismo con Tel Aviv.
De Israel a Alemania y de Alemania a Córdoba
El recorrido industrial del proyecto tampoco ayuda a venderlo como producto nacional. El diseño es israelí, ha pasado por un rebranding alemán y ha vuelto a rebautizarse en España. Es decir, un sistema que lleva años disponible en el mercado internacional y que se adquiere ahora con las prisas de quien llega tarde. La fabricación se reparte entre Santa Bárbara y Expal, ambas en manos extranjeras desde hace décadas, según las críticas más duras, que sostienen que España no fabrica armamento propio ni siquiera para sus pistolas reglamentarias.
Frente a esa tesis, la lista de empresas del sector es larga: Indra en radares y guerra electrónica, Navantia en fragatas y submarinos, Maxam en municiones, Escribano en estaciones de armas, GMV en navegación y control, ITP en motores a reacción, Instalaza en lanzacohetes y Urovesa en todoterrenos militares. El problema no es la ausencia de tejido, sino su escala. Doce lanzadores son, en palabras de varios análisis, una miseria: sirven para instruir a las tropas y poco más. Para eso, sobrarían seis.
El coste de comprar en casa frente al atajo de la ingeniería inversa
El argumento oficial es que desarrollar un producto nacional siempre cuesta más que comprar uno ya hecho, pero compensa tener los medios en casa. Es la misma lógica del S-80: el primer submarino fue carísimo por los costes de desarrollo, pero si se construyen seis para la Armada y se logra un contrato de exportación, el sobrecoste se diluye. La inversión en defensa se justifica por los puestos de trabajo, las comisiones y las puertas giratorias, según la lectura más cínica.
La alternativa que se plantea desde el otro lado es la china: comprar cien HIMARS por esos 700 millones, ignorar las patentes y sacar un clon nacional en unos años a precio de saldo. La ingeniería inversa como política industrial. El problema es que eso exige una voluntad estratégica que España no ha demostrado en décadas, y un cliente —Marruecos— que no espera a que se decida.
¿Alguien cree de verdad que doce lanzadores disuaden a algo más que a un informe trimestral?