Las afeitadoras eléctricas de gama alta no apuran, según varios testimonios de un foro
¿Por qué una máquina de afeitar de gama alta, comprada por quien no escatima en gasto, deja la cara peor que una cuchilla manual de toda la vida? Es la pregunta que abre un reguero de testimonios sobre un electrodoméstico que promete apurado de barbero y entrega, en el mejor de los casos, un rasurado a medias. El desembolso no es menor: hay quien habla de
150 euros tirados a la basura y quien recuerda una máquina de
9,99 euros que apuraba más que la cara. La conclusión que se repite es incómoda: la eléctrica no rasura, solo desbroza.
El problema no es la marca, es la tecnología
El primer damnificado apunta a un Braun de alta gama y lo describe sin paños calientes:
lamentable. No rasura, y ha tenido que repasar con una Gillette Match 3 manual. La sospecha inicial —que el tipo de vello facial de cada uno condiciona el resultado— se diluye cuando llegan los demás casos. Philips, Braun, la que sea.
Todas fallan, según los participantes.
Hay quien sostiene que el problema es de expectativas: la eléctrica sirve para salir del paso, para una barba de dos días o para quien tiene prisa. En contra pesa el argumento de que incluso en esa función defrauda, porque a los pocos meses las cuchillas de los cabezales se desgastan y ya no valen ni para quitar lo gordo. La única excepción que se menciona es usar una Philips de gama alta
con agua caliente y espuma o gel, nunca en seco. Y aun así, añaden, se tarda mucho más que con cuchilla.
El coste real: cuchillas que se comen el ahorro
La factura no termina en la compra. Los recambios de cabezal y cuchillas se cambian cada cierto tiempo, y hay quien estira el suyo
dos años y medio afeitándose cada dos días. El cálculo que circula es que la inversión inicial es solo el primer golpe: el mantenimiento convierte la eléctrica en un gasto recurrente que no compite con la cuchilla desechable.
Frente a eso, la alternativa clásica se presenta como una economía de guerra: maquinilla de doble filo regulable, cien cuchillas por unos
30 euros, y cada hoja aguanta varios afeitados. El cálculo completo, con precios de hoja, brocha y jabón, da un coste por afeitado que deja en evidencia al cabezal eléctrico. La pega es la curva de aprendizaje: en las clásicas no hay que apretar contra la cara, y quien viene de desechables tiende a hacerlo, de ahí los cortes.
La guerra cultural de la cuchilla
El asunto deriva hacia un terreno menos técnico. Una parte de los participantes sostiene que las grandes marcas de cuchillas han convertido el afeitado en un campo de batalla publicitario, y que sus campañas han dejado de hablarle al hombre que se afeita. La respuesta de otra parte es que eso es precisamente lo que ha empujado a muchos a buscar alternativas: maquinillas coreanas, cuchillas de doble filo, marcas blancas de supermercado que fabrican los mismos coreanos.
La ironía es que el invento eléctrico, que debía ser el salto tecnológico, se ha quedado estancado, según los usuarios. No evoluciona. Y mientras tanto, la maquinilla de los años ochenta, con hoja de diez céntimos, sigue dando el apurado que la de 150 euros no alcanza.
¿Y para qué sirve entonces una afeitadora eléctrica?
Para el cogote, para los pelillos del cuello, para desbrozar una barba de varios días antes de pasar la cuchilla. Hay quien conserva una Philishave como paso previo cuando la barba tiene demasiados días. Y hay quien directamente ha vuelto a la brocha y la navaja tras dos semanas de intentarlo con la eléctrica.
El consenso, si puede llamarse así, es que la eléctrica no sustituye a nada: complementa. Quien la compró esperando el afeitado definitivo se quedó con un trasto caro en el cajón. Y el que avisa no es traidor:
no la tires, dale al menos una función menor. La cara, mejor con cuchilla.