Tres penaltis fallados y el relato se agrieta
Cuatro penaltis, tres fallados. La selección femenina de fútbol cayó en la tanda desde los once metros y dejó un reguero de reproches que va mucho más allá del marcador. El partido, que se decidió en la prórroga y los penaltis, se convirtió en el detonante de una conversación más incómoda: la que cuestiona el dinero público que sostiene el fútbol femenino, el trato mediático que recibe y el relato que lo envuelve desde el caso Rubiales.
La escena no fue la de una derrota cualquiera. Fue la de un equipo que, según las crónicas más repetidas, regaló el partido con jugadas sin confianza, cambios discutidos y una delantera que quiso resolver con tacón lo que pedía pierna.
Fallar tres de los cuatro penaltis es, en palabras de un seguidor, cosa de
cadetes de tercera regional. Y ahí empezó todo.
Qué pasó en el partido y por qué se falló tanto
El relato del encuentro que más se repite apunta a un problema de actitud y de banquillo. La entrenadora retiró a una de las delanteras más en forma y los cambios, según varias lecturas, llegaron al revés. El equipo jugó sin confianza, con regates pobres y una rabona que se recordará más por lo que tuvo de innecesaria que de efectiva. La portera y una defensa central fueron, para muchos, las únicas que dieron la talla.
Los penaltis remataron la faena. Tres lanzamientos fallados de cuatro posibles no es mala suerte: es un problema de ejecución. La comparación que circula es demoledora:
hasta un niño de ocho años los tira mejor. La tanda, que debía ser el momento de la épica, se convirtió en el resumen de un torneo gris.
El rechazo que ya venía de antes
La derrota no cayó en un vacío. Desde el caso Rubiales y la gestión de la Federación, una parte del público había dejado de mirar a esta selección con simpatía. La caza de brujas contra el seleccionador anterior y el ruido constante alrededor del equipo generaron un rechazo que el resultado solo vino a confirmar.
Si nunca interesaron a nadie, después del espectáculo han conseguido generar rechazo, resume una de las posturas más repetidas.
Hay quien va más allá y sostiene que el problema no es deportivo sino de modelo:
el dinero público que sostiene el fútbol femenino se presenta como la prueba de una farsa subvencionada. La comparación con otros eventos culturales subvencionados aparece una y otra vez. El argumento, discutible, tiene un núcleo incómodo: ¿se sostiene este deporte por méritos propios o por imposición de agenda?
El nivel de juego, la comparación que escuece
La discusión sobre el nivel deportivo no es nueva, pero la derrota la reavivó. Circula el dato de que un equipo sub-15 masculino suizo le metió
siete goles a uno a la selección femenina absoluta de Suiza en un partido de preparación, y que la Federación helvética habría tratado de ocultarlo. Sea cierto o no, el dato se usa como munición: el fútbol femenino, dicen, tiene nivel de patio de colegio.
La comparación con el fútbol masculino es inevitable y, para muchos, injusta. Pero el argumento que más pesa no es el del nivel, sino el del relato:
la narración edulcorada de los partidos, con comentaristas lamiendo heridas y frases grandilocuentes sobre el ejemplo social que supuestamente dan las jugadoras, produce un rechazo inmediato. Una frase resume el sentir general:
ejemplo de qué.
El ruido mediático y la resaca del caso Rubiales
El caso Rubiales planea sobre toda la conversación. La selección quedó marcada por la gestión de aquel episodio y por la respuesta del entorno. Para una parte del público, la derrota es la constatación de que el relato construido alrededor del equipo no se sostiene.
Han sido visitadas por la maldición de Rubiales, ironiza una de las intervenciones más repetidas.
El rechazo no es solo al equipo. Es también a los medios que lo amplifican y a los políticos que lo usan. La idea de que una victoria habría desatado
un mes entero de discurso oficial sobre las bondades del deporte femenino recorre buena parte de los comentarios. La derrota, en ese sentido, se vive como un alivio: menos ruido, menos consigna, menos relato.
Al final, el dato que descoloca no es el marcador. Es que un partido que nadie vio, que nadie sabía qué se jugaba y que nadie recuerda por su calidad haya generado más conversación que muchos partidos de verdad. La única noticia, ironizan algunos, sería saber cuánta gente fue al campo.