Los gatos, entre el cariño y el mordisco sin aviso
¿Sienten los gatos amor por quien los cría o solo buscan su propio interés? El debate doméstico da respuestas encontradas: un participante relata que su gato, criado como a un bebé, un día le dio un mordisco brutal y no le soltaba la presa, sin que hubiera pasado nada extraño que pudiera asustarlo. Otros sostienen que el vínculo felino existe y que cualquier generalización se cae al primer contraejemplo.
¿Se encariñan los gatos o solo buscan calor?
La casuística es tan amplia que cualquier generalización se cae al primer contraejemplo. Hay relatos de gatos criados como un hijo que un día muerden sin aviso y no sueltan la presa, y convivencias de
siete gatos seguidos de los que solo se recuerda compañía. La lectura intermedia sostiene que el felino elige a una persona y da igual el resto: mimoso con uno, arisco con los demás de la casa. No es maldad, es vínculo selectivo, y ahí empieza el malentendido.
El gato de armario: cuando el problema no era el animal
Se cuenta que en la España de la escasez había críos obligados a elegir entre esconder el gato o perderlo, y animales encerrados años en un armario o en un cuarto a oscuras. El resultado no era un gato protector ni un gato normal: era un animal atrofiado o hipermusculado que golpeaba la puerta y arrancaba trozos de madera con las uñas. La lección de aquello no va de felinos, va de quién los encerraba.
El perro, ese guardaespaldas de 673 psi
En el otro extremo, un participante cuenta que dos dóberman de trabajo de
40 kilos y 400 psi de mordida se volvieron cachorrillos ante un recién nacido, y que un alano de
52 kilos y 673 psi adoptó al bebé como protegido y apartó a los otros de un gruñido. La escena es entrañable y sirve de argumento: el perro hace de escolta, el gato a lo suyo.
Al final la pregunta no es si un animal nos quiere como esperamos, sino por qué seguimos pidiéndole que justifique el cariño que le damos.