El mito de la protesta pacífica: por qué no doblega al Gobierno
¿De qué sirve una manifestación si no consigue cambiar nada? La pregunta recorre un debate de foro que arranca con una tesis incómoda: las concentraciones autorizadas, con recorrido pactado y sin incidentes nunca han doblegado a un Gobierno en España. El planteamiento inicial lo dice sin rodeos: la propaganda oficial encontrará siempre un pretexto para desacreditarlas, y la única palanca real es la presión en la calle, parar el país y que no se hable de otra cosa. A partir de ahí, el asunto se abre en dos frentes: la eficacia de la protesta y el rechazo a quienes la ocupan.
Qué se discute cuando se discute sobre manifestaciones
El punto de partida es una comparación con Francia. Se sostiene que allí la presión sostenida en la calle ha funcionado mejor que aquí, y que expulsar a los violentos de las marchas es un error táctico. Frente a eso, otra corriente responde que el problema no es la violencia en sí, sino quién la ejerce: no es lo mismo una protesta con
aspecto de pandilla y saludos nazis que una marcha ciudadana. La discusión deriva pronto hacia la simetría: se argumenta que las marchas de izquierda siempre acaban a palos sin escándalo, mientras que las de derecha son cívicas y, si se cuela un ultra, se rasgan las vestiduras. La conclusión de esa línea es que hay
dos naturalezas distintas y que a una se le consiente todo.
La huelga general como única palanca real
El argumento más sólido del intercambio no es la violencia, sino la huelga. Se recuerda que las dos únicas veces que se ha doblegado la voluntad de un Gobierno desde el régimen del 78 fueron con huelgas generales mayoritarias: la de
1988 contra la reforma laboral y la de
2002 contra el decretazo. La conclusión es que el poder solo teme que el trabajador suelte el remo. Ni las
manifestaciones multitudinarias fuera del horario laboral, ni las pacíficas, ni las violentas, han logrado nada comparable. Es el argumento que descoloca a quienes confían en la marcha dominical.
El desprecio al manifestante de domingo
Una parte del intercambio se ceba con el perfil de quien exige en la red que ardan las calles mientras él no sale de casa. Se describe con sorna al que pide violencia desde la silla gamer mientras su madre le prepara la cena. La acusación es de cobardía: se exige a otros lo que uno no hace. En paralelo, se ridiculiza la manifestación de plaza llena un domingo por la mañana escuchando discursos con musiquita de fondo, frente a la imagen de miles de personas rodeando la sede de un partido de noche. La tesis es que la primera no proyecta presión y la segunda sí.
La trampa de la provocación
Aparece aquí el argumento más repetido: toda manifestación pacífica corre el riesgo de ser reventada desde dentro. Se sostiene que hay
agentes provocadores y ultras infiltrados cuyo único objetivo es deslegitimar la protesta. De ahí la pregunta que sobrevuela el intercambio: si sabes que te la van a reventar, ¿para qué la convocas? La respuesta de otra corriente es que precisamente por eso hay que aislar al violento, no abrazarlo. Y una tercera vía propone el boicot de consumo a gran escala como forma de presión que puede o no incorporar violencia.
El contexto que nadie discute: la pasividad previa
El reproche más duro no va contra el Gobierno, sino contra la propia base. Se enumeran las ocasiones en que no se salió a la calle: los cierres y las restricciones sanitarias, la presión fiscal, la burbuja inmobiliaria, la ley de violencia de género. El argumento es que la indignación selectiva revela que el problema no es la eficacia de la protesta, sino la falta de constancia. La gente de orden, se dice, percibe el desorden como algo ajeno y delega la violencia en policías y militares, sin caer en que esos cuerpos están a sueldo del poder que se quiere presionar.
El laboratorio catalán y la doble vara
La comparación con Cataluña cierra el círculo. Se sostiene que la derecha independentista sí salió a la calle con contundencia, mientras que la derecha madrileña llama a la policía cuando ve a alguien con aspecto de ultra. La conclusión es que la asimetría no es de principios, sino de agallas. Y sobrevuela la idea de que la paz solo se consigue tras la guerra, salvo en sociedades muy cohesionadas y pequeñas.
Al final, la pregunta inicial sigue sin respuesta. Unos piden organización y objetivo claro antes de dar el paso; otros avisan de que la violencia no tiene vuelta atrás. Y mientras tanto, el domingo por la mañana sigue llenándose la plaza.
Algo se habrá conseguido, digo yo.