Mujeres en cargos directivos: ¿lastre para la empresa privada?
Un hilo reciente en un foro económico ha reabierto la discusión sobre el papel de las mujeres en puestos de dirección y su presunto impacto negativo en la rentabilidad. La tesis, lanzada sin ambages, sostiene que las directivas
«tienden a montar familias dentro de la empresa, poniendo por delante lo emocional a lo profesional», lo que llevaría a enchufar a personas no preparadas y a deteriorar la competitividad. Sin embargo, el análisis detenido de los argumentos revela un debate más complejo, donde la crítica apunta en realidad a un fenómeno transversal: el enchufismo y la falta de meritocracia, independientemente del género.
El enchufismo como enfermedad corporativa
El primer dato relevante es que casi nadie defiende la gestión actual de las grandes empresas en España. Se mencionan casos de directivas que ascienden a
«amigos, familiares o simples lameculos», mientras se margina a trabajadores competentes. Un participante describe a una jefa de área que
«no ha gestionado un proyecto serio en su vida» pero interactúa con el comité de dirección. Otro señala que en las multinacionales abundan los
«bullshit jobs», puestos innecesarios que se toleran mientras la compañía tenga beneficios. La crítica no se limita a un género, aunque se reconoce que hasta hace una generación las mujeres tenían poco poder, y que ahora, al alcanzarlo, reproducen las mismas prácticas que antes se atribuían a los hombres.
Meritocracia vs. favoritismo: una falsa disyuntiva de género
Varios analistas apuntan que el problema no es de género, sino de cultura corporativa. La meritocracia no garantiza eficacia si los procesos de selección están viciados. Se critica especialmente a los departamentos de Recursos Humanos —calificados como
«lo peor de lo peor para la motivación y la productividad»—, que actúan como filtro de enchufados. También se menciona el impacto de las políticas de diversidad e inclusión (DEI) que, según algunos, han priorizado la identidad sobre la competencia. Un comentario señala que
«imponer cuotas es privilegio disfrazado de justicia social», aunque otros recuerdan que los hombres también usan su posición para favorecer a amigos o parejas.
¿Señal de alarma o ruido anecdótico?
La discusión carece de datos concretos que permitan cuantificar el fenómeno. Se apoyan en anécdotas y experiencias personales, lo que dificulta extraer conclusiones generales. Lo que sí queda claro es la percepción generalizada de que las empresas españolas (y muchas multinacionales) están lastradas por una burocracia interna ineficiente y por el amiguismo, que desincentiva el talento. En este contexto, la figura de la directiva puede ser un chivo expiatorio, pero el verdadero problema es estructural: mientras las empresas operen en mercados poco competitivos, la ineficiencia se tolera. Cuando lleguen las vacas flacas, como sugiere un forero,
«las cabezas empezarán a rodar», pero no está claro que entonces se aplique la meritocracia. El debate, en definitiva, deja más preguntas que respuestas sobre cómo construir entornos laborales realmente productivos.