Las opiniones sobre Ucrania que no resisten un examen
Hay una escena que se repite en cualquier conversación de bar o de oficina. Alguien suelta una opinión tajante sobre la guerra de Ucrania. Se le pregunta por los acuerdos de Minsk, por el porcentaje de deuda rusa o por quién es Stepan Bandera. Silencio. La opinión no se sostiene porque nunca hubo nada debajo. Esa es la tesis que recorre un análisis que lleva un año circulando entre quienes siguen el conflicto con algo más que el telediario:
las posiciones mayoritariamente pro ucranias se apoyan en el desconocimiento absoluto de los hechos, no en una valoración informada de los mismos.
El punto de partida es incómodo. Se sostiene que una parte muy amplia de la población no sabe qué son los acuerdos de Minsk, ni cuándo se firmaron, ni que existen. Tampoco identifica a Stepan Bandera. No maneja el porcentaje de deuda rusa. No sabe que en 2014 hubo un cambio de gobierno en Ucrania contra el resultado electoral. Y, sobre todo,
no sabe que hay guerra en Ucrania desde 2014. Para una parte del público, el conflicto empezó en febrero de 2022 porque así lo fijó la televisión.
Qué se pregunta la gente sobre el origen de la guerra
La lista de lagunas continúa: quién es Hunter Biden y qué negocios se le atribuyen en Ucrania, qué promesas electorales hizo Zelenski para llegar al poder, qué papel juegan determinados grupos de extrema derecha en el ejército ucraniano, o cuál es el número real de bajas. La conclusión que se extrae es que
una opinión sin datos no es una opinión: es un acto de fe. Y los actos de fe, por definición, no se discuten.
El análisis va más allá y describe una segunda capa del problema. No se trata solo de ignorancia, sino de un entrenamiento activo para rechazar la información que la contradice. Cuando se presenta un dato incómodo, la respuesta automática es la descalificación: que si es un bulo, que si es un fake.
El mecanismo funciona igual que en otros asuntos, y ahí es donde el patrón se vuelve interesante para cualquiera que estudie comunicación política.
El argumento del derecho internacional y su doble rasero
Frente a esta tesis, la réplica más sólida que aparece es la jurídica. Se argumenta que la intervención rusa transgrede la carta de principios de la ONU y el principio de inviolabilidad de las fronteras, y que las tropas deberían retirarse del último metro cuadrado de territorio ucraniano. Quien sostiene esto añade que no se trata de ser pro ucranio, sino de atenerse al derecho internacional. Es la objeción más difícil de rebatir con datos, porque no discute los hechos: discute su interpretación legal.
La contraofensiva a ese argumento llega por la vía del precedente. Se pregunta dónde estaba ese principio de inviolabilidad en otros conflictos, y se cita Vietnam o Irak como ejemplos de intervenciones que no generaron el mismo escrutinio.
La acusación de doble rasero es el eje del contraataque: las reglas se aplican a unos y se relajan para otros. Es un debate que no se cierra, porque cada parte selecciona los casos que le convienen.
El frente económico que casi nadie menciona
Entre los argumentos menos discutidos está el económico. Un participante sostiene que mientras se acusa a Rusia de agresión,
otro actor extrae 70.000 barriles de petróleo diarios en Siria sin que eso genere titulares equivalentes. La cifra se lanza como ejemplo de que el relato no es neutral, sino selectivo. No hay en el material una verificación independiente de ese dato, pero su función en el argumento es clara: mostrar que la indignación se reparte de forma desigual.
Otra línea apunta a que Ucrania ya ha perdido la guerra y que lo que se está destruyendo ahora es el ejército de la OTAN. Es una afirmación fuerte, sin cifras que la respalden en el material disponible, pero ilustra hasta qué punto el análisis se ha desplazado desde el plano moral hacia el plano del desgaste material.
El desgaste del que habla la calle
El tono del intercambio se degrada por momentos hacia el insulto personal, algo habitual cuando el argumento se agota. Hay quien reprocha a los prorrusos que no se atrevan a reconocer su posición en público, y quien responde que precisamente eso demuestra que el relato dominante tiene coste social.
La cobardía y la prudencia se confunden según quién mire.
También aparece la dimensión generacional y de clase. Se describe a un votante que sigue las noticias media hora y reproduce después las consignas con una fidelidad que sorprende. La conclusión que se repite es que
el problema no es la falta de información, sino la falta de curiosidad. Nadie busca lo que no sabe que no sabe.
Queda un dato que descoloca. Entre todos los temas enumerados —Minsk, Bandera, la deuda, Hunter Biden, las bajas— hay uno que casi nadie discute y que resume el resto: la guerra empezó, para la mayoría, cuando la televisión dijo que empezaba. Lo anterior no existía. Y sobre lo que no existe no se puede tener razón.