Día X: Alemania se prepara para quedarse sin el 55% de su gas
¿Cuánto tarda en apagarse una economía industrial si le cierran el grifo? En Alemania han bautizado la respuesta: el
Día X. La primera economía europea importa cada año unos
50.000 millones de metros cúbicos de gas ruso —el
55% de su consumo— y sigue pagando a Moscú
200 millones de euros al día mientras le impone sanciones. El propietario de una ingeniería mecánica del oeste del país, que pide no ser identificado, lo resume sin adornos: si se corta el gas, su negocio centenario «probablemente no sobreviva». No depende solo del gas; también del níquel y del aluminio que llegan de Rusia.
Los dos escenarios del corte de gas ruso
Se manejan dos hipótesis, ninguna descartable. La primera: Moscú corta o reduce el suministro en represalia por las sanciones. La segunda: Alemania cede a la presión y respalda un embargo energético europeo, con lo que sería ella la que se dispara en el pie. En ambos casos el resultado es el mismo grifo cerrado. El volumen en juego es el mayor de toda la Unión Europea, y esa factura diaria de 200 millones de euros financia, según quienes exigen el embargo, la maquinaria que bombardea Ucrania.
El plan de emergencia: las fábricas cierran primero
El ministro de Economía, Robert Habeck, activó la primera parte de un plan de emergencia de tres puntos que prevé una interrupción del suministro y decide a dónde va el gas que quede. La prioridad son los hospitales, los servicios de emergencia y los fabricantes médicos; después, los hogares. Las industrias, que consumen
una cuarta parte del gas entregado en Alemania, serían las primeras en apagarse. Habeck ha pedido a los alemanes que bajen el termostato con un argumento que algunos han rebautizado con retintín:
congelación para Ucrania.
Los números del almacenamiento explican la urgencia: los
45 depósitos de gas del país están llenos solo al 26%, y el objetivo es llegar al
80% en otoño, ahorrando ahora para salvar el próximo invierno. No es un problema de calefacción doméstica, o no solo. Es un problema de acero, de química y de vidrio.
Las empresas que ya hacen cuentas para el Día X
Los grandes nombres de la industria alemana —Thyssenkrupp, BASF, Bayer— dependen del gas para operar, y con ellos cientos de miles de pequeñas y medianas empresas enlazadas en su cadena de suministro. Los efectos, advierten desde el sector, se notarían en materiales de construcción, sintéticos, pesticidas, desinfectantes, envases y semiconductores, pero también en antibióticos, vacunas y medicamentos contra el cáncer.
Hay quien trabaja a destajo para producir todo lo posible antes de que se cierre el grifo. Es el caso del fabricante de porcelana KPM, fundado en
1763, cuyo máximo responsable se pregunta cuánto tiempo quedará gas, porque sin él no hay porcelana. Los fabricantes de vidrio sostienen que apagar las instalaciones no es una opción: los líquidos se asientan y destruyen la maquinaria. Los bufetes de abogados se han visto inundados de consultas de compañías que quieren saber su situación legal, y la Agencia Federal de Redes ha enviado un cuestionario a las empresas para que justifiquen su relevancia sistémica. El problema es de suma cero: si todos alegan que son vitales, nadie es prescindible.
Pagar a Moscú y sancionar a Moscú a la vez
En la Puerta de Brandenburgo, manifestantes a favor del embargo de petróleo y gas encendieron
410 luces rojas en memoria de las víctimas de Bucha, con eslóganes dirigidos al canciller Olaf Scholz:
¿Si no es ahora, cuándo?. Su tesis es que cada euro que se paga a Moscú ayuda a financiar atrocidades. Del otro lado, la advertencia de la industria y de buena parte de la clase política es que el daño a Alemania sería mucho mayor que cualquier beneficio para Ucrania. Lo resumió una fuente cercana al Gobierno: «¿De qué le sirve a alguien una Alemania debilitada?».
Quién gana si Alemania se apaga
Ahí entra Estados Unidos. El gas licuado que llega en metaneros es la alternativa inmediata, más caro que el gas por tubo y con regasificadoras como cuello de botella. Polonia y Lituania ya cuentan con terminales; Alemania no. Hay quien sostiene que el objetivo real de las sanciones no es Moscú sino la propia Europa, y que Washington sigue comprando petróleo ruso mientras exige a los europeos que dejen de hacerlo. Y hay quien añade un corolario incómodo: si Alemania es el cajero automático de la Unión y se queda sin efectivo, el gran ganador sería el dólar.
Se sostiene también que el gas ruso barato se acababa igual, con corte o sin él, y que un empujón acelera la transición energética. Puede. Mientras tanto, la porcelana de 1763 espera instrucciones.