Alemania prohíbe la letra Z y llegan las multas por usarla en redes
Una letra. Eso es lo que Alemania ha decidido meter en el código. La
Z, asociada desde el arranque de la invasión rusa a las tropas que Moscú desplegó en Ucrania, deja de ser un carácter inocuo: su uso como símbolo de apoyo a esas tropas queda perseguido, y el debate ya no es si llega la multa, sino a quién. La discusión derivó pronto hacia una pregunta incómoda: si una letra puede criminalizarse, ¿dónde acaba el límite? El propio anuncio se cerró con una coletilla que resume el clima:
de momento en Alemania. Y en el resto de Europa, la conversación se llenó de precedentes y de comparaciones con Rusia.
¿Por qué Alemania prohíbe la letra Z?
Porque dejó de ser una letra. La Z se convirtió en marca de identificación de las tropas rusas y, por extensión, en un símbolo de apoyo público a la guerra. Sobre esa base se articula la prohibición: no persigue un mensaje concreto, persigue el carácter. Ahí aparece el primer problema práctico. Un cartel tiene fecha, firma y responsable; una
Z suelta en un tuit, no. Demostrar la intención política de quien la escribe obliga a un ejercicio interpretativo que ningún juzgado resuelve en dos minutos, y eso deja la sanción en terreno resbaladizo: acaba dependiendo del criterio de quien mire.
¿Se extenderá la prohibición a otros países europeos?
La respuesta honesta es que no hay confirmación oficial de nada. El anuncio alemán circuló acompañado de una predicción:
próximamente en sus mejores países. Eso es una expectativa, no un dato. Ningún gobierno europeo se ha comprometido a replicar la medida, y el terreno es delicado: prohibir un símbolo en un país y permitirlo en el vecino crea un mosaico legal que ni los tribunales nacionales ni las plataformas saben gestionar. Las redes sociales, mientras tanto, ya aplican sus propias reglas de moderación, a menudo más rápidas y más opacas que la ley.
La libertad de expresión europea, puesta en cuestión
Buena parte del comentario recurrió a la ironía:
el paraíso de las libertades, ahora multando caracteres. Hay quien sostiene que la deriva no es nueva y que las restricciones se acumulan desde mucho antes de la guerra; lo que se aceptó en la pandemia como excepcional, argumentan, se acabó normalizando. En contra juega el marco legal vigente en varios países, donde la libertad de expresión ya tiene excepciones tipificadas, como los llamados delitos de odio. Cierto: la diferencia entre una sanción administrativa y un delito no es de grado, es de registro. Admitir excepciones es una cosa; multiplicarlas sin freno, otra muy distinta.
Rusia frente a Europa: la doble vara
El contraste con Moscú aparece en cuanto se rasca un poco. Hay relatos que describen un goteo de restricciones al otro lado:
detenciones por manifestarse contra la guerra, por sujetar papeles en blanco en la vía pública, un año de servicio militar obligatorio, censura en internet, dos millones de direcciones IP bloqueadas en el pulso con Telegram, prohibición de VPNs y de cualquier medio que impida inspeccionar el tráfico de red. Frente a esa batería, la multa alemana parece un aviso menor. Otra lectura replica que precisamente por eso no conviene banalizar: cada norma que acorta el margen cuenta, y compararse con el peor no deja mejor a nadie.
De la Z al Zorro: los efectos colaterales de prohibir una letra
El subgénero más socorrido fue el de las consecuencias absurdas. Si la Z es ilegal, ¿qué pasa con el Zorro, con Dragon Ball Z, con Zidane, con Zardoz? ¿Y con los topónimos?
Zamora, Zaragoza, Sevilla, Cádiz o
Vizcaya, con sus Zalla, Zaratamo, Zeberio o Zierbana, arrastran la letra sin intención política alguna. La lista de palabras, apellidos y lugares no se agota. La reflexión de fondo se coló entre chistes: prohibir un símbolo es fácil; decidir qué significa cada uso de ese símbolo es lo que no lo es. También hubo quien recordó que Berlín ya intentó imponer medidas impopulares y reculó cuando la presión subió.
Lo que la multa deja sin resolver
Con la medida en marcha, quedan asuntos abiertos que nadie cierra. No está claro cuántos países seguirán el camino alemán, ni con qué umbral se castiga el uso casual frente al simbólico, ni quién decide dónde acaba la broma y empieza el apoyo. Unos ven aquí una deriva autoritaria disfrazada de defensa de la democracia; otros, un aviso proporcionado contra la propaganda de una guerra en curso. La discusión terminó donde suelen terminar estas cosas: sin acuerdo y con una frase flotando en el aire —
ya no se puede ser ni superman. La Z, mientras tanto, sigue en el teclado.