Flores sobre el tanque ruso frente a la embajada en Berlín
Un blindado ruso averiado, plantado delante de la embajada de Rusia en Berlín, no humilló a nadie: acabó cubierto de flores. Las imágenes que circularon muestran a vecinos de la capital alemana acercándose al carro con ramos en la mano y depositándolos sobre el blindaje. Sin pancartas. Sin banderas.
Flores y deseos de paz, que es justo lo que menos encaja en una guerra.
El contraste llegó desde Moscú. Allí hizo falta un despliegue policial para impedir que alguien dejara flores ante un monumento ucraniano. Dos formas de gestionar el mismo gesto, y una de ellas termina en detención.
Un T-72 averiado como decorado frente a la legación rusa
El vehículo es un T-72, el carro de la era soviética que aparece una y otra vez en los recuentos de material perdido. Está averiado y se instaló frente a la sede diplomática. Sobre quién lo puso y con qué margen de tolerancia de las autoridades alemanas, las versiones se disparan: hay quien sostiene que lo colocaron activistas ucranianos y que resulta difícil creer que los servicios de información germanos no estuvieran al tanto.
La elección del modelo tampoco parece gratuita. En los cálculos que circulan, a Ucrania se le habrían entregado
más de 260 carros T-72 en el año anterior, con nuevas remesas previstas a lo largo de este año y de 2024, y la conclusión de quien hace la cuenta es que esa cifra no cubre ni los huecos.
¿Quién convocó la concentración y cuánta gente acudió?
La convocatoria berlinesa se atribuye a la dirigente de Die Linke
Sahra Wagenknecht y a la feminista
Alice Schwarzer, una combinación que mezcla crítica al rearme con rechazo frontal al envío de armas. La cifra que se maneja ronda los
10.000 asistentes, con mayoría procedente del este del país, según el recuento que hacen los propios participantes. Es un dato sin verificar por fuentes independientes.
A ese acto se le atribuyen también apoyos que estas crónicas nunca detallan: presencia de descendientes de la nobleza alemana, entre ellos un descendiente de Otto von Bismarck, y la retirada de las banderas azul y amarilla que habían aparecido en la zona. Todo ello, insisten quienes lo cuentan, sin que la policía alemana detuviera a nadie por dejar un ramo en el suelo.
Flores en Berlín, detenciones en Moscú
La comparación más incómoda del episodio no es alemana. En Moscú, la policía se desplegó para proteger el monumento a la escritora ucraniana Lesya Ukrainka de los
delincuentes peligrosos que querían depositar flores en memoria de los ucranianos caídos. Una joven fue detenida por intentarlo, según las imágenes que se difundieron.
Ese es el argumento que descoloca a quien lee las flores de Berlín como una provocación calculada: en un lado, un gesto que no se persigue; en el otro, el mismo gesto acaba en comisaría. La simetría no se sostiene por ningún lado.
¿Pacifismo ciudadano o propaganda aprovechada?
Aquí se abre la brecha real. Una parte lo lee como lo que parece: ciudadanos que rechazan la guerra y lo dicen con el lenguaje más barato que existe, un ramo. Otra parte ve munición propagandística servida en bandeja y recuerda que el gesto se produce en un país cuyo gobierno de coalición, verdes incluidos, impulsa el envío incondicional de armas mientras quema carbón para tapar el hueco del gas ruso.
Sobre la herencia energética, el matiz importa: la dependencia del gas ruso no nació con el actual ejecutivo, sino que se consolidó con el acuerdo que Schröder dejó atado y que Merkel mantuvo, en buena medida, por la aritmética de sus coaliciones. Atribuir a Berlín un giro pro-Kremlin por unos ramos frente a la embajada es un salto que los propios hechos no dan.
El perfil de los asistentes y el detalle de los idiomas
En la concentración berlinesa, la mayoría de los participantes tenía
de 45 a 50 años en adelante. Había jóvenes, pero no eran el grueso. Es un patrón que se repite, y no solo en Alemania: quien sale a la calle contra la política energética, migratoria o sanitaria tiende a superar esa franja. La franja que vota es también la que protesta.
Y una curiosidad que casi nadie cuenta. Cuando llegaron familias ucranianas con niños a colegios de acogida en España, se contrataron intérpretes de ucraniano y se prepararon temarios en ese idioma. Los críos no entendían nada. Hablaban ruso. Hubo que contratar intérpretes nuevos.
Con estos mimbres, lo previsible es que la escena se repita: ramos, cámaras y una polémica que no se agota. Lo que no está escrito es que las flores paren nada. La guerra seguirá decidiéndose en otro sitio, y quien crea que Berlín marca el paso se equivoca de mapa.