La Rusia idealizada que no cuadra con las cifras
El hilo arranca con una comparación entre España y Rusia y termina dibujando el país como la auténtica Europa: ciudades ordenadas, clima llevadero, familias numerosas y costumbres que, se asegura, aquí se habrían perdido. Solo hay un inconveniente. Cuando se baja a los números, la postal se agrieta.
Qué sostiene el relato de la Rusia ideal
El argumento central es comparativo. Frente a los
42 grados que un participante atribuye a Madrid, se opone una máxima de
24 grados. Frente al ruido y la suciedad de las grandes capitales, los grafitis aparecen como síntoma de un gobierno indolente y de falta de orden. Y frente a una
demografía europea en caída, hay quien sostiene que la natalidad rusa repunta y que las ayudas públicas premian a las familias grandes.
La pieza cultural también cuenta. Una parte del relato sostiene que la juventud rusa ha dejado atrás la estética de los años noventa —los viejos arquetipos del gopnik— y ha construido una escena propia en torno a la música electrónica. De ahí a hablar de
Valhalla o de la «auténtica Europa» hay un paso que algunos dan sin sonrojo.
La inflación: el dato que se discute
El dato económico que más pesa es el que aporta un participante: una inflación del
17,5%, con los alimentos encareciéndose, según su estimación, hasta un
30% y un ajuste del
10% que a su juicio equivale a pobreza para buena parte de la población. Es la cifra con la que se pretende desmontar la postal.
La réplica llega rápido y tiene tres patas. Primera: hay quien sostiene que esas estadísticas se calculan sobre magnitudes en moneda occidental y que Rusia opera en rublos. Segunda: las sanciones habrían golpeado antes a las economías europeas que a la rusa. Tercera: el ahorro privado ruso en divisas fuera del sistema estadounidense sería de los más altos del mundo. Ninguna de las tres desmiente el encarecimiento de la cesta de la compra, pero todas desplazan el foco del problema.
Por qué la natalidad se cita como prueba
Un participante cifra la natalidad en torno a
1,7 hijos por mujer y menciona ayudas como la vivienda gratuita para parejas jóvenes y una condecoración estatal, la medalla de la madre, a partir del quinto hijo. Con esos mimbres, concluye que la tendencia demográfica rusa es positiva y que el país tiene futuro.
El matiz es incómodo. Junto al dato de la natalidad se cuela un criterio identitario sobre el origen de los nacimientos, con menciones explícitas a qué componentes de la población conviene que crezcan. Es una línea de razonamiento que conviene situar en su contexto, porque desliza el asunto demográfico hacia el terreno de la exclusión.
El termómetro como campo de batalla
Pocas cosas generan tanto ida y vuelta como la temperatura. Hay quien confirma los
24 grados de máxima, quien responde que en España también nieva y quien recuerda que existen otros países europeos con climas parecidos al ruso. El termómetro doméstico, ese que marca
30 grados en una ventana cualquiera, se convierte en prueba pericial improvisada.
Lo mismo ocurre con el espacio urbano. Los grafitis aparecen en el debate como síntoma de un gobierno indolente y de falta de orden, y la limpieza de la calle se lee como indicador de civilización: una tesis discutible en términos analíticos y muy eficaz en términos emocionales.
La geopolítica: el orden global en juego
El marco de fondo sobrevuela todo el asunto. Hay quien presenta a Rusia como la potencia que frena un proyecto global —el NWO, en el vocabulario del hilo— con la OTAN y Ucrania como piezas de ese tablero. Sobre esa base se cuelan afirmaciones sobre inmigración y seguridad urbana que se lanzan sin datos y con un componente claramente identitario.
La letra pequeña que los entusiastas omiten
Frente al entusiasmo, otra corriente recuerda que en Rusia también hay drogas, criminalidad y problemas sociales, y que buena parte de ellos se ocultan o se concentran en espacios cerrados, lejos de la vista. Los testimonios de quienes coincidieron con ciudadanos rusos tras la caída de la URSS hablan de racionamiento, escasez y una oleada delictiva. La conclusión, incómoda, es que los mismos males que se denuncian en Occidente existen allí con otra visibilidad.
Con estos mimbres, la pregunta que queda abierta es cuánto hay de observación y cuánto de deseo en la comparación. Porque si el clima, el orden y la natalidad bastaran para definir un país ideal, media Europa llevaría años haciendo las maletas. Y no parece que sea el caso.