Carne, testosterona y libido: el pulso entre dieta y evolución
Un hombre de 44 años asegura haber pasado una semana entera a base de cordero, pescado, langostinos, cerdo y ternera —con algo de legumbre—, salir a correr «como una moto» y registrar una libido que atribuye directamente a la proteína animal. Su tesis: si comer así dispara las hormonas a esa edad, malo no puede ser. El caso da la vuelta al relato dominante y abre dos frentes que casi siempre se confunden: lo que comíamos hace decenas de miles de años y lo que la grasa animal hace hoy con nuestras hormonas.
¿Somos los humanos carnívoros o vegetarianos por naturaleza?
El desacuerdo arranca en la prehistoria. Hay quien sostiene que la especie se hizo humana comiendo carne y que en los yacimientos aparecen lanzas y flechas antes que arados y molinos de cereal. Enfrente, la contrarréplica insiste en que seguimos siendo primates: los gorilas no prueban la carne y los chimpancés solo cazan de forma excepcional. La pregunta de fondo —qué comían de verdad nuestros antepasados— no tiene una respuesta que cierre la disputa.
El argumento vegetariano echa mano de las tribus que aún hoy viven de cereales, raíces y legumbres, y recuerda que la agricultura fue lo que permitió alimentar a mucha más gente de la que la caza podía sostener. Al otro lado, la objeción es logística: una tribu de 50 personas con una manada de 30 bisontes y 50 ciervos a mano no tenía neveras, cierto, pero la carne también se
secaba y se ahumaba. Y la proteína buena, se subraya, era para el macho.
¿Comer carne sube la testosterona?
Aquí es donde el asunto se calienta. Una corriente defiende que la dieta baja en grasas —en particular las saturadas de origen animal— dificulta la síntesis de testosterona en los hombres, y enlaza ese efecto con una supuesta merma de la libido. Otra lectura lleva el argumento al terreno político: el animalismo y el ecologismo, sostiene, empujan a abandonar el medio rural y a reducir la virilidad de la población.
El más optimista de los cálculos asume que el efecto hormonal es real y atribuible a la carne; el escenario escéptico parte de lo contrario, de que ninguna dieta sustituye a un tratamiento médico y de que la sensación de subidón tiene más que ver con dormir bien y entrenar que con el menú.
Ninguno de los dos ha presentado un solo análisis de sangre en el intercambio. Frente a la idea de que una dieta occidental rica en hidratos y azúcares es superior, se responde con una comparación impresionista —un vietnamita de la misma edad «hecho polvo, sin dientes y arrugado»— que es una impresión, no un dato.
Caza, ganadería y cuaresma: qué se comía de verdad
La discusión se desplaza luego a lo documentado. La caza y la recolección duraron decenas de miles de años; la agricultura organizada, entre 8.000 y 12.000 años según los primeros pueblos que la practicaron. Pero el pasado cercano también cuenta: en buena parte de la España rural, quien tenía vacas, cerdos y gallinas tenía asegurada la proteína diaria —embutido, huevos, leche— y reservaba la carne para los días de guardar.
La cuaresma funciona como prueba de cargo y de descargo a la vez. Cuarenta días sin comer carne «carne» no implicaban renunciar a la proteína: huevos, queso, embutido y pescado en salazón seguían en la mesa. La pregunta que planea es cuánta carne comían de verdad los abuelos. La respuesta depende tanto del pueblo como del bolsillo familiar, y eso nadie lo discute.
Whey, creatina y el atajo de laboratorio
Cuando la vía natural no convence, aparece la química. Se sugiere que un cacito de proteína de suero o caseína más una dosis de creatina aportan más proteína por kilo que un filete, y que para lograr un solo gramo de creatina habría que comer kilos de carne. Un escalón más arriba, la conversación deriva hacia los moduladores selectivos de receptor de andrógenos, presentados como menos potentes que un esteroide y con menos efectos secundarios según quien los defiende. El aviso sanitario queda, en todo caso, fuera del menú.
La conclusión que nadie firma: quien se siente mejor comiendo carne lo atribuye a la carne, y quien defiende la dieta vegetal encuentra sus propios casos igual de sólidos. Los 8.000 millones de habitantes del planeta no comen igual ni tienen por qué. ¿Cuál de las dos sensaciones mide mejor la salud de un hombre de 44 años: las ganas o el análisis de sangre?