El relato prorruso de la guerra que no convence ni a quien lo intenta
Alguien se sienta a intentarlo en serio. Quiere ponerse en la piel de quien defiende al Kremlin en la guerra de Ucrania y, al terminar el ejercicio, admite que no puede. Enumera seis muros: que al conflicto no se le pueda llamar guerra, que se discuta si Ucrania es un país soberano, la etiqueta de «otanista» para descalificar cualquier réplica, la edad de los soldados rusos enviados al frente, la tesis del golpe de Estado en el Maidán y el relato del genocidio en el Donbass. Su resumen es incómodo:
por encima del sectarismo ideológico está el respeto a las vidas humanas.
Lo que sigue es el mapa de esos argumentos, con los datos que se cruzan, los huecos y las contradicciones que aparecen en cuanto se rasca un poco.
La palabra prohibida: por qué Rusia no llama guerra al conflicto
El primer obstáculo es el idioma. Al conflicto no se le puede llamar guerra: el Kremlin impuso el término «operación especial» y el uso de la otra palabra está perseguido. Para quien rechaza esa versión, la etiqueta no describe nada distinto de una invasión de otro país, y el eufemismo funciona como primera prueba de que el relato no se sostiene.
La segunda piedra es la soberanía. Ucrania se independizó de la Unión Soviética, está reconocida internacionalmente y Rusia mantuvo sede diplomática en Kiev, lo que en la práctica equivale a reconocer al Estado vecino. El dato que se repite es el referéndum de independencia de 1991, con una
participación del 84% y el visto bueno de Moscú. Discutir eso treinta años después, sostiene esta corriente, no es debatir: es reescribir.
Maidán, el 15-M y la tesis del golpe de Estado
El entonces presidente ucraniano, Viktor Yanukóvich, se negó a firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea. La protesta empezó siendo estudiantil, fue reprimida con dureza y la indignación se extendió hasta provocar la salida del presidente del país. Meses después se convocaron elecciones y en 2019 hubo otras. De ahí sale la comparación que más incomoda a un lado: si aquello fue un golpe de Estado, el 15-M español también lo fue.
Hay quien sostiene, en sentido contrario, que en el Maidán hubo apoyo exterior y compra de élites, y que el cambio de régimen se decidió fuera de Ucrania. Lo cierto es que esa tesis convive con un hecho verificable: el gobierno ucraniano salido de las urnas tiene respaldo popular y las elecciones se repitieron.
Donbass, Crimea y el referéndum que se compara con el catalán
Los dos óblast del este intentaron separarse y hubo guerra. Según una de las versiones que circulan, Moscú envió mercenarios y armó a los separatistas, y se hizo con Crimea —territorio ucraniano— tras una consulta cuya legitimidad se compara con la de un referéndum independentista sin reconocimiento. La otra parte responde con una cifra:
más de diez mil civiles muertos, entre ellos 200 niños, una acusación que se lanza sin que ninguna instancia independiente la haya validado en este intercambio.
Entre ambos relatos se cuela un detalle que suele pasarse por alto: existía un acuerdo de paz de Minsk y, en los meses previos a la escalada, la zona estaba relativamente tranquila. Si el problema era el Donbass, una intervención limitada a ese territorio habría tenido otra lectura; lo que rompió el marco fue la invasión.
Gas, sanciones y la factura que acaba pagando Europa
La guerra también se libra en la factura energética. Una parte del análisis sostiene que Washington buscaba una reacción rusa para imponer sanciones y colocar su gas natural licuado en el mercado europeo, y que Rusia es el proveedor energético dominante por una razón sencilla: comparte frontera con Europa y con Asia.
Alemania aparece en todos los cálculos. Empresarios alemanes han avisado de la
peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial, y se apuntan alternativas para sustituir el gas ruso: regasificadoras, gas natural licuado de origen argelino y, más adelante, hidrógeno renovable. El hidrógeno, advierte otra voz, es por ahora una cuenta de la lechera, porque fabricarlo cuesta mucha más energía de la que luego entrega.
El coste aterriza en el bolsillo. Hay estimaciones que sitúan el golpe para las familias europeas en
200 o 300 euros menos al mes, una cifra que unos presentan como advertencia y otros como excusa para no hablar de lo que pasa en el frente.
¿Por qué la OTAN en la frontera se usa como argumento?
Porque hay quien sostiene que la expansión de la alianza hacia el este constituye una amenaza existencial y que Rusia necesita un país colchón. La respuesta contraria es que la decisión de entrar corresponde a los ucranianos, igual que correspondió a suecos y finlandeses, y que con Crimea y el Donbass pendientes Ucrania no habría entrado ni con años por delante.
El argumento tiene un problema práctico: se usa para justificar la invasión, pero no explica por qué Moscú desestabiliza también países sin ninguna perspectiva de adhesión. La respuesta habitual en esa esquina es la negativa a seguir leyendo, que es la forma más eficaz de que un dato no llegue a discutirse.
Lo que comparten los dos relatos
Ambos bandos citan los mismos episodios y extraen conclusiones opuestas. Los mismos muertos, las mismas fronteras, el mismo Maidán. Y ninguno ha respondido a la pregunta de fondo: cuándo dejó de estar claro que Ucrania es un país.
Queda el dato que descoloca. El referéndum de independencia de 1991 tuvo una participación del 84% y Moscú lo reconoció, igual que reconoció las fronteras que ahora se discuten. Tres décadas después, esa obviedad es lo único que casi nadie defiende sin matices.