Barbacid, el CNIO y la guerra del relato sobre el cáncer
Un eslogan en una página web. «La primera terapia efectiva contra el cáncer de páncreas», proclamaba a toda pantalla la empresa del bioquímico Mariano Barbacid hasta que un diario lo desmontó. El hallazgo existe, pero es en ratones. Y el escaparate, según el propio sector, se había salido de madre. A partir de ahí, la conversación derivó hacia otro sitio: hacia quién dispara, quién financia y por qué ahora.
El detonante fue la pieza de
El País señalando que el lema estaba lejos de ser cierto. La respuesta del ecosistema mediático fue en bloque. Y ahí empezó el problema, porque el mismo día en que se cuestionaba el anuncio se recordaba que el CNIO —centro público— había visto cómo su dirección gastaba dinero en partidas ajenas a la investigación mientras científicos con proyectos serios salían a buscar financiación privada.
Qué se ha demostrado y qué no en el cáncer de páncreas
El dato técnico es tozudo. Lo que hay es una combinación de tres fármacos ya existentes y patentados por terceros —afatinib, daraxonrasib y SD-36— probada en modelos animales con la patología inducida. Nada más. El daraxonrasib, de Revolution Medicines, ya está en Fase 3 en hospitales españoles. Para cuando el estudio se publique, ese compuesto estará aprobado o a punto.
Es decir: el trabajo del laboratorio sería, en el mejor de los casos, una nota a pie de página sobre terapias que otros desarrollaron antes. Eso no lo convierte en fraude. Lo convierte en ciencia normal, con su parte de marketing. La secuencia es la habitual en el sector: resultados preliminares, nota de prensa, ronda de financiación. Según un cálculo que circula en el foro, para llevar un producto nuevo a humanos hacen falta unos
30 millones de euros; si se trata de probar una combinación fuera de indicación, entre 10 y 15.
Por qué el anuncio se hizo público antes de tiempo
Aquí está la clave que casi nadie subraya. Los estudios se publican cuando terminan. Este se anunció antes, y eso tiene una explicación económica: sin ruido mediático no hay ronda. La fundación privada que lo financia —Cris contra el cáncer— cubrió la primera fase; la segunda ya no. De ahí el escaparate.
El problema es que el escaparate se salió de madre, y el propio entorno lo reconoció: «El anuncio se ha salido de madre», titulaba otro medio. Cuando el reclamo supera al dato, el científico pierde el control del relato y lo ganan los que llevaban tiempo esperando la ocasión.
El CNIO, Broncano y la cuenta que nadie cuadra
La comparación circuló rápido y con retintín: hay dinero para renovar a un presentador de televisión y no para investigación oncológica. La cifra que se repite es la de
2,4 millones de euros detraídos de investigación contra el cáncer para financiar una fundación animalista vinculada a la anterior dirección del centro. Y las obras de «arte» compradas con presupuesto público.
La acusación de fondo —que el centro público se usó como chiringuito— no está probada en firme y se formula como sospecha. Pero el daño reputacional ya está hecho, y explica por qué una parte del público leyó la ofensiva mediática como una operación de desgaste y no como una corrección periodística.
Quién gana si el científico queda tocado
La tesis más repetida es la del «asesinato de carácter»: cuando un perfil con autoridad dice algo que incomoda, se le socava la legitimidad rascando sus sombras. No es una teoría descabellada en abstracto. Tampoco es demostrable en este caso concreto.
Lo que sí es verificable es el resultado: un investigador que necesita 30 millones para pasar a humanos queda retratado en titulares como vendedor de humo. Y el que pierde no es él. Es el siguiente que pida dinero para un ensayo.
Los ratones no son personas: lo que queda por delante
Nadie discute que curar un cáncer de páncreas en modelos animales sea un avance. El páncreas es uno de los tumores más duros. Pero entre el ratón y el paciente hay años, ensayos de toxicidad, fases y una tasa de fracaso que ronda el 90%.
La pregunta que queda abierta no es si Barbacid exageró un eslogan. Es si el sistema —público, privatizado a trozos, dependiente del titular— puede permitirse otro ciclo de promesas y decepciones. La respuesta, de momento, es que no tiene alternativa.