Clientes comparan precios entre Mercadona, Lidl y supermercados asiáticos
La subida de precios en la cesta de la compra ha abierto un frente inesperado en el comercio minorista español. Mientras cadenas como
Mercadona aplican subidas que algunos clientes cifran en un 10% de media y hasta un 35% en artículos concretos, los supermercados regentados por comerciantes asiáticos se mencionan como alternativa para una parte del consumo diario. La comparación no es nueva, pero el malestar con los precios sí.
El fenómeno no se limita a la alimentación étnica. En barrios como Usera, en Madrid, se citan establecimientos de gestión asiática que venden producto convencional a precios que compiten con las grandes cadenas. La clave, según los propios compradores, está en el surtido y en los horarios: apertura todos los días del año hasta las diez de la noche.
¿Por qué suben los precios en Mercadona más que en otros supermercados?
La percepción de que Mercadona ha perdido su ventaja histórica en precio recorre buena parte de las críticas. Un cliente señala subidas de
al menos el 10% en la mayoría de productos y de hasta el
35% en algunos. El ejemplo más repetido es la mantequilla: de
1,60 euros a 2,05 en Lidl, y
2,40 euros en otro establecimiento de la misma cadena, según precios citados en la conversación.
Hay quien sostiene que la comparación es engañosa. Los supermercados asiáticos, argumentan, son más caros que Mercadona en la mayoría de referencias, y solo ganan en productos concretos o en horarios amplios. La distinción entre tienda de conveniencia y supermercado asiático es clave: no es lo mismo un bazar de barrio que un establecimiento con surtido completo.
El factor calidad: fruta, pescadería y producto fresco
La fruta de Mercadona concentra las críticas más duras.
Da pena verla, dice un comprador, que añade que la pescadería es
prohibitiva y la fruta
cara para la calidad que ofrece. Otros defienden lo contrario: el aspecto de la fruta es excelente, brillante, calibrada y sin golpes. La discrepancia es total.
El producto fresco se ha convertido en el campo de batalla. Frente a quienes compran en mercadillos y fruterías de barrio, con producto local y de temporada, están los que valoran la comodidad y la uniformidad del lineal. La fruta del mercadillo
tiene más sabor, sostiene un cliente habitual, que compra en un puesto con siete personas despachando.
Sin gluten, pasta y pan: el coste de la intolerancia
El sobrecoste de los productos sin gluten aparece como un factor de gasto relevante. Los alimentos etiquetados como
sin gluten cuestan
casi el doble o más que sus equivalentes convencionales. Mercadona, según una compradora, etiqueta muchos productos como aptos para celíacos sin subir el precio, lo que la convierte en opción para quien convive con la intolerancia.
La conversación deriva hacia la autoproducción. Hay quien mezcla harina de arroz, sarraceno y garbanzos para hacer su propio pan, y quien compra pan congelado español en tienda especializada porque los panes convencionales le producen gases. El gluten no es un subproducto prescindible, recuerda un participante: solo deberían evitarlo los celíacos.
La competencia real: Lidl, Family Cash y cadenas regionales
Mercadona no solo compite con supermercados asiáticos. En algunas zonas, cadenas como Family Cash y Lidl
se los están comiendo, según un cliente. Otros citan BM, con producto local en frescos y más marcas de la zona, o Gadis, cadena de supermercados regional. La diversificación es la estrategia dominante: una cosa en un sitio, otra en otro.
El perfil del comprador ha cambiado. Ya no hay fidelidad a una enseña, sino una cesta fragmentada entre varios establecimientos. El Mercadona se usa para
los olvidos, el Lidl para la compra semanal, el mercadillo para la fruta y el supermercado asiático para productos concretos. La pregunta que queda sin respuesta clara es si esta fragmentación responde a precios, a calidad o simplemente a la costumbre.
La inflación alimentaria ha convertido la cesta de la compra en un ejercicio de comparación constante. Los supermercados asiáticos no son la solución universal, pero han dejado de ser una opción marginal. El dato que descoloca: quien presume de no haber entrado en un Mercadona en su vida sigue encontrando motivos para no hacerlo.