Los comuneros no adivinaron el futuro: se rebelaron por impuestos
En octubre de 1517 Martín Lutero publicó sus tesis contra las indulgencias. Ese mismo año, Carlos I —nieto de los Reyes Católicos y ya electo emperador— llegaba a la península para tomar posesión de sus reinos. Tres años después, en 1520, Castilla ardía. La coincidencia temporal es tan llamativa que algunos han construido sobre ella una teoría: que los comuneros se levantaron porque
intuyeron que Castilla iba a quedar subordinada a un proyecto Habsburgo que la desangraría durante siglos. La tesis es sugerente. El problema es que la historia no la sostiene.
¿Fue una rebelión nacionalista contra los Habsburgo?
No hay evidencia de que los líderes comuneros tuvieran una visión estratégica de ese tipo. No podían predecir el futuro, y en 1520 el Imperio era una posibilidad política en construcción, no un hecho consumado. Lo que sí existía era un descontento concreto y medible:
la subida de impuestos para financiar la elección imperial de Carlos, la presencia de flamencos en puestos clave de la corte sin méritos ni arraigo, y la sensación de que las Cortes de Santiago de 1520 —donde el obispo Mota habló en nombre del emperador— servían para vaciar de contenido las instituciones castellanas.
La revuelta fue política y fiscal dentro de la lógica del Antiguo Régimen. No un nacionalismo moderno avant la lettre. Quien quiera ver en ella un precedente de la Revolución Francesa está proyectando tres siglos hacia atrás.
La causa religiosa que casi nadie menciona
Hay un factor que suele quedar enterrado bajo el relato económico:
la religión. Lutero lanzó su proclama en octubre de 1517, justo cuando Carlos I llegaba a tomar posesión de los reinos peninsulares. En las Cortes de Santiago de 1520, el obispo Mota dejó claro en nombre del emperador que este había aceptado el imperio «con obligación de muchos trabajos y muchos caminos para desviar grandes males de nuestra religión cristiana… contra los infieles enemigos». La defensa de la ortodoxia católica era parte del paquete imperial, y no todos en Castilla la veían con entusiasmo.
Castilla era rica: el coste de financiar un imperio
Entonces Castilla no era la España vaciada de hoy. Tenía una próspera manufactura de tejidos y ferias de nivel internacional como las de
Medina del Campo. Los comuneros vieron que ese motor económico iba a pagar las aventuras europeas de un rey que ni siquiera hablaba castellano al llegar. Hay crónicas de cómo Carlos I enchufó en puestos clave a flamencos de su séquito que se dedicaron a vender favores, robar y corromper. Lo primero que hizo fue subir impuestos.
El cálculo completo de lo que Castilla aportó al Imperio, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende. Pero esa es otra historia.
El País Vasco y León: el mapa real de la revuelta
El movimiento comunero prendió tanto en León como en Castilla. En Extremadura hubo levantamientos, con Plasencia como ciudad comunera. Sorprende, en cambio, la neutralidad de las ciudades vascas, tan castellanas para ir a América y beneficiarse del Imperio. Álava, sin embargo, siempre fue castellana; el País Vasco como entidad es un invento bastante reciente. En Cantabria, cuna de Castilla, tampoco hubo comuneros.
La geografía de la revuelta no dibuja un mapa nacionalista, sino uno de agravios fiscales y políticos concretos.
¿Qué habría pasado si hubieran ganado?
La pregunta es inevitable y la respuesta, especulativa. Algunos sostienen que habría sido la primera revolución burguesa de la historia, tres siglos antes que la francesa. Otros creen que España sería comunera y calvinista en algún universo paralelo. Lo cierto es que los comuneros no tenían un proyecto de Estado alternativo. Se sublevaron como defensa primaria de leyes medievales y fueros, no como avanzadilla de la modernidad.
Carlos V recibió una carta, siendo ya rey de Alemania, instándole a ir a poner orden porque el reino estaba al borde de una guerra civil. Tenía que dejar atado el gobierno de España en su ausencia. Desplazó la corte a Galicia, a Coruña, donde estuvo semanas esperando a que el capitán del barco diera el visto bueno a la travesía. En esas semanas organizó unas cortes. El resto es historia conocida: Villalar, los líderes ejecutados, y Castilla cargando con el peso fiscal del Imperio durante los siguientes dos siglos.
La tesis de que los comuneros intuyeron el desangre Habsburgo es elegante. También es indemostrable. Se rebelaron por impuestos, por extranjeros en la corte y por religión. Lo de prever el futuro vino después.