El PP debate cómo sacar a Feijóo antes de las urnas
La cena existió. Varios cargos territoriales del PP y un senador se sentaron a la mesa con una conclusión compartida: el actual liderazgo del partido no aguanta el ciclo electoral. La frase que resume el ambiente es que el jefe «nos hunde a todos y hay que sacárselo de encima». No es una filtración anónima de pasillo: es la lectura que circula entre cuadros que llevan años gestionando poder municipal y autonómico y que ahora ven cómo su principal activo, la marca, se desgasta sin que nadie mueva ficha.
El diagnóstico no es tanto ideológico como
utilitario. En la conversación no se discute si el programa es bueno o malo, sino si el candidato sirve para los intereses electorales del partido. Y la respuesta mayoritaria es que no. La alternativa que más suena tiene nombre propio:
Isabel Díaz Ayuso, que según varios de los presentes arrasaría en unas generales y se llevaría votos de Vox y de socialistas desencantados. El problema es que los mismos que la ven ganadora no se atreven a dar el paso.
Por qué el PP no cambia de líder aunque crea que pierde
El argumento que frena el relevo es el miedo al coste interno. Tocar al líder en mitad del ciclo abre una guerra de familias que el partido no quiere repetir. Hay quien sostiene que el PP vive cómodo en la oposición autonómica y municipal, con poder territorial y sin el desgaste de Moncloa, y que ese equilibrio se rompe si se abre el melón del liderazgo nacional. Otros responden que esa comodidad es precisamente lo que está matando al partido:
surfear la ola sin proyecto acaba pasando factura.
La crítica más repetida apunta a la falta de recambios. El análisis que circula es que el partido lleva generaciones sin renovar cuadros: cuando el número uno se marcha, sube el dos, luego el tres, y así hasta que hoy ocupa la cúpula quien hace años era el séptimo. No es solo un problema de nombres, es de ideas. La sensación dominante es que no hay propuesta nueva, solo gestión de la inercia.
El perfil del líder: de cartero a señorito tiránico
La descripción más repetida del actual presidente gallego no es amable. Quien dice conocerle desde sus inicios lo retrata como un gestor que funciona cuando le dan todo hecho y que se arruga al primer contratiempo. La comparación con otros barones del norte, con más oficio populista, deja mal parado al actual: se le atribuye dureza con los débiles y servilismo con los fuertes, el retrato clásico del señorito de cortijo trasladado a la política autonómica.
El contraste con la presidenta madrileña es inevitable. Frente al perfil institucional y previsible, ella aparece como el único activo que la izquierda considera rival real. Esa percepción, compartida incluso por quienes no la votarían, alimenta la tesis de que el relevo es cuestión de tiempo. El cálculo que se maneja es simple: si ella sacaría mayoría absoluta y él no, mantenerle tiene un coste electoral medible.
La tesis de que el PP no quiere gobernar España
Una corriente de análisis sostiene algo más incómodo: que al PP le conviene no llegar a Moncloa. La hipótesis es que el partido vive mejor con un gobierno socialista desgastado, recogiendo el voto de castigo sin asumir el coste de aplicar la agenda que Bruselas impone. Desde esta lectura, el liderazgo actual sería funcional a ese diseño: un candidato que no gana pero tampoco estorba.
La acusación de fondo es que el establishment español está corrompido por intereses externos y que la alternancia pactada sirve para evitar que la indignación derive en algo más serio. Es una tesis sin pruebas que circula con fuerza en los márgenes del debate, y conviene tratarla como lo que es: una hipótesis que algunos sostienen, no un hecho verificado.
El desgaste de la marca y el voto prestado
El problema de fondo no es solo el líder, es el producto. La acusación más repetida desde la derecha es que el PP se ha convertido en una
PSOE azul: mismo marco europeo, misma agenda, mismos votos en Bruselas. Si el votante no percibe diferencia, el argumento de la alternancia se cae. Y ahí aparece el cálculo más duro: para votar a un sucedáneo, mejor votar al original.
Ese razonamiento explica por qué el partido ha perdido capacidad de movilizar a su flanco derecho. Cada vez que el PP pacta con el gobierno en Europa o evita confrontar en Madrid, entrega un argumento gratis a quien le acusa de ser lo mismo con otro logo. La consecuencia es un electorado que se queda en casa o migra, y una marca que se desgasta sin que nadie asuma la responsabilidad del rumbo.
Qué puede pasar ahora
Con estos mimbres, el escenario más probable a corto plazo es el de la parálisis: todos ven el problema, nadie quiere pagar el coste de resolverlo. El relevo se producirá, si se produce, cuando el cálculo electoral sea tan malo que el miedo a cambiar sea menor que el miedo a quedarse. Para entonces, el partido habrá quemado otro ciclo entero.
La predicción, con todas las reservas, es que el sustituto no saldrá de una votación interna limpia sino de una operación de despacho. Y que el argumento que se usará será el de la unidad, esa palabra que en política siempre significa que alguien ha perdido y no quiere decirlo.