Sexo, estereotipos y agravios: cómo se ven gays y lesbianas entre sí
Una comedia familiar de gran audiencia emitió una escena que pocas ficciones se atreven a poner en pantalla: un personaje gay y una pareja de lesbianas que no se soportan. La viñeta sirvió de detonante para una pregunta incómoda que saltó del guion a la experiencia personal: ¿cómo son, de verdad, las lesbianas, según los hombres gays? La respuesta no es unánime. Dibuja una grieta interna dentro del propio colectivo LGTBI que rara vez llega al discurso público y que, cuando se pone por escrito, aparece cargada de recelo mutuo.
Las acusaciones cruzadas son viejas conocidas. Ellos hablan de hostilidad y de estar a la defensiva; ellas, según cuentan los propios gays, les atribuirían promiscuidad y egoísmo. Ninguna de esas afirmaciones se sostiene con datos. Son percepciones, y como tales conviene leerlas, porque el diagnóstico que cada bando hace del otro dice más de quien lo formula que del retratado.
Por qué se da por hecho que gays y lesbianas no se soportan
La tesis de partida no es un informe sociológico, sino una impresión. Hay quien afirma, sin aportar encuesta alguna, que gays y lesbianas rara vez se juntan y que la animadversión es mutua y antigua. Bajo ese diagnóstico se mezclan cosas muy distintas: roces cotidianos, mundos sociales que apenas se solapan y la sospecha de que cada grupo compite por el mismo espacio.
Frente a esa lectura, otra corriente sostiene que el problema no es el rechazo sino la falta de trato. Es el argumento que aparece incluso en quienes admiten desconocer el asunto: quien pregunta lo hace reconociendo que nunca ha convivido con el grupo sobre el que opina. La distancia, en ese relato, fabrica el estereotipo.
La promiscuidad, bajo sospecha de psicopatía
El salto de la anécdota al diagnóstico clínico llegó pronto. Se sostuvo que la promiscuidad es un rasgo psicopático, apoyándose en los estudios del
profesor Robert Hare con internos de prisión: según ese planteamiento, quien practica sexo con desconocidos de forma compulsiva comparte un patrón de conducta con la llamada mentalidad psicopática. La comparación elegida fue elocuente: hay más probabilidades de toparse con un psicópata entre personas promiscuas que en un club de ajedrez.
La objeción no tardó. Varios intervinientes recordaron que de un condicional no se deduce su recíproco: que los psicópatas tiendan a ser promiscuos no convierte automáticamente a todo promiscuo en psicópata. El ejemplo que se puso fue numérico: si una población reúne
10 psicópatas y 30.000 promiscuos, la probabilidad de que un promiscuo concreto lo sea es mínima aunque todos esos diez lo fueran.
¿Es lo mismo ser promiscuo que ser psicópata?
No, y ese es justo el núcleo del desacuerdo. La afirmación de quien equipara ambas cosas parte de una confusión lógica: la coincidencia en algunos casos no autoriza a convertir el «entonces» en un «si y solo si». Se puede llevar una vida sexual intensa y acordada sin encajar en ningún perfil clínico, del mismo modo que existen personas reservadas que sí presentan rasgos problemáticos.
El doble rasero con los heterosexuales
La comparación que más incomodó a los defensores de la tesis psicopática fue la más obvia: si la promiscuidad delata a un psicópata, el mismo rasero debería aplicarse a los varones heterosexuales que encadenan relaciones, y muy especialmente a quienes
pagan por sexo. El razonamiento es simple: usar el cuerpo de otra persona para satisfacerse sin mediación afectiva encaja, según ese criterio, en el patrón descrito. Y nadie parece dispuesto a calificar de psicópata a ese vecindario.
El rechazo que se atribuye al sexo sin permiso femenino
Hay una explicación más terrenal, y también más cínica. Se plantea que la hostilidad hacia los gays tendría menos que ver con ellos y más con lo que representan: un hombre que accede al sexo sin pasar por el filtro de una mujer. Sin cortejo obligatorio, sin chantaje afectivo y sin la llave femenina que concede o niega el permiso, el varón gay rompe una regla no escrita del mercado heterosexual. Quien defiende esta idea la presenta como interpretación, no como hallazgo.
Al final, la pregunta inicial se queda sin respuesta verificable. Lo único que el cruce de opiniones deja claro es que casi todos los que participan hablan desde el trato escaso o nulo. Y hay un detalle que lo resume: el propio autor de la pregunta admitía, en la primera línea, que
nunca había tratado con ninguna.