¿Quién mató a Kennedy? Del comunista Oswald a la Reserva Federal
¿Y si el magnicidio más investigado del siglo XX siguiera sin respuesta cerrada? La discusión vuelve siempre al mismo nombre: Lee Harvey Oswald, comunista declarado que vivió en la Unión Soviética. Para una parte del análisis, ahí está la clave —un supuesto controlador del KGB, datos sensibles como detalles del avión espía U-2— y el resto de teorías solo servirían para desviar la mirada de lo evidente. Para la contraria, el problema es el opuesto: un tipo con ese perfil no encaja como agente de nada.
Es la primera fractura. Unos ven una pista soviética silenciada; otros, un chivo expiatorio demasiado ruidoso. Y de fondo, la sospecha de que las fuerzas de seguridad estadounidenses fallaron o miraron hacia otro lado en la plaza Dealey.
¿Pudo Oswald disparar solo con esas trayectorias?
La objeción técnica aparece pronto y no se suelta: Oswald no pudo hacer esos disparos con esas trayectorias. Es el hueso de la llamada teoría de la bala única, el pilar sobre el que la Comisión Warren construyó su versión del tirador solitario. Los críticos sostienen que hubo varios disparos desde posiciones distintas y que la reconstrucción oficial exige un recorrido imposible.
Sobre ese punto cayó, en septiembre de 2023, un testimonio tardío. Un agente del servicio secreto que iba con Kennedy aquel día rompió su silencio para contar que él mismo recuperó la primera bala, alojada en el asiento trasero, y que la lanzó a la camilla del presidente pensando que los médicos la encontrarían. Según su versión, habría rebotado después entre las dos camillas en medio del caos. La revelación,
publicada por 20minutos, reabrió el debate sin zanjarlo.
La orden ejecutiva 11110 y el control del dinero
Hay una segunda línea argumental, más económica que criminalística. Según la versión que se repite en el hilo, el 4 de junio de 1963 Kennedy firmó la orden ejecutiva 11110, que ordenaba emitir
4.292.893.815 de dólares en billetes de Estados Unidos a través del Tesoro público y no del sistema de la Reserva Federal. Para los defensores de esta hipótesis, ahí está el verdadero motivo: el presidente se metía en el negocio de emitir dinero.
La tesis circula desde hace décadas y nunca ha pasado el filtro de la prueba documental. Pero explica por qué el magnicidio se lee también como un ajuste de cuentas financiero y no solo político. En el extremo más duro de esa corriente, la conclusión es tajante: o el mundo pertenece a cuatro familias, o cualquier otra lectura se etiqueta de comunismo.
De Bahía de Cochinos a Vietnam: el ejército y el Estado profundo
La tercera vía mira a Washington, no a Moscú. Se apunta a un núcleo duro militar y a contratistas de defensa que habrían visto en Kennedy un obstáculo. El argumento que se esgrime: que el 23 de noviembre de 1963, tras la muerte del presidente, su sucesor, Lyndon B. Johnson, se reunió con la cúpula militar para autorizar la apertura de operaciones en Vietnam. Quienes defienden esta hipótesis subrayan además las rencillas conservadoras tras Bahía de Cochinos y los cambios en los mandos del ejército.
La objeción no tarda: Kennedy ya había pacificado lo de Cuba y estaba en plena distensión, así que no tiene sentido cargárselo para ir a la guerra. Otros responden que precisamente Vietnam era el negocio en juego. El memorándum 273 de 1963 circula en estas discusiones como pieza central del relato.
Mafia, tres tiradores y testigos que no llegan a declarar
La cuarta pata señala a la mafia. Según una de las versiones más repetidas, a Kennedy lo mató Meyer Lansky, con Oswald como hombre de paja. El relato habla de tres tiradores —uno que no disparó, otro de despiste y el que dio el tiro definitivo— y de un imperio de casinos que, ya en 1960, movía
18 millones de dólares en activos en Cuba y tres millones de ingresos anuales.
La réplica es contundente: Lansky era un cerebro contable que nunca se vio mezclado directamente en delitos de sangre, y menos para cargarse a un presidente. Añaden que matar a Oswald antes de que declarara apunta más a un asunto interno que a una maniobra soviética. Y sobrevuela siempre el dato incómodo: un libro muy citado habla de hasta
cien testigos muertos en circunstancias extrañas.
El fiscal Garrison y la tesis del comunismo impostado
Frente a la pista soviética, otra corriente sostiene justo lo contrario. Hay quien cita al fiscal Jim Garrison, que abrió una causa oficial sobre el caso, para defender que el comunismo de Oswald era impostado y que su deserción a Rusia fue organizada por la propia inteligencia estadounidense. Quien sabe más del tema, viene a decirse, es el gobernador de Texas de entonces, que también recibió una bala fría; si los que conocen lo que pasó callan para no dañar a su país, nunca habrá certeza.
Un patrón que se repite: culpar al que molesta
La discusión deriva en algo más general. Hay quien observa un patrón: cuando el sospechoso pertenece a determinada órbita ideológica, florecen las teorías alternativas; cuando no, nadie las pide. La acusación de ver comunistas por todas partes, el recurso a la Reserva Federal, a los masones, a la CIA, al FBI, a Johnson... la lista de presuntos autores es tan larga que invita a la ironía.
Lo que sí admite poca discusión es que el caso sigue con información clasificada y con una investigación oficial muy criticada por orientarse más a crear confusión que a identificar autores. Con ese material, cada cual elige su culpable. Es la comodidad de un caso que nunca cerró: siempre hay sitio para el que a uno le cae peor.