El turismo de supermercado tensiona la hostelería española
El turismo aporta más del 12% del PIB y roza los tres millones de ocupados, pero el sector hostelero denuncia que el visitante cada vez gasta menos. La escena se repite en zonas de costa: terrazas medio vacías y colas en los bancos del supermercado para comer un bocadillo. El ticket medio se ha convertido en el campo de batalla de un modelo que factura récords y, a la vez, ahuyenta al cliente.
La paradoja no es menor. España supera los tres millones de ocupados en turismo, casi el 14% del empleo total según la EPA del tercer trimestre de 2025, y sin embargo los hosteleros hablan de precios inasumibles. La queja es vieja, pero el comportamiento del cliente ha cambiado: el turista ya no improvisa, compara y decide.
El turista que ya no paga la terraza
El patrón se repite. Vuelo barato, alojamiento turístico y comida de supermercado. Hay quien resume ese turismo como «sostenible» con ironía: barato para el visitante, insostenible para el bar de la esquina. La hostelería ha visto cómo su cliente natural —el que se sentaba sin mirar la carta— se ha convertido en un consumidor que calcula cada euro.
El argumento que más circula es que el problema no es el turista, sino el precio. Un café o un menú en una zona céntrica de Barcelona, Valencia o Madrid cuesta lo mismo que en Zúrich, París o Viena, según una comparación repetida en el sector. Con esa referencia, el turista extranjero deja de ver España como un destino barato y ajusta el presupuesto.
La hostelería tampoco es la única queja. Los propios hosteleros denuncian costes fijos disparados, burocracia creciente y una presión fiscal que ahoga al negocio pequeño. El resultado es un sector sobredimensionado que empieza a cerrar locales en zonas donde la vivienda se ha desbocado.
¿Por qué el turista come en el supermercado?
Porque el diferencial de precio se ha vuelto insalvable para una parte del visitante. El turista de vuelo barato y alquiler turístico no viene a gastar en restauración, viene a optimizar. Y el supermercado le ofrece la misma comida por una fracción del precio de la terraza. No es una decisión ideológica, es aritmética.
A eso se suma un cambio de perfil. El turismo que llega a ciertas zonas ya no es el de hotel y pensión completa, sino el de apartamento y cocina propia. Las viviendas turísticas han multiplicado la oferta de alojamiento sin servicio y han trasladado el gasto del bar al lineal del supermercado. El barrio lo nota: menos rotación en los locales, más presión en la vivienda.
Hay quien sostiene que la hostelería se ha disparado a sí misma en el pie. La gallina de los huevos de oro era el turista fiel; matarla a base de subidas y de menús clónicos tiene consecuencias. Otros apuntan a un problema estructural: la hostelería está sobredimensionada y con esa competencia y esos costes es difícil ser rentable.
El negocio que cierra y se convierte en vivienda
La tendencia ya se ve en las zonas tensionadas. Locales que bajan la persiana y se reconvierten en vivienda porque el alquiler rinde más que la barra. El futuro que algunos anticipaban —ciudades sin locales, servicios por aplicación y reparto desde el extrarradio— deja de ser distopía y se instala en el centro.
El cálculo completo, con costes fijos, impuestos y ticket medio, da una diferencia que sorprende a quien solo mira el precio de la caña. La hostelería no solo compite con el supermercado: compite con el alquiler, con la burocracia y con un cliente que ya no perdona.
El turismo récord que no llega al bar
España bate registros de ocupación turística y, al mismo tiempo, los bares de las zonas turísticas ven cómo el gasto por visitante cae. La contradicción tiene una explicación incómoda: el turismo que crece no es el que consume en el establecimiento, es el que cocina en el apartamento.
La pregunta que queda abierta no es si el turista volverá a la terraza, sino si la terraza podrá seguir abierta cuando lo haga.