Jóvenes rechazan ascensos que no compensan el sueldo
Un jefe de equipo en una consultora tecnológica cobra 200 euros más al mes que su subordinado directo. A cambio, echa dos horas más al día, atiende llamadas a cualquier hora y responde de los errores ajenos. Suena a mal chiste, pero es la aritmética que explica por qué una parte creciente de la plantilla joven rechaza el ascenso cuando se lo ofrecen. El fenómeno se ha convertido en un lugar común en los departamentos de recursos humanos: el candidato dice no, alega que quiere seguir aprendiendo y en realidad está haciendo una cuenta de coste-beneficio que no le sale.
La conversación sobre el tema se ha extendido por foros de economía y entre profesionales de distintos sectores, desde la hostelería hasta la ingeniería aeroespacial. El patrón se repite:
más responsabilidad, más horas y un aumento que no llega o que se lo come el IRPF. La consecuencia es un cuello de botella en los mandos intermedios que las empresas empiezan a notar.
¿Por qué un ascenso puede salir más caro que quedarse quieto?
La respuesta corta: porque en muchos casos el incremento salarial no cubre ni el tiempo extra ni el desgaste. Un profesional del sector IT lo resume con un caso concreto: le ofrecieron pasar de Tech Leader a Team Leader con las mismas condiciones económicas. Se negó. «Si me hubieran aumentado el sueldo considerablemente, me lo podría pensar; pero sin aumento, ni de coña», sostiene. Su caso no es aislado. Otro trabajador relata que la última vez que ascendió pasó a echar «más horas que un reloj», comerse marrones cada diez minutos y cobrar 200 pavos más al mes.
El cálculo se complica cuando entra Hacienda. Un aumento de 10.000 euros brutos puede quedar en mucho menos neto si se cruza un tramo del IRPF. La percepción de que «gano más y cobro casi lo mismo» está extendida, aunque técnicamente el tipo marginal solo se aplica al tramo que supera el umbral. El resultado psicológico es el mismo: el esfuerzo no se ve recompensado.
El mando intermedio: más marrones y menos poder
El ascenso típico en España no convierte al empleado en jefe con despacho y coche de empresa. Lo convierte en un
jefecillo sin herramientas para disciplinar a su equipo, sin capacidad de decisión real y con la obligación de responder por todo lo que sale mal. «Antes había jefes con despacho y traje y ganando el triple que el currito. Ahora hay jefecillos que ganan casi lo mismo», señala un participante.
La consecuencia es una pérdida de autoridad. Si el subordinado gana lo mismo o más gracias a las horas extras, el mando intermedio queda retratado como el que se come los marrones sin compensación. «Cuando eres el líder de una manada de lobos, tienes que comer el primero y los mejores bocados; si no, no te consideran líder», ilustra un exempleado que ocupó un puesto de responsabilidad.
El coste oculto: tiempo, salud y vida personal
Hay un factor que no aparece en la nómina: el tiempo. Un ascenso suele implicar disponibilidad total, viajes, reuniones fuera de horario y WhatsApp a cualquier hora. Eso se traduce en gastos que antes no existían: comer fuera, tintorería, niñera, limpieza. «Ya no tienes tiempo de ir a comprar ni de cocinar, ergo te toca comer siempre de restaurante», enumera un profesional.
El desgaste físico y mental también pesa. «A veces el ascenso conlleva un salario mucho mejor, pero aun así no compensa el desgaste físico que conlleva», apunta otro. La ecuación se vuelve especialmente desfavorable para quienes tienen responsabilidades familiares o viven lejos del trabajo.
La trampa del IRPF y el mito del tramo que te hace perder dinero
Existe la creencia de que un aumento puede hacer que cobres menos en neto. No es exacto: el tipo marginal solo se aplica al tramo que supera el umbral, no a todo el salario. Pero la percepción está tan extendida que muchos rechazan el ascenso por miedo a Hacienda. «Si gano 10.000 y pago un 30% pagaré menos que si gano 100.000 y pago un 30%», razona un participante, quejándose de que los tramos no se actualizan con el IPC.
El resultado es una bola de nieve: menos gente quiere ascender, las empresas no encuentran mandos, y los que quedan asumen más carga sin más sueldo. Un círculo que se retroalimenta.
¿Es falta de ambición o simple aritmética?
Hay dos lecturas enfrentadas. Una sostiene que los jóvenes han dimitido de la vida adulta: no quieren ser jefes, ni padres, ni referentes. «Solo quieren tiempo libre, confort, cero estrés y máxima validación emocional», resume un participante. La otra apunta a que el problema no es la gente, sino las ofertas ridículas de ascenso. «Si de un grupo de recién llegados ascienden a uno y no hay nada excepcional que lo justifique, eres el tonto», sentencia otro.
La evidencia empírica parece dar la razón a la segunda: cuando el ascenso compensa de verdad, la gente lo acepta. Un exempleado de una gran corporación relata que fue mando intermedio y le gustó: tenía coche de empresa, equipo senior, buen superior y poder de decisión. «Compensaba con creces», dice. La clave, por tanto, no es la falta de ambición, sino la relación coste-beneficio.
El resultado: menos mandos y más rotación
Las empresas empiezan a notar el problema. En sectores como la consultoría, los puestos de jefe de equipo quedan vacantes o los cubren personas sin la categoría adecuada. Una ingeniera aeroespacial de 24 años dirige a cuatro compañeros sin ser oficialmente jefa, porque la empresa no la asciende ni le sube el sueldo. «Le han propuesto que vaya haciendo los trabajos de jefa de equipo para ir acostumbrándose, en plan voluntario», relata un conocido.
La rotación se dispara. Quien acepta un ascenso sin compensación suele durar poco. Y quien lo rechaza se queda, pero con la sensación de que su carrera se estanca. El sistema, en definitiva, no premia el esfuerzo, y eso tiene consecuencias a largo plazo.
La paradoja final es que las empresas siguen ofreciendo ascensos que nadie quiere, y los que los aceptan a veces descubren que su jefe gana menos que ellos. Un exempleado lo comprobó: su superior trabajaba el triple, viajaba constantemente y cobraba una miseria. «No les cambio el trabajo ni harto de farlopa», confiesa. El mercado laboral español tiene un problema de incentivos, y los números no cuadran.