Bernardos augura yeseros a 5.000 euros y el sector responde con escepticismo
El economista Gonzalo Bernardos ha vuelto a encender el avispero con una predicción que suena a déjà vu: «Pronto verás cobrar al yesero 5.000 euros por falta de mano de obra en
construcción». La frase, lanzada en un contexto de optimismo sobre la economía española, ha provocado una tormenta de reacciones entre quienes conocen el sector por dentro. No es la primera vez que se anuncia un maná salarial en el ladrillo. Y los que vivieron la burbuja recuerdan cómo acabó el cuento.
La tesis de Bernardos no se queda ahí. Sostiene que las nuevas generaciones vivirán mejor, que la productividad española repunta gracias a servicios especializados y que la construcción volverá a generar empleo bien pagado. El problema, según las voces críticas, es que ese relato choca con la realidad de los que se dejan la espalda en una obra.
Los sueldos de 5.000 euros suenan a música celestial cuando, según varios testimonios, el salario real de un oficial ronda los 1.800 euros, con jornadas que se estiran hasta las 12 horas y sábados incluidos.
El yesero que nunca llega a los 5.000
La primera grieta en el pronóstico aparece al mirar la nómina. Varios testimonios directos describen una realidad muy distinta:
600 euros al mes para un ayudante que amasaba yeso con las manos, o
1.800 euros como techo para un encofrador con años de oficio. La diferencia entre el bruto y el neto se la come Hacienda, y lo que queda libre apenas alcanza para pagar el alquiler y poco más. «A ese autónomo, como muchísimo, le van a quedar limpios 450€», apunta un cálculo que circula en la discusión.
El problema no es solo el dinero. Es el desgaste físico.
Dolores de cuello, espalda y piernas son la herencia de años subiendo andamios. La mitad de los que se dedican a esto, según los relatos, acaban con el cuerpo roto y sin haber podido ahorrar. «No rechazaste ninguna bicoca, créeme», le dice un veterano a otro que contaba sus años en el yeso. La imagen del yesero millonario se deshincha rápido.
La sombra de la burbuja: cuando ya se prometió el oro y el moro
Quienes peinan canas recuerdan que esto ya pasó. Durante el boom inmobiliario, se decía que los albañiles ganaban
8.000 euros al mes y que los jóvenes debían dejar los estudios por la obra. El resultado fue una generación que compró el Cayenne y el chalé a plazos, y que acabó malvendiendo ambos cuando el ladrillo crujió. «Los albañiles locales acabaron malvendiendo el Cayenne y el chalé que habían comprado en cómodos plazos», resume un mensaje.
La comparación con 2007 es inevitable. Bernardos, según varios participantes, negó la burbuja entonces y ahora vuelve con un pronóstico similar.
La hemeroteca es cruel. Si en la anterior ocasión se equivocó, ¿por qué iba a acertar ahora? La desconfianza hacia el gurú es transversal: desde los que le acusan de «perder el norte» hasta los que simplemente se ríen de la cifra.
¿Falta mano de obra o falta de brazos dispuestos a aguantar?
El argumento de la escasez de profesionales tiene parte de verdad. Los oficios manuales han quedado huérfanos de relevo generacional. Los jóvenes prefieren una oficina antes que un andamio, y no precisamente por vagancia. «Que se rasquen el bolsillo», espeta una voz, señalando que si de verdad faltan yeseros, el mercado debería subir los salarios. Pero la subida no llega. O llega en forma de horas extras no pagadas y trabajo en negro.
La paradoja es que, mientras se anuncia un futuro de sueldos altos, los que están dentro del sector no ven ese dinero por ningún lado.
La productividad española puede repuntar en consultoría o ingeniería, pero en la obra la productividad se mide en kilos de yeso y en años de vida útil del trabajador. Y esa cuenta no sale.
El papel de la inmigración y el mito del reemplazo
Otra derivada del debate es quién ocupará esos puestos. Bernardos compara a los inmigrantes latinoamericanos con los españoles que antaño emigraron de Extremadura o Andalucía a Barcelona. La analogía es discutida. Hay quien sostiene que la llegada de mano de obra extranjera presiona los salarios a la baja, y quien recuerda que sin esos trabajadores la construcción se paralizaría. El choque entre ambas visiones es uno de los ejes del desencuentro.
Lo que nadie discute es que el relevo generacional no se ha producido. Los españoles han dejado de ver la obra como una salida. Y los que vienen de fuera tampoco están dispuestos a trabajar por menos de lo que cuesta vivir. La ecuación no cierra por ningún lado.
La vivienda como telón de fondo
El pronóstico de Bernardos se enmarca en un discurso más amplio sobre la economía española. Dice que las nuevas generaciones vivirán mejor, pero el acceso a la vivienda sigue siendo una quimera para muchos.
La emancipación se retrasa, y vivir en casa de los padres se ha convertido en la única opción para ahorrar. «En la España actual, los abuelos y los padres financian a los hijos», admite el propio economista.
Esa realidad choca con la imagen de yeseros cobrando 5.000 euros. Si de verdad se pagara ese dinero, no haría falta animar a nadie: las colas en las oficinas de empleo para apuntarse al yeso serían kilométricas. No ocurre. Y la razón no es que los españoles sean señoritos, como insinúan algunos, sino que las cuentas no salen.
El dato que descoloca no es el sueldo soñado, sino el que se paga de verdad. Mientras el relato oficial habla de 5.000 euros, los que están en el tajo siguen esperando a que les llegue la primera nómina que supere los 1.800. Y no, no es una cuestión de actitud.