Drones kamikaze Switchblade en Ucrania: 2,5 kg y 10 km de alcance
El tubo se apoya en el suelo como un mortero pequeño. El operador lanza desde un centro de control, sigue la trayectoria por GPS y por vídeo en directo, fija el objetivo y da la orden. A partir de ahí el aparato ya no vuelve: se lanza contra lo señalado y se destruye en el impacto. Ese es el Switchblade, y Estados Unidos acaba de comprometer
100 unidades dentro de un paquete de
800 millones de dólares en armamento adicional para Ucrania. El fabricante AeroVironment lo describe como un «sistema de misiles tácticos». La etiqueta oficial de la categoría es otra: munición merodeadora.
Qué modelos existen y en qué se diferencian
El anuncio de la administración de Biden no detalla qué versión viaja al frente, y la diferencia importa. El Switchblade 300 es el pequeño: la ficha del fabricante lo presenta como un
misil portátil de alta precisión, cabe en una mochila y su motor silencioso le permite pasar desapercibido. Pesa 2,5 kg, opera en un radio de 10 km y aguanta hasta 15 minutos en el aire a una velocidad máxima de 160 km/h, con GPS y cámara enviando imagen al operador en tiempo real.
- Switchblade 300: 2,5 kg, 10 km de alcance, hasta 15 minutos de vuelo, 160 km/h y carga explosiva pequeña.
- Switchblade 600: 54,4 kg, 40 km de alcance, más de 40 minutos de vuelo, 180 km/h y ojiva antiblindaje.
El salto entre ambos modelos no es cosmético. El 600 se configura y pone en funcionamiento en
10 minutos, tiene potencia suficiente para inutilizar vehículos blindados y, según su ficha, puede atacar objetivos lejanos sin apoyo de drones de reconocimiento. El 300, en cambio, necesita que alguien le señale el terreno.
¿Cómo se controla un dron kamikaze?
Ambos modelos se comunican con el operador mediante un enlace de datos digital cifrado que reduce las posibilidades de interferencia e interceptación. El sistema permite además volar varios aparatos a la vez como enjambre contra objetivos distintos. El operador ve la trayectoria en vivo por GPS y por vídeo, y los algoritmos del sistema mantienen el seguimiento de blancos en movimiento. Hay un detalle que suele pasarse por alto:
existe un mecanismo para abortar la misión. Si aparecen civiles en la escena o el objetivo se aleja más de lo que aguanta la batería, el ataque se cancela.
¿Contra qué se puede usar el Switchblade?
No sirven para lo mismo. El 300 lleva una carga explosiva pequeña, del tipo que se emplea contra personas o armas desprotegidas —un lanzador de mortero, una ametralladora expuesta—. El 600 monta una ojiva antiblindaje, lo que lo orienta contra vehículos. De ahí que buena parte del interés se centre en si la remesa enviada incluye el modelo grande, capaz de detener blindados, o solo el pequeño. La duda no se ha despejado.
El pulso: ¿arma decisiva o juguete para alargar la guerra?
El consenso se rompe en cuanto se pregunta por su utilidad. Una corriente sostiene que cien unidades de 2,5 kg sirven para eliminar personas y vehículos con poco o ningún blindaje, pero no son armamento decisivo: son, en la expresión que se repite,
juguetes que alargan el conflicto sin inclinar la balanza. Desde la otra orilla se responde que el valor no está en el número, sino en lo que se puede reventar con ellos: almacenes, campamentos, columnas de tanques emboscadas, artillería. Lo que hace falta, dice esa parte, no es precisión quirúrgica sino volumen de daño.
Otro eje de discusión es la comparación con el material ruso. Se sostiene que los drones de un solo uso desplegados por Moscú fallan con más frecuencia de la deseable y que la chatarra enviada al frente vale menos que el propio aparato. La ironía sobre la munición merodeadora ha pesado más que la celebración.
La filosofía industrial que hay detrás
El asunto trasciende Ucrania. Hay quien lee en el envío de drones baratos un cambio de paradigma: aviones de combate de los años ochenta siguen en servicio porque la hora de vuelo de los modelos más modernos tiene un coste estratosférico, y los vehículos no tripulados se presentan como la vía para abaratar el frente. La diferencia de fondo, se argumenta, es de prioridades: unos priman la supervivencia del aparato a coste altísimo y otros priman gastar poco a costa de la supervivencia. El corolario optimista —o distópico, según se mire— apunta a guerras sin contacto humano, ejércitos de drones enfrentados entre sí.
Quién gana dinero con la guerra larga
En paralelo, la disputa sobre el destino del dinero es más incómoda. Se sostiene que con el envío de armas hay un negocio claro para la
industria estadounidense —ventas a los países de la OTAN, gas más caro— y que eso empuja a prolongar el conflicto. La paradoja que se señala no es menor: mientras se habla de amenaza nuclear, el gas sigue fluyendo y los gasoductos quedan intactos. Hay quien lo ve como prueba de que la escalada tiene límites. Hay quien lo ve como prueba de que nunca hubo intención de tocar los cables que de verdad mueven el tablero.
El folleto del Switchblade 600, diseñado para destruirse en un solo uso, presume de
batería recargable. Es un detalle mínimo y resume bastante bien el estado de la cuestión: la tecnología avanza, el sentido de la guerra no.