Los bonos MEFO: cómo Alemania pagó su rearme con deuda invisible
¿Cómo se paga un rearme cuando el país que lo emprende está arruinado, sin oro y con las reparaciones de guerra drenando cada año las cuentas públicas? La respuesta alemana a partir de 1933 fue tan simple como incómoda:
inventarse el dinero. La pieza central fueron las letras MEFO, un instrumento diseñado por Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank y ministro de Economía del Tercer Reich entre 1934 y 1937, que sirvió para financiar la mayor parte del rearme alemán desde 1934 sin que el coste apareciera en ningún balance visible.
El asunto ha vuelto a circular a raíz de un documental sobre la economía de guerra
emitido en La 2 —hay quien sostiene que se emitió de forma inexplicable y los enlaces al vídeo se han ido cayendo uno detrás de otro hasta quedar solo la petición de que alguien recuerde el título exacto—. Lo que cuenta el documental describe, según quienes lo recomendaron en el hilo, un mecanismo que sigue siendo reconocible.
¿Qué era la MEFO y por qué se llamaba así?
Su nombre completo era Metallurgische Forschungsgesellschaft, es decir, Sociedad Metalúrgica S.L. Una sociedad con un capital inicial de
un millón de marcos imperiales aportado por las grandes empresas metalúrgicas alemanas. Nada más.
No producía. No contrataba a nadie. No abría ninguna fábrica. Era, en los términos que se repiten al describirla, una
sociedad pantalla: existía únicamente para emitir deuda con la que se pagaron los pedidos de la industria. El nombre servía para que el comprador exterior no viera qué se estaba financiando por debajo. Las letras se pusieron en circulación en julio de 1933.
Ese millón de Reichsmarks de capital inicial resulta casi cómico frente al volumen que acabó moviendo el invento. Y ahí está la primera lección: la arquitectura financiera no necesita ser grande, necesita ser opaca.
El truco contable: el Estado no se endeudaba, en el papel
El mecanismo es sencillo de describir y difícil de digerir. El Estado encargaba armamento a la industria y pagaba con letras MEFO. La industria las aceptaba porque, a priori,
el Estado no se endeudaba formalmente, y las usaba para financiar proyectos e infraestructuras. La convertibilidad de esas letras quedaba garantizada a posteriori por el banco central, que las descontaba cuando hacía falta.
Traducción: la deuda existía, solo que fuera del presupuesto y fuera del radar de los inspectores del Tratado de Versalles. El sistema permitió burlar las restricciones del acuerdo de 1919 —el que impuso a Alemania la pérdida del
13% de su territorio europeo y una décima parte de su población, además de las reparaciones— sin que ningún papel oficial gritara lo que estaba pasando.
El detalle que descoloca a quien haya mirado una cuenta pública es que el coste acabó desapareciendo en el bolsillo de los ahorradores. El ahorro captado durante esos años quedó disuelto por la guerra y su financiación. Ahí es donde la historia deja de ser arqueología.
¿Por qué se compara la MEFO con el fin del patrón oro en 1971?
Porque el paralelismo no lo puso un economista, lo puso la cronología. La noche del domingo
15 de agosto de 1971, en horario de máxima audiencia, Richard Nixon interrumpió la programación para anunciar que suspendía la convertibilidad del dólar en oro. Fin de una de las bases de la economía de posguerra y apertura del dinero fiat en toda regla.
Desde entonces, la discusión sobre qué respalda el dinero es en realidad una discusión sobre quién decide su valor. Aplicado al caso alemán, el argumento que recorre las aportaciones es que el régimen creó un instrumento muy parecido al dinero moderno: financiado con una promesa y ejecutado por un banco central. Quien busque el precedente del dinero sin ancla puede encontrar antes a Schacht que a Nixon.
De los bonos al bitcoin: la lectura monetaria contemporánea
La conexión con el presente es donde la conversación se calienta. Hay quien sostiene que la inflación es la forma actual de ese mismo mecanismo, con los bancos centrales permitiendo que los gobiernos recorten el valor de los ahorros. En esa línea circula la recomendación pública de
Ricardo Salinas Pliego, difundida el 26 de diciembre, de comprar bitcoin para escapar del control bancario, acusando a gobiernos y bancos centrales de usar la inflación para mantener a la población controlada y quedarse con su dinero mediante impuestos.
Es una opinión, no un teorema. Pero explica por qué un documental sobre la Alemania de 1934 funciona como espejo: quienes trazan el paralelo sostienen que el mecanismo es el mismo y solo cambia el nombre del banco central. Otras aportaciones añaden comparaciones domésticas con las expropiaciones bancarias e industriales de los años ochenta y noventa, que en su día llevaron a prisión a sus responsables, para sostener que lo que entonces era escándalo hoy resulta rutina.
La tesis incómoda: el gran capital no era nazi de corazón
Frente a la lectura clásica de que el fascismo fue una creación del gran capital, se levanta una objeción que merece ser escuchada aunque no se comparta. Los grandes industriales alemanes sobornaban e influían prácticamente en todos los partidos, no solo en el nacionalsocialismo, y terminaron apoyando al régimen gobernante como el poder económico ha apoyado siempre a quien manda. A un capital que persigue un mercado libre y desregulado, argumenta esa corriente, el nacionalsocialismo no le ofrecía precisamente su escenario ideal.
En el otro platillo de la balanza se colocan las cifras de lo que sí se pagó con aquel dinero sin respaldo. Por cada hijo, según una de las versiones que circulan, se cubría hasta un
25% de la hipoteca o de la letra de la vivienda. Obras públicas, empleo y un
patrón trabajo presentado como alternativa al dinero deuda.
Qué queda hoy del documental
Poco, y eso también forma parte de la historia. Los enlaces al documental han sido eliminados y quien quiera volver sobre él tendrá que buscarlo por su título. Queda el argumento central, que resume mejor que nada la mecánica: los nacionalsocialistas no tenían dinero, así que vieron una solución sencilla y la aplicaron. Se lo inventaron.
Lo que impresiona no es la ingeniería de un ministro en 1933. Es la velocidad con la que una sociedad con ahorro, orden y previsión puede perderlo todo, y lo poco que hace falta para que ocurra. Casi un siglo después, la sociedad pantalla ha desaparecido. Lo demás sigue intacto, funcionando, y con la sede mucho más limpia.