Toros y carne: el mismo sufrimiento, dos facturas distintas
Hay un argumento que lleva más de dos años dando vueltas y que nadie ha conseguido desmontar del todo: si el rechazo a la tauromaquia nace del sufrimiento animal, la misma vara mide el matadero.
2.000 toros de lidia al año en España frente a
60 millones de cerdos sacrificados en el mismo periodo y casi 2.000 millones en todo el mundo. La comparación incomoda. Por eso se esquiva.
El dolor no se mide igual en la plaza que en la granja
El núcleo del planteamiento es fisiológico, no moral. Los mamíferos que entran en modo lucha —
fight— segregan analgésicos endógenos: endorfinas, opioides propios y noradrenalina que activan la vía descendente inhibitoria del dolor. El cuerpo se anestesia para no interferir en el combate. El dato que se repite aquí es el de la Segunda Guerra Mundial:
el 70% de los heridos graves no pidió morfina en el campo de batalla.
En modo huida —
flight— ocurre lo contrario: miedo y dolor amplificado. Y ahí entra la ganadería. Un animal inmovilizado en una explotación industrial no lucha, huye; no recibe esa descarga analgésica, sino la contraria. El argumento no sale gratis: convierte la cornada en una escena casi indolora y la granja en una tortura prolongada. Es discutible, y quien lo sostiene lo admite al reconocer que «no digo que los toros estén bien».
Cuántos animales se matan al año: la brecha de escala
El segundo pilar es la aritmética del sacrificio. Los cerdos figuran entre los animales más inteligentes, por detrás de cuervos, delfines, orcas y simios, y el relato más repetido sobre las macrogranjas incluye el lijado de dientes hasta dejar el nervio expuesto. Es una descripción que hace una parte del intercambio, no un hallazgo verificado, pero sostiene buena parte del argumento.
- 2.000 toros de lidia al año en España, «como mucho»
- 60 millones de cerdos al año en España
- 2.000 millones de cerdos al año en el mundo
La conclusión que se extrae es de proporción, no de principio: aunque se aceptara que el toro sufre, el volumen de animales de granja multiplica el cómputo hasta hacerlo irrelevante a su lado.
Por qué la carne es más barata que la verdura
Aquí el análisis se vuelve económico y es donde resulta más difícil de rebatir. Mantener la temperatura corporal de un animal de sangre caliente se lleva
el 60% de las calorías que ingiere. De lo que queda se aprovecha en torno al 40%. El producto: 0,6 × 0,4 =
0,24. Menos de una cuarta parte de la energía llega al plato; el resto se disipa en metabolismo, huesos y pérdidas. La proteína vegetal parte de una eficiencia relativa de 1, porque toda la masa animal procede antes de masa vegetal utilizable.
De ahí se deduce que sin las
subvenciones a la ganadería la carne sería varias veces más cara y la proteína vegetal sería la opción barata por defecto, como lo fue durante casi toda la historia. Quien defienda lo contrario tendrá que explicar por qué alimentar a un cerdo con plantas y luego comerse al cerdo sale más barato que comerse las plantas.
El toro que se come después
La tauromaquia no acaba siempre en la plaza. En muchos pueblos, la carne del toro lidiado termina estofada y a la venta, más oscura y tierna por la sangre retenida, y hay quien lo cuenta como tradición gastronómica. Otros miran a la matanza doméstica del cerdo y señalan la diferencia: para eso no hay público ni entradas. La distinción que se repite es sencilla y algo brutal: nadie paga por ver un matadero.
¿Está previsto eliminar el consumo de carne?
Sobre esto circula una afirmación recurrente: que la Agenda 2030 contiene objetivos de desarrollo sostenible con metas concretas para una eliminación progresiva del consumo de carne en 2030, 2040 y 2050, y que todo es público y consultable. Se lanza como hecho, sin verificación ni enlace. Conviene ser literal: es lo que sostiene una parte, no un hallazgo comprobado. A partir de ahí la conversación se desliza hacia teorías conspirativas sobre organismos internacionales y hormonas que no resisten el menor contraste documental.
Cuando el argumento se rompe: el episodio de Himmler
Hay un episodio histórico que se usa como munición en ambos sentidos: la visita de
Heinrich Himmler a una corrida en España, recogida por el
Völkischer Beobachter, el diario del partido nacionalsocialista. Según las fuentes citadas en el intercambio —entre ellas un trabajo de Javier García Gibert y las memorias de Fernando González-Doria—, el jefe de las SS salió horrorizado y calificó el espectáculo de cruel. La respuesta, en varios mensajes, fue descalificar la fuente antes de leerla.
A partir de ahí la discusión deja de ser una discusión. Lo que empezó como un cálculo sobre sufrimiento comparado termina en descalificaciones mutuas, acusaciones personales y una pelea de etiquetas ideológicas que no aporta un solo dato nuevo.
Nadie ha encontrado la unidad para medir el sufrimiento, y ese es el punto exacto donde el análisis se atasca. Lo único que avanza son los números: 2.000 contra 60 millones, un 24% de eficiencia, un 70% de heridos que no pidieron morfina. Todo lo demás —qué dolor pesa más y quién tiene autoridad moral para decirlo— sigue donde estaba cuando empezó la conversación.