PS5 Pro a 800€ y iPhone 16 hasta 1.969€: el país que no llega
Sony ha puesto la PS5 Pro digital a
799,99 euros y Apple ha colocado su iPhone 16 más caro en
1.969 euros. Dos cifras que, puestas sobre la mesa de un país con el SMI por los suelos, han desatado una tormenta de reproches cruzados. Hay quien sostiene que son los precios estándar del mercado global y que el problema no es la consola, sino el sueldo que la mira desde fuera del escaparate. Y hay quien responde que
siempre ha sido caro y que lo que falla es la manía de comprar lo que no se puede pagar.
La discusión no es nueva, pero sí inusualmente concreta: aparecen cifras para comparar, y algunas descolocan.
¿Cuánto cuesta la PS5 Pro y por qué ha indignado tanto?
Pues cuesta 799,99 euros en su versión digital. Si el comprador quiere meter discos —que es lo que ha hecho toda la vida con una consola de sobremesa— hay que sumar el lector externo, y el paquete se va a unos
920 euros. El lector suelto ronda los 120 euros. Para el importe, el interior no impresiona a los más técnicos: dentro late una CPU AMD Zen2 de 2019, una arquitectura que ya tiene unos cuantos años encima.
La alternativa oficial siempre está ahí: una Xbox Series X o una PS5 de catálogo cubren de sobra a un jugador medio, y encima está el catálogo de Game Pass. Ese es el argumento que más se repite entre quienes no entienden la indignación. El problema es que las consolas han dejado de bajar: mientras Switch se ha quedado con un recorte de apenas 30 euros, Xbox y PlayStation han subido sus etiquetas en unos 50 euros. La vieja regla de que el hardware se abarata con los años se ha roto.
Los juegos a 80 euros y el cálculo en pesetas
Aquí llega el dato que desmonta media discusión. A principios de los noventa, un cartucho de SNES costaba entre
10.000 y 15.000 pesetas, y uno de Mega Drive rondaba las 9.000. El
salario habitual de entonces andaba por las 100.000 pesetas al mes. Un juego se comía, por tanto, una décima parte del sueldo mensual; hoy, con 80 euros, se come bastante menos. La PS1, lanzada en 1995 a
59.900 pesetas, equivaldría a unos 750 euros actuales: prácticamente lo que cuesta una PS5 Pro digital.
De ahí sale el argumento incómodo: en términos relativos, jugar nunca fue tan barato. Otros replican que eso no consuela a quien no llega a fin de mes, y que la comparación con los noventa ignora que entonces había menos gastos fijos, la vivienda pesaba menos y había menos productos compitiendo por el mismo bolsillo.
¿Por qué el iPhone 16 se ha convertido en el símbolo del problema?
Porque su escalera de precios es la más visible del mercado. La gama arranca en
959 euros con el modelo de 128 GB y termina en
1.969 euros con el Pro Max de 1 TB. El Plus va de 1.109 a 1.489; el Pro, de 1.219 a 1.849. El desglose completo, modelo a modelo, deja una foto muy concreta de cómo se ha estirado la gama por arriba, hasta el punto de que el escalón más alto se mueve en el terreno del artículo de lujo.
No es solo el precio: es que existe un tramo de producto cuyo comprador objetivo no es quien más lo necesita, sino quien quiere que se le note. La lectura sociológica que circula es que ese sobreprecio compra estatus, no prestaciones, y que el móvil funciona como sustituto barato de una posición social que el sueldo no sostiene.
El sandwich club que pasó de 6 a 11 euros
Mientras se discute si una consola es cara, la inflación cotidiana va por otro camino. Un bar de barrio, dos años sin pisarlo: el sandwich que costaba
6 euros ahora cuesta
11. Casi el doble, y sin chip especial ni pantalla OLED. La electrónica, en cambio, es de los pocos sectores que apenas se ha movido en la última década. Alimentación, hostelería y alquiler suben a un ritmo que ninguna actualización de firmware corrige.
Esa asimetría explica por qué la indignación se concentra en los gadgets. No es que sean más caros que antes; es que son lo único que se puede comparar con precisión, porque el precio está publicado y el sueldo también.
El salario, no el producto
La conclusión más repetida es que el problema no es Sony ni Apple.
800 euros de ahora son menos de 400 de cuando llegó el euro, y mucha gente que cobra 1.000 o 1.200 sigue traduciendo su nómina a cantidades del año 2002 sin darse cuenta. La impresión de moneda ha hecho el resto: la misma cifra nominal vale mucho menos. Con el SMI de referencia, la pregunta «¿me lo puedo permitir?» tiene una respuesta obvia que nadie quiere leer en voz alta.
Ahí se atasca el análisis. Unos señalan la política monetaria y a quien la firma. Otros culpan a un país que presume de 80 universidades y acabó exportando naranjas, turismo y camareros. Los más cínicos recuerdan que casi todo esto termina comprándose igual, con o sin sueldo, y a plazos.