Qué comida española triunfa en un paquete a Alemania
¿Qué se puede meter en un paquete de correos para que un alemán de Berlín descubra de verdad la comida española, sabiendo que no admite líquidos, ni cristal, ni productos frescos o refrigerados? La pregunta se la lleva haciendo años una española que envía víveres a una amiga alemana instalada en la capital germana. Y la respuesta, después de probar de todo a lo largo de varias temporadas, tiene bastante poco de épica gastronómica: lo que más les ha gustado hasta ahora es una
caja de trufas de chocolate de 1,70 euros y un
chorizo de pavo barato de supermercado.
La amiga hizo el Erasmus en España, conoce el turrón y los polvorones, y desde Berlín repite que encuentra casi todo. Lo que busca quien envía no es lo que se puede comprar allí, sino lo que
no llega ni a las estanterías ni al paladar alemán medio. Ahí es donde el cálculo se complica.
Las reglas del paquete: sin líquidos, sin cristal y sin frío
Antes de discutir qué entra, hay que fijar qué no. La paquetería estándar rechaza líquidos, y eso deja fuera el aceite de oliva, las bebidas y cualquier caldo embotellado. Los productos frescos o refrigerados también quedan descartados, lo que deja fuera la morcilla por sus condiciones de conservación; la sobrasada también se descarta. El cristal, directamente, ni se plantea.
Quedan las conservas, los embutidos curados envasados al vacío, los dulces y los snacks. Con ese marco, la lista se llena de nombres muy concretos: cecina, queso,
pulpo en lata, mejillones, gulas, hojaldradas rellenas de naranja y de cabello de ángel, caramelos de Tafalla, ronchitos, aceitunas con anchoa, pimientos rellenos de bacalao y gambas o tortas del sur. Todo pesa, y ahí aparece el segundo límite: con un paquete de uno o dos kilos el margen se agota pronto y, según un cálculo que circula en el hilo, dos tabletas de turrón rondan ya los 800 gramos.
Lo que arrasó: trufas industriales y chorizo de pavo
El giro llega por donde menos se espera. Dos refugiadas ucranianas acogidas en casa de la familia viajan a Alicante, visitan a parientes y vuelven con un «recuerdo de España»: una caja de bombones de trufa que cuesta 1,70 euros la caja. Llevan grasa de palma y son un producto de lo más industrial, pero han sido lo que más les ha gustado de todo lo enviado con criterio.
Con el embutido pasa algo parecido. Para aprovechar el peso del envío se cuela a última hora un envase de
chorizo de pavo corriente y barato, de los de nevera de andar por casa. Lo devoran, sobre todo el hijo. En cambio, el pulpo al ajillo recibe una valoración tan tibia como «se puede comer».
Cecina: el descubrimiento que adelanta al jamón
Si hay un producto que ha cambiado el ránking, es la cecina. La marca de más fama es Ezequiel, se vende en grandes superficies y también online, y no tiene nada que ver con los jamones ahumados que se compran en Alemania. A la amiga le ha gustado más que el jamón, y no es la única: franceses y otros invitados la han dado por buena al primer bocado.
El detalle práctico importa y mucho. Conviene enviarla loncheada si quien la recibe no corta bien o no tiene costumbre. Aunque aparece la palabra «ahumada», la lógica del producto es otra. Y el precio, aviso: es caro. Para quien busque la pieza estrella que no se encuentra al otro lado de la frontera, la lista de conservas se amplía con navajas, zamburiñas, chipirones en su tinta, berberechos, almejas o espárragos navarros con denominación, aunque hay quien advierte de que las anchoas son
semiconserva y necesitan frío.
El jamón que no convence y los mejillones que sí
El jamón es el capítulo más incómodo. En Berlín llevan años encontrando jamón serrano: jamón de plástico de supermercado, ahumado y loncheado, con poco que ver con una pieza ibérica de bellota. Y aun así, quien lo recibe lo compra. Por eso enviar jamón pierde sentido: lo hay, gusta y no hace falta mover kilos al vacío para lograrlo.
Las conservas de marisco sí abren hueco. Los mejillones en escabeche picante han superado al pulpo, y los mejillones con tomate y salsa marinera han gustado incluso al marido. Todo se cena igual, con pan y sin plato, a las 19.30, cumpliendo el ritual alemán de la cena fría.
El paladar alemán: cena a las 18h y desconfianza a lo desconocido
La cultura de mesa explica la mitad de los fracasos. Un forero describe la cena alemana (Abendbrot) como pan de centeno con embutido, a veces una sopa, y quienes viven allí cuentan que el pescado apenas entra en la dieta salvo salmón, trucha ahumada o congelado; el pescado fresco, tampoco. En el caso de esta familia, el atún en aceite de oliva les parece un desperdicio: se tira el aceite y se considera poco ecológico.
Con ese punto de partida, el producto español se enfrenta a un muro: lo que el paladar no reconoce, no se prueba. Hay quien sostiene que con una presentación italianizada el mismo plato triunfaría, y quien rebaja el problema a que un turrón ocupa demasiado y un fuet industrial es adictivo. Lo que sí funciona: la cecina, el queso, los torreznos tipo snack, las banderillas de bote y montar con todo un aperitivo de tapas de las de bar.
Pregunta directa, respuesta incómoda: después de años cuadrando pesos, temperaturas y aduanas, resulta que el mejor embajador de la gastronomía española en Berlín es una trufa de 1,70 euros con grasa de palma. Que vengan ahora los de la dieta mediterránea a explicarlo.