El amor romántico, a debate en un foro: «El hombre que se enamora pierde»
Hay una escena que resume el estado de la cuestión: un hombre que a los quince años fue corneado por su primer amor, que acumuló relaciones esporádicas e insustanciales, y que cuando por fin encontró a dos personas con las que habría formado una familia, una le dijo que no quería hijos y la otra se marchó al extranjero a conocer otras culturas. Así lo cuenta el arranque de una discusión que lleva más de un año abierta y que ha derivado en un ajuste de cuentas con el amor romántico como categoría económica: quién lo produce, quién lo consume y quién lo paga.
La tesis de partida es que el romanticismo ha muerto de éxito. No lo mató el racionalismo, que habría dejado algo en pie, sino la abundancia. Cuando la necesidad desaparece, el cerebro deja de pedir apoyo moral y la vida apasionada se sustituye por entretenimientos infantiles. El diagnóstico se repite en distintos registros a lo largo de la conversación: los valores positivos —educación, confianza, respeto, lealtad, empatía, generosidad— están en peligro de extinción, y con ellos el mercado sentimental que los sostenía.
El amor como bien de lujo y la escasez de oferta
El primer ajuste es de oferta. Quienes defienden el romanticismo como algo vivo sostienen que el problema no es su desaparición, sino su escasez. Hay quien asegura estar casado con una de esas mujeres que aún mantienen el tipo, y reconoce que cada vez quedan menos, de modo que la probabilidad de encontrar a esa rara avis es exiguamente baja. La conclusión es incómoda: el amor romántico funciona como un bien de lujo, disponible para unos pocos y fuera del alcance de la mayoría.
La segunda vuelta de tuerca es más dura. Una parte de la discusión sostiene que el romántico es un hombre débil, educado en un marco ginocentrista y carente de la pericia necesaria para entender que ese registro no gusta. La fórmula es brutal: el hombre que se enamora pierde, y pierde antes de empezar a jugar. Otros lo elevan a categoría: el que piensa más de cinco minutos seguidos en una mujer tiene un problema de identidad.
Frente a eso, la defensa se apoya en la biografía. Hay quien lleva veintiséis años casado, con dos hijos, y reivindica a su mujer como buena madre, trabajadora y compañera de viaje para la siguiente etapa. No es el primer amor, pero casi. Y añade un matiz interesante: el punto malote que vuelve locas a algunas no desaparece con la edad, simplemente cambia de función.
¿Por qué el romanticismo se asocia a la debilidad masculina?
Porque se ha construido culturalmente como una renuncia. El romántico cede, espera, idealiza y paga. En un entorno donde el cortejo se ha convertido en transacción, esa disposición se lee como desventaja competitiva. La conversación lo formula sin anestesia: el hombre emocional dejó de seducir hace siglos, y las que salen de según qué países se desinhiben en cuanto cruzan la frontera, precisamente por el contraste con el marco de origen.
El contraargumento es que el romanticismo no se elige. Es temperamento, no decisión, y como temperamento tiene ventajas laterales: creatividad musical, artística, incluso un estilo de juego poco común que descoloca al rival, como el zurdo en el tenis. La analogía es discutible, pero apunta a algo real: lo minoritario no siempre es lo peor, a veces es solo lo incómodo.
El mercado matrimonial: del pacto familiar al divorcio como salida
Aquí la discusión abandona el terreno sentimental y entra en el histórico. Durante siglos, casi todos los matrimonios fueron pactados. Casarse por amor es un invento moderno, y la sabiduría ancestral desconfiaba de dejar la decisión en manos de quien la iba a vivir. El sistema tradicional tenía costes evidentes —mujeres en manos de un hombre que podía hacer con ellas lo que quisiera, con infidelidad incluida— y también producía dramas concretos que varias generaciones recuerdan en primera persona.
La comparación con el presente no sale mejor parada. Ahora la elección es libre, pero el resultado se lee en clave de riesgo: o se elige al que da drama emocional, o se elige por interés con intención de desplumar vía divorcio, algo que antes no era posible. La libertad de elección, sostiene esta línea, no ha mejorado el promedio, solo ha trasladado el coste.
La crisis no es del amor, es de todo lo demás
El giro más interesante llega cuando alguien conecta el romanticismo con el ciclo económico. La tesis: no hay crisis de valores positivos, hay miseria expandiéndose. Las familias delegaron la educación en empleados públicos que venden los mantras de turno; la confianza, el respeto y la lealtad requieren al menos dos partes, así que estás vendido si tu vecino es un problema; la empatía brilla por su ausencia en una sociedad psicópata; y la generosidad solo se la puede permitir quien tiene margen, cada vez menos. En el ocaso del capitalismo, la ausencia de dinero es el caos y la destrucción mutua asegurada.
Esa lectura encaja con la observación cotidiana que varios describen: al volante, el civismo es una excepción. Cedas el paso y no te lo agradecen, los peatones se lanzan al paso de cebra cuando no hay un solo coche a kilómetros, los intermitentes son cosa de pobres. La conclusión práctica es defensiva: hay que conducir asumiendo que la mayoría no va a comportarse, no para no vivir enfadado, sino para no tener un accidente.
La nostalgia del flirteo analógico
Frente al diagnóstico sombrío, aparece un recuerdo concreto. En los años noventa, un grupo de boxeadores se metió un día a hacer aerobic con las mujeres del gimnasio, se dejaban mirar en clase para ponerlas nerviosas, llevaban pastelitos justo por donde ellas pasaban al terminar sudorosas y hambrientas. No pasaba nada. En las cenas del gimnasio se reían de las anécdotas unos con otras, y algunos acababan la noche juntos. Flirteo sano, inocente, con algo más de serotonina. Hoy, ese mismo episodio habría acabado en otra cosa.
La nostalgia no es solo de costumbres, es de infraestructura social. El romanticismo necesitaba espacios de baja intensidad donde las cosas pudieran no pasar. Esos espacios se han estrechado, y con ellos la posibilidad de que el amor funcione como mercado secundario, sin la presión de tener que decidirlo todo en la primera cita.
El cierre lo pone el dato que descoloca: el romanticismo fue un movimiento que produjo grandes obras artísticas, especialmente en la música, y hoy es el camino más rápido al cadalso emocional. Las cabezas cortadas se cuentan por miles. No hay reconciliación posible entre ambas cosas, y quizá nunca la hubo.