El 'test de fidelidad' que no pasa Rafa Nadal con su silencio
Callar se ha convertido en una confesión. En plena resaca del caso Rubiales —el dirigente suspendido por la FIFA tras el beso que dio a la jugadora Jenni Hermoso—, una parte de la conversación pública ha empezado a hacer inventario: no de lo que cada deportista español ha dicho, sino de lo que no. El primero de la lista, y el que más ruido genera, es
Rafa Nadal. Su silencio lo ha encaramado a los temas más comentados.
La mecánica tiene un patrón reconocible. Se traza una raya en el suelo, se decide quién está dentro y quién fuera, y el que no se pronuncia cae por defecto del lado malo. «Colocan una línea roja en el suelo. Los nuestros, los de la verdad y la virtud, y los otros. Linchan públicamente aquel que se atreve a pasar al otro lado», resume uno de los análisis que se cruzan en el asunto. Suena exagerado. A juicio de buena parte de quienes lo comentan, es exacto.
¿Por qué se pide a Rafa Nadal que se pronuncie sobre Rubiales?
Porque se da por hecho que el silencio equivale a respaldo. Ese es el eje del reproche. El tenista, se argumenta, tiene costumbre de dar su opinión y de hacerlo en asuntos de país, así que su mutismo aquí chirría. «¿Alguien ha visto al mejor deportista español de la historia salir a comentar lo de Rubiales?», se pregunta, con retintín. «Con lo que a él le gusta dar su opinión», añade otro mensaje.
Un segundo tramo del reproche es
económico. Hay quien sitúa el motivo en el negocio y no en las convicciones: «¿Cómo van a salir Rafa Nadal o Fernando Alonso a decir nada sobre Rubiales [...] que ponga en peligro sus negocios y privilegios?», se lee. La idea de fondo es que el deportista de élite es, antes que nada, una marca, y que las marcas no se mojan. Otros dan por descontado que el tenista acabará alineándose con el dirigente. Eso no está probado: es interpretación de quien lo escribe.
El detalle que más incomoda es la asimetría.
Pau Gasol sí se pronunció y ese dato se usa como termómetro de lo que se espera del resto. Tampoco ayuda que otros deportistas con voz propia, como los futbolistas Borja Iglesias y Héctor Bellerín, hayan hecho del posicionamiento público una seña de identidad. Cuanto más habla unos, más escandaloso resulta el silencio de los otros.
El 'test de fidelidad' y las comparaciones que se repiten
El asunto ha dejado un rosario de comparaciones históricas. «
Revolución cultural maoísta 2.0», dice uno. «
La Inquisición siglo XXI», sentencia otro. «Son ordalías sanas», ironiza un tercero. La más repetida convierte la presión en un examen: quien no pasa por el aro queda marcado. Y lo que se teme no es un castigo tangible, sino algo más difuso. La etiqueta.
La descripción más citada del mecanismo habla de
unanimizar una posición. «Es la táctica de cómo unanimizar una mentira. En el momento en que entra la maquinaria totalitaria aún hay dudas, empieza el acoso», sostiene una de las intervenciones. Otra lo reduce a tres palabras:
test de fidelidad al régimen. No hay que tomar la etiqueta al pie de la letra para reconocer el fenómeno: presión social sostenida, sin coacción física de por medio.
Alguna voz lleva la analogía hasta la Alemania de los años treinta y compara a quien se calla con quien no supo ver lo que venía. Son descripciones incómodas y conviene leerlas como lo que son: el clima de una discusión caliente, no un diagnóstico. Sobre el fondo, el asunto se parte entre quienes ven un linchamiento coordinado y quienes creen que la indignación está justificada.
El acoso que salta del deportista a sus patrocinadores
En el relato que se hace de estas campañas, el siguiente paso es siempre el mismo. Si la figura pública no habla, se presiona a quien le paga. «Luego empieza el acoso a patrocinadores. Eh, no han dicho nada. Temerosos de que una inversión se convierta en todo lo contrario, pues sacan sus comunicados», describe un mensaje. La presión no busca convencer al protagonista, sino encarecer el coste de callar hasta que hable.
El actor que menos aparece en todo esto es el propio protagonista de la polémica. Rubiales ya está suspendido; no necesita decir nada. El escenario se ha movido y ahora son otros los que deben definirse. Así, una sanción deportiva se convierte en un plebiscito abierto sobre cada figura con altavoz.
La otra lectura: que la presión alcance también a las grandes figuras
No todos ven aquí un exceso. Una corriente minoritaria celebra que el foco caiga por fin sobre nombres intocables. Su razonamiento es frío: si las grandes estrellas empiezan a pagar un precio por su silencio, el relato dominante se agrieta. «Necesitamos que la presión llegue hasta arriba», viene a decir. Cuando el señalado es alguien anónimo, sostienen, a nadie le importa.
Es una postura discutible y discutida, pero explica por qué el episodio ha dejado de ser una polémica deportiva. En el fondo ya no se discute un beso, ni una suspensión, ni siquiera el
fútbol. Se discute quién tiene derecho a no opinar.
Lo que viene
Con este guion, el coste de mantener la boca cerrada sube cada día que pasa. Es razonable pensar que, antes o después, el tenista termine pronunciándose como tantos otros. Conviene no darlo por seguro: si algo enseña este episodio es que la presión no siempre dobla a quien más tiene que perder. Y que un trending topic caduca mucho antes de que se borre la etiqueta.