Ceuta y Melilla: el pulso marroquí que nadie quiere pagar
Ceuta y Melilla cuestan más de lo que aportan. Son dos ciudades deficitarias, con un gasto público desproporcionado y una frontera que se ha convertido en el principal punto de entrada irregular de Europa. Y sin embargo, nadie en el arco político español se atreve a plantear su cesión. La paradoja es la clave de todo el conflicto.
El coste económico y la presión migratoria
El argumento económico es el más difícil de rebatir. Se sostiene que ambas ciudades suponen un gasto público absurdo para el erario español, con funcionarios que cobran sobresueldos y una estructura administrativa sobredimensionada. A eso se suma el papel de coladero migratorio: en episodios recientes, la valla de Ceuta ha registrado intentos de entrada masiva que, según las cifras que se manejan, podrían alcanzar decenas de miles de personas en un solo día. La comparación con las rutas marítimas es demoledora: mientras las pateras traen a unos cientos, la frontera terrestre puede absorber a miles.
Ceder o resistir: las dos corrientes
Hay quien sostiene que lo lógico sería entregar las ciudades a Marruecos y ahorrarse el problema. Es la postura del pragmatismo contable: si son un pozo sin fondo, mejor soltarlas. Pero en el lado opuesto pesa el argumento de la soberanía y el precedente. Se argumenta que ceder Ceuta y Melilla sería una amputación traumática que abriría la puerta a reclamaciones mayores: Canarias, Andalucía, incluso la península entera bajo el relato histórico de Al-Ándalus. La pérdida de estas plazas se percibe como el primer paso de una desintegración territorial.
El factor geopolítico: Estados Unidos y el Sáhara
El conflicto no se entiende sin el tablero internacional. Se apunta que cualquier movimiento de Marruecos cuenta con el asesoramiento y el visto bueno de Estados Unidos, que tiene intereses en el control del estrecho de Gibraltar. El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental se lee como un pago por la lealtad de Rabat. Y ahí entra la economía: la española es diez veces superior a la marroquí, pero Marruecos depende del gas argelino y de las ayudas europeas. La asimetría es evidente, pero no parece suficiente para disuadir la presión.
La pregunta que queda en el aire es si España está dispuesta a pagar el precio de mantener su presencia en el norte de África o si el coste acabará siendo demasiado alto. La respuesta no está en los presupuestos, sino en la voluntad política de sostener un territorio que muchos consideran un lastre y otros, una línea roja.