Los seres humanos no se aman: se usan como herramientas
Hay una tesis que se repite con más insistencia de la que el optimismo de oficina admite: los seres humanos no se aman entre sí, se usan. Máquinas biológicas programadas para sobrevivir, pisar a otros animales y, al final, enfermar y morir. La formulación es dura y su base no es filosófica, sino contable: alguien que reconoce entregar la mitad de su sueldo al Estado para que este haga buenas obras. No a sus vecinos. Al Estado.
La mitad del sueldo al Estado y a nadie más
Ese es hoy el argumento más sólido de la tesis. El donante no da a quien quiere: da a una institución que redistribuye según criterios propios. La generosidad se delega y, de paso, se despersonaliza. En el otro plato de la balanza, la filantropía individual no sale mejor parada: hay quien sostiene que el amor de los padres por sus descendientes es un mecanismo de perpetuación genética, egoísmo disfrazado de ternura, y que nadie audita esa contabilidad. El desarrollo completo de ese argumento —el amor filial como interés propio, la imposición de nacer como punto de partida— ocupa más espacio del que cabe aquí.
Cioran, Camus, Benatar: la originalidad imposible
Nada de esto es nuevo, y la propia tesis lo asume sin sonrojo. Cioran, Camus, Schopenhauer o Benatar escribieron lo mismo hace décadas o siglos: que nacer es una imposición, que la gloria es un fallo biológico y no un destino metafísico. La conclusión más incómoda es que quien cree haber descubierto la verdad sobre la naturaleza humana llega tarde, y a un lugar ya muy frecuentado.
Con estas piezas, el razonamiento conduce a un cierre lógico: si todo vínculo es instrumental, el amor no existe como categoría aparte. Y sin embargo, la mayoría sigue pagando, cuidando y criando. ¿Es costumbre, es miedo o es que la tesis falla justo en el último tramo?